Mundo ficciónIniciar sesiónEn el suelo, el móvil de Viktor vibró. Un mensaje nuevo. Foto adjunta. Era Sofía bajando del jet… tomada desde muy cerca. Debajo, una sola frase:
"El reloj corre, amor. El bebé nacerá pronto… y todavía no has pagado por lo que me hiciste". Viktor borró el mensaje, apagó el móvil y abrazó más fuerte a Sofía. No dijo nada. Pero en sus ojos ya ardía la guerra. Las amenazas de Anastasia se opacan en este momento de felicidad. _____ Moscú, dos semanas después. El embarazo ya era una cuenta atrás imposible. Sofía se movía lento, pesada, hermosa. El vientre parecía a punto de estallar. Viktor no la dejaba sola ni para ir al baño: dormía con la mano encima, la seguía por la casa como una sombra armada, hablaba con el bebé en ruso bajito cuando creía que ella no escuchaba. Esa mañana el médico vino temprano. —Todo listo. Puede ser en cualquier momento —dijo mientras guardaba el ecógrafo—. El niño está grande, la madre fuerte, pero reposo absoluto. Nada de sobresaltos. Viktor asintió sin despegar la vista de Sofía. —Nada de sobresaltos —repitió como una amenaza al mundo entero. Cuando el médico se fue, ella se sentó en el sofá, agotada. —Necesito aire. —Las ventanas están blindadas. —Necesito salir, Viktor. Cinco minutos. El jardín de invierno del ático. Él dudó. —Diez hombres abajo. Otros diez arriba. —Estoy embarazada, no prisionera. Viktor cedió. Siempre cedía últimamente. El jardín de invierno era un invernadero acristalado en la azotea. Calefacción, plantas, nieve cayendo fuera como algodón. Sofía caminó entre las orquídeas, respirando hondo. Viktor la seguía a dos pasos, pistola en la cintura. Entonces lo vio. Sobre una maceta, un sobre negro. El mismo papel que la última vez. Viktor lo abrió con una mano, la otra ya en la pistola. Dentro: una ecografía. No la de ellos. Era vieja. Tenía fecha de hace cinco años. Y un nombre escrito a mano: Anastasia Ivanovna Velmont. Debajo, una nota con letra elegante: «Tu hijo no será el primero que me quites. Hoy, a las 8 p.m. Ven solo al teatro Bolshói, palco 7. Si no vienes, ella pierde al bebé esta misma noche. Y tú la verás sangrar.» Viktor arrugó el papel hasta casi romperse los dedos. Sofía lo miró. —¿Qué dice? —Nada. —Viktor. Él respiró hondo y se lo dio. Ella lo leyó. Palideció. —No vas. —Tengo que ir. —No —dijo ella, voz firme—. No vas solo. —Sofía… —Escúchame por primera vez en tu maldita vida —le clavó un dedo en el pecho—. Si te pasa algo, este niño crece sin padre. Si a mí me pasa algo, tú te mueres. Así que no vas solo. Punto. Él la miró. Vio fuego donde antes había miedo. Y por primera vez, sonrió de verdad. —Está bien, reina. No voy solo. A las 7:45 p.m. el teatro Bolshói brillaba como siempre. Viktor entró por la puerta principal, traje negro impecable, pistola escondida. Dimitri y cuatro hombres más se colaron por los laterales. Sofía estaba en el ático, rodeada de doce guardias y dos médicos, con un localizador en el tobillo y otro en el collar que Viktor le puso “por si acaso”. Palco 7. Oscuro. Anastasia estaba sentada en el centro, vestido rojo sangre, piernas cruzadas, copa de champán en la mano. Sola. Viktor entró. Cerró la puerta. —Aquí estoy. —Tan puntual —sonrió ella—. Cierra el pestillo. Él no lo hizo. —¿Dónde está la amenaza? —Aquí —dijo ella, y sacó otra ecografía, la misma, y la rompió en pedazos—. Ya no necesito un bebé muerto para hacerte daño, Viktor. Ahora tengo uno vivo dentro de tu mujer. Él dio un paso. —Tócala y te arranco la vida con mis manos. —Demasiado tarde —susurró ella, y presionó un botón en su móvil. En el ático, a 8 kilómetros, el móvil de Dimitri vibró. Mensaje: «Paquete entregado». En el pasillo del ático, uno de los guardias nuevos (uno que Viktor no reconoció) sonrió, sacó una jeringa del bolsillo y empezó a caminar hacia el dormitorio donde Sofía veía una película con la mano en el vientre. En el palco, Anastasia se levantó, se acercó a Viktor hasta rozarlo. —Adiós, amor —susurró, y le besó la mejilla—. Esta vez no fallo. Viktor la empujó contra la pared, pistola en su sien. —¿Qué hiciste? —Un regalito en casa —sonrió ella—. Un sedante muy especial. En diez minutos tu reina estará dormida… y cuando despierte, el bebé ya no estará dentro. El rugido que salió de la garganta de Viktor fue animal. Apretó el gatillo. Clic. Vacío. Anastasia se rió. —Siempre tan predecible. En ese segundo, la puerta del palco se abrió de golpe. Dimitri y dos hombres más entraron corriendo. —¡Jefe, el ático! ¡Ahora! Viktor soltó a Anastasia, corrió. En el ático. Sofía sintió un pinchazo en el cuello mientras abría la puerta para pedir agua. Se giró. Vio al guardia. Vio la jeringa vacía. Intentó gritar, pero la lengua ya pesaba. Cayó de rodillas, agarrándose el vientre. —No… por favor… El guardia la levantó en brazos como si no pesara nada y la llevó hacia la salida de servicio. En la calle, un coche negro esperaba con el motor encendido. En el teatro, Viktor corría por los pasillos, empujando gente, pistola en mano otra vez cargada. Subió al coche blindado que lo esperaba afuera. —Al ático. ¡Ahora, joder! El trayecto de 12 minutos más largo de su vida. Cuando llegaron, la puerta principal estaba abierta. Dos guardias muertos en el suelo. Sangre en la alfombra. Viktor subió las escaleras de tres en tres, gritando su nombre. El dormitorio vacío. La cama todavía caliente. Sobre la almohada, un mechón de pelo de Sofía… y una nota: «El bebé nacerá esta noche. Pero no en tus brazos. Te espero donde todo empezó. Subasta 47. Ven solo o la abro en canal.» Viktor apretó el mechón contra su pecho. Las lágrimas le quemaron los ojos por primera vez en treinta años. Luego alzó la mirada, negra, muerta, decidida. —Esta vez te mato yo —susurró al aire—. Y si tocas un pelo de mi hijo… te arranco la eternidad. Cogió el teléfono. —Dimitri. Todo el mundo. Todas las armas. Todas las balas. Vamos a la Subasta 47. Y esta noche Moscú se tiñe de rojo.






