Mundo ficciónIniciar sesiónLa mansión olía a victoria y a sangre vieja, Viktor ya por fin había despertado de la fiebre, esos diez días que había estado entre la vida y la muerte, delirando nombres y órdenes que nadie entendía.
Sofía que nunca se había separado de su cama ni un minuto: cambiaba vendajes, le daba agua, cucharaditas, le hablaba al oído hasta quedarse sin voz. Ahora que Viktor había despertado y Sofía seguía a su lado, sentía que todo se sentía bien, él cayó pero ella lo levantó de nuevo. Mientras los dos disfrutaban de su momento de descanso ahí el uno al otro, Viktor aún no se había dado cuenta de algo, algo que estaba olvidando, algo muy importante. Viktor, de repente levanta la mano más sana y la acercó sobre la curva del vientre. Sintió un movimiento leve, como un golpecito. Se quedó helado. ¿Qué!? En tan solo diez días que estuvo en la inconsciencia... ya bolita ya había crecido más de lo que había preparado para pensar y procesar. —¿Es…?—, empezó, tragando saliva levemente, de repente la garganta se le secó y se quedó con la mente en blanco. —Es nuestro hijo—, dijo Sofía, voz firme pero suave, con una leve sonrisa. —Se mueve desde hace dos semanas. El doctor dice que está fuerte… a pesar de todo. Viktor cerró los ojos. Un hijo. "Con esta cosa fea." El pensamiento le cruzó la mente como un latigazo viejo, un eco de sus burlas pasadas, recuerdos del pasado donde ahora se siente como un Karma presente, una ropa burla de su crueldad ahora pasó lo que realmente no esperaba. Y ese pensamiento se le escapó sin querer, un murmullo que se escuchó en la habitación... —Un hijo… con esta cosa fea—. Sofía se quedó quieta, su sonrisa se desvaneció lentamente, casi pálida, el corazón le dolió apesadumbrado despertando viejos recuerdos. Pero no gritó, no exigió, no se enojó. Solo se levantó de la silla, se alejó, se acercó a la ventana y miró la nieve que caía lenta, la mirada decaída, el frío más reconfortante de lo que el despertar de Viktor pudo haber sido. —Vaya... Viktor—, murumura en voz baja con la voz entrecortada casi sintiendo la tradición subir en un nudo en su garganta. Viktor se incorporó con esfuerzo, el dolor en el hombro recordándole que casi muere. —Sofía, fue… un pensamiento viejo. No lo dije en serio... no de verdad. Ella se giró, los ojos brillantes llenos de lágrimas. —Dilo otra vez y me voy. Con el bebé. Y no vuelves a vernos nunca—. Su voz sonó suave, pero delicada, dolorida y quebrada. Él tragó saliva fuertemente, la nuez de Adán se balancea en el movimiento. —Ven aquí—. Susurró apenas. Sofía se acercó despacio, lentamente como si dudara de sus pasos ahora. Viktor tomó su mano y la puso sobre su pecho. —Siento esto. Late por ti. Por los dos. Perdóname. Ella se sentó en la cama, apoyó la cabeza en su hombro sano. —Ya no soy tu juguete, Viktor. Soy la madre de tu hijo. Si me vuelves a llamar fea, aunque sea en tu cabeza, me voy. Y esta vez no me encuentras. Él la abrazó con cuidado, se lamentó internamente haber dicho eso, se lamentó y se mordió la lengua diciéndose así mismo estúpido rn silencio. —Nunca más. Te lo juro por mi vida. _____ Los días siguientes fueron de recuperación lenta. Viktor se levantaba apenas, caminaba por el pasillo con Sofía del brazo, tocando su vientre cada vez que el bebé pateaba. El doctor venía cada mañana y repetía lo mismo: reposo absoluto, nada de estrés, o el embarazo se complicaba otra vez. Pero Viktor no podía quedarse quieto. Las rutas recuperadas gracias a los papeles firmados por Volkov empezaban a flaquear. Los chechenos olían debilidad. Y Leonid, desde Moscú, mandaba mensajes ambiguos que Dimitri interceptaba. Una noche, Viktor entró al dormitorio con el rostro serio. —Tenemos que ir a Moscú. Volkov mintió en algunos papeles. Si no los arreglo en persona, perdemos todo otra vez. Sofía se sentó en la cama, el vientre pesado. —¿Y el bebé? El doctor dijo que no puedo viajar. Viktor se arrodilló frente a ella. —Te llevo en el jet privado. Te instalo en el apartamento de Moscú, con médicos 24 horas. No te separas de mí. Ella lo miró un largo rato. —¿Y si es una trampa? Anastasia sigue libre. Él tomó su rostro entre las manos. —Por eso voy armado hasta los dientes. Y tú vienes conmigo. No te dejo sola aquí. Sofía suspiró, sintiendo al bebé moverse como si protestara. —Está bien. Pero si pasa algo, tú lo arreglas. Todo. Viktor la besó en la frente. —Todo. Al día siguiente, el jet despegó rumbo a Moscú. Sofía iba recostada en el sofá del avión, Viktor a su lado, la mano siempre sobre su vientre. El vuelo fue tranquilo, pero cuando aterrizaron, Dimitri los esperaba con cara de funeral. —Jefe, Anastasia sabe que vienes. Está en la ciudad. Y Leonid desapareció. Viktor apretó la mandíbula. —La encuentro. Y esta vez no escapa. Sofía lo tomó del brazo. —Primero el apartamento. Después cazas. El bebé y yo vamos primero. Él asintió, besando su mano. —Primero tú. Siempre tú. El apartamento en el centro de Moscú era un ático blindado, con vistas a la Plaza Roja nevada. Sofía se instaló en la cama king size, exhausta del viaje. Viktor la arropó, besando su vientre. —Descansa. Mañana arreglamos los papeles. Y cazo a la víbora. Ella lo jaló hacia abajo. —Quédate un rato. Siento al bebé inquieto. Él se acostó a su lado, la mano sobre la curva. El bebé pateó fuerte. Viktor sonrió por primera vez en semanas. —Es fuerte. Como su madre. Sofía lo miró. —Y como su padre. Pero prométeme una cosa. —Dime—. Dijo Viktor mirándola. —Cuando nazca, lo primero que le digas es que es hermoso. Nada de ‘cosa fea’. Nunca. Viktor besó su vientre, luego sus labios. —Lo juro. Será lo más hermoso que haya visto en mi vida. Y por primera vez, Sofía le creyó. Pero afuera, en la nieve de Moscú, Anastasia observaba el ático desde un auto negro, los ojos llenos de odio. La caza apenas comenzaba.






