Mundo ficciónIniciar sesiónMoscú, 3:14 a.m.
El silencio en el ático era tan denso que se podía cortar con cuchillo. Sofía se despertó sobresaltada, el corazón latiéndole en la garganta. Había soñado otra vez con su padre muerto gritándole: "¡Hija, por favor, perdóname la vida... no me dispares!". Seguido del sonido de disparo de la bala de Viktor hacia su padre. El bebé dio una patada fuerte, como si él también hubiera sentido la angustia. Se giró hacia Viktor. Dormía de lado, la espalda llena de cicatrices nuevas, el hombro vendado todavía. La luz de la luna entraba por la cristalera blindada y le dibujaba líneas plateadas sobre la piel. Parecía tranquilo, pero Sofía sabía que no lo estaba. Nunca lo estaba. Se levantó con cuidado, el camisón pegándose al vientre enorme. Caminó descalza hasta el ventanal. La Plaza Roja estaba blanca y vacía. Moscú parecía una tumba helada. —¿Qué haces despierta? —la voz ronca de Viktor la sobresaltó. No se había movido, pero sus ojos estaban abiertos, fijos en ella. —No puedo dormir —susurró—. Soñé con mi padre otra vez—. Ella suelta un suspiro exhausto. —Ni siquiera he vuelto hablar con mamá, no sé como va con las medicinas, desde la última vez que recuerdo haber hablado a ella. Viktor se incorporó despacio, el dolor le tensó la mandíbula. —Llámala mañana. Sofía suspira una vez más y se acaricia el vientre. —No contesta desde hace tres días. El médico de allá dice que está peor. Un silencio pesado. —Viktor… necesito verla. Aunque sea un día. Dos como mucho. Él se levantó, cojeando hasta llegar a ella. La rodeó por detrás, las manos grandes cubriendo el vientre. —No, Sofía. No mientras Anastasia ande suelta. Ella lo mira, ella sabe que debe hacer esto, después de todo es su madre. —Entonces mándame con veinte hombres. No me pasará nada. —No —repitió, más duro—. No te dejo ir. No ahora. Ella se giró entre sus brazos, los ojos encendidos. —No me estás pidiendo opinión. Me estás dando una orden. Otra vez—. Sofía sintió algo de decepción y bajó la mirada. Viktor apretó los dientes. —Estás de ocho meses. Si te pasa algo… Ella levanta la cabeza de golpe y lo mira fijamente. —Si no voy, mi madre muere sin verme. ¿Entiendes eso? —la voz se le quebró—. Ya perdí a mi padre y ya sabes como fue... No voy a perderla a ella también. Viktor la miró durante unos segundos en silencio. Vio lágrimas que ella se negaba a soltar. Vio el miedo real. Vio que ya no era la chica asustada que compró en una subasta. Cerró los ojos y maldijo en ruso. —Dos días. Solo dos. Te llevo yo mismo en el jet. Dimitri y quince hombres. Y vuelves. ¿Entendido? Sofía asintió, la garganta cerrada. —Entendido. Él la besó entonces, lento, profundo, como si quisiera grabarse su sabor antes de soltarla. —No duermo si no estás —murmuró contra sus labios—. Si te vas dos días, me vuelvo loco. —Entonces ven conmigo—. Dijo Sofía casi com urgencia, perder el sabor de sus labios será una tortura que tocará soporta si se separan por unaa cuantas horas. —No puedo. Tengo que cerrar lo de Volkov aquí o perdemos medio país. Otro beso, más urgente, húmedo y profundo. —Dos días, Sofía. Ni uno más. A las siete de la mañana ya estaban en el aeropuerto privado. Sofía iba envuelta en un abrigo de cachemira negro, el vientre imposible de esconder. Viktor la acompañó hasta la escalerilla del jet, la mano siempre en su cintura. —Llama cada hora —ordenó. —Cada dos —respondió ella con media sonrisa. Él la tomó del rostro y la besó como si fuera la última vez. —Te amo —dijo, voz rota. Era la primera vez que lo decía despierto y sin sangre de por medio. Sofía se quedó helada. —Repítelo. —Te amo, joder. Y me estás matando con esto—. Dice Viktor con la voz entrecortada. Ella le acarició la mejilla. —Te amo también, idiota. Por eso vuelvo. Subió al jet. Viktor se quedó en la pista hasta que el avión desapareció entre las nubes. Moscú, misma noche. Viktor no durmió. Caminó por el ático vacío como un fantasma. El olor de Sofía todavía estaba en las sábanas. Se sirvió vodka, lo tiró sin probarlo. Se metió en la ducha fría hasta que le dolieron los huesos. Nada funcionaba. A las 2:47 a.m. sonó su móvil. Número desconocido. Contestó con un gruñido. —¿Extrañándome ya, amor? —la voz de Anastasia, suave como veneno. Viktor se quedó helado. —¿Dónde está Sofía? —Tranquilo, está bien… por ahora. Acaba de aterrizar en San Petersburgo con tu pequeño ejército. Qué tierno. —¿Qué quieres? —Quiero que sufras como yo sufrí. Quiero que sepas lo que es dormir solo. Colgó. Viktor destrozó el móvil contra la pared. San Petersburgo, casa de la madre de Sofía, desde que ella había sido trasladada de Colombia hasta acá, fue por su bienestar de tener a la hija más cerca de ella. La madre estaba en cama, pálida, pero sonrió al verla. —Mi niña… Sofía se echó a llorar en sus brazos. Pasaron el día hablando del padre, de la vida que Sofía nunca contó. De cómo terminó en manos de un mafioso. De cómo, a pesar de todo, ahora llevaba a su nieto en la barriga. Al segundo día, la madre le tomó la mano. —Si él te hace daño otra vez… vete. Con el bebé. Yo te ayudo. Sofía negó con la cabeza. —Ya no me hace daño. Me está aprendiendo a amar. Y yo a él. Esa noche, Viktor llamó borracho a las 4 a.m. —No duermo, Sofía. La cama está fría. Vuelve. —Unas horas más —susurró ella, sonriendo en la oscuridad. —Te necesito aquí. Necesito sentir que patea. Necesito olerte. —Viktor… Viktor con solo escuchar su voz y saber que está lejos de ella, lo pone duro como el acero. —Vuelve o voy a buscarte y te f*llo en la puerta nada más verte. Ella se mordió el labio, se acaricia el vientre recordándose el bebé, pero también extrañado la sensación de la carne caliente de Viktor dentro de ella. —Promesa aceptada. _____ Al día siguiente, el jet la recogió. Cuando bajó en Moscú, Viktor la esperaba en la pista, ojeras profundas, la camisa desabrochada, los ojos enloquecidos. Ni siquiera habló. La tomó en brazos y la llevó directo al dormitorio. La puerta se cerró de un portazo. Mucho después, con la respiración todavía agitada, Viktor le besó el vientre sudoroso. —Nunca más te suelto dos días. Sofía le revolvió el pelo suavemente, estirando mechones que le hacen sentir cosquillas a Viktor. —Nunca más me pidas que elija entre tú y mi madre. Él asintió contra su piel. —Trato.






