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Capítulo 237: Lo que no duerme en la noche.

La mansión, por primera vez en mucho tiempo, parecía haberse rendido al descanso. No había voces, no había pasos apresurados, no había órdenes ni discusiones cargadas de tensión. Solo oscuridad… y ese silencio profundo que no es vacío, sino acumulación de todo lo que aún no se ha dicho.

Las luces estaban apagadas casi por completo. Apenas algunos destellos suaves desde los pasillos, suficientes para no dejar todo en absoluta penumbra. Afuera, Moscú respiraba su propio frío, y la luna se colaba por los ventanales grandes, dibujando sombras largas sobre los pisos pulidos.

Y en medio de todo eso… un pequeño guardián.

Dragón Gris.

El gato avanzaba con elegancia silenciosa por el pasillo principal, su cola erguida, sus ojos atentos reflejando la poca luz. No hacía ruido, apenas un leve roce de sus patas contra el suelo, pero su presencia se sentía. Se detenía de vez en cuando, mirando hacia las puertas cerradas, como si contara… como si verificara que todos estuvieran ahí.

Primero se asomó por una rendija donde dormían los niños. Se quedó quieto unos segundos, observando. Alexei abrazando una almohada, Nikolai enredado entre las sábanas, Misha boca arriba con una expresión tranquila que no había tenido en días. El gato parpadeó lento, como aprobando la escena, y siguió su camino.

Saltó con agilidad a uno de los ventanales, apoyando las patas delanteras contra el vidrio frío. Afuera no había movimiento. Nada visible. Pero aun así… se quedó mirando. Como si supiera que el peligro no siempre se ve.

Como si lo sintiera.

Mientras tanto, en otro extremo de la casa, una puerta se abrió con suavidad.

Olga.

Sus pasos eran ligeros, casi automáticos, como si su cuerpo ya supiera moverse en silencio sin necesidad de pensarlo. Llevaba una bata ligera sobre los hombros, el cabello recogido de forma descuidada, y los ojos… despiertos. Demasiado despiertos para la hora que era.

No había podido dormir.

No era raro, últimamente. Pero esa noche en particular… su mente no le daba tregua.

Caminó hasta la cocina sin encender luces, guiándose por la memoria del espacio. Tomó un vaso, lo llenó de agua y bebió despacio, apoyándose ligeramente contra la encimera.

El silencio ahí era distinto. Más íntimo. Más… peligroso.

Porque cuando todo se apaga afuera… es cuando la cabeza empieza a hablar más fuerte.

Cerró los ojos un momento, dejando que el agua fría bajara por su garganta.

Y entonces… vinieron los recuerdos.

No como una película clara, ordenada. No. Vinieron como fragmentos. Sensaciones. Momentos sueltos que se pegaban unos con otros sin pedir permiso.

El día en que llegó por primera vez.

El miedo.

La incertidumbre.

Las decisiones que no parecían decisiones, sino caminos obligados. Viktor… en otra época. Más frío. Más distante. Más… peligroso.

Olga abrió los ojos lentamente, apoyando ambas manos sobre la encimera.

Se había acostumbrado, sí. A la casa. A las reglas. A las miradas. A lo que se decía… y a lo que no.

Se había vuelto parte de ese lugar. Pero acostumbrarse no era lo mismo que olvidar. Y el miedo… el miedo era terco.

No gritaba. No se imponía. Pero estaba ahí, metido entre los huesos, recordándole en noches como esa que todo podía cambiar en cualquier momento.

Que la calma… era prestada.

Soltó una leve exhalación, llevándose el vaso otra vez a los labios. Y entonces… otro recuerdo.

Más reciente, los niños. Alexei riéndose por algo absurdo. Misha preguntando cosas sin parar.

La pequeña Sofía aferrándose a quien la cargara.

Nikolai dormido con esa paz que parecía imposible de romper. Una sonrisa leve, casi imperceptible, se dibujó en sus labios.

Eso… era nuevo.

Esa sensación de… querer quedarse. De proteger. De cuidar no por obligación, sino por algo más profundo.

Había noches en las que, al acomodarlos para dormir, algo en su pecho se aflojaba. Como si por un rato… todo tuviera sentido.

Como si el mundo, aunque fuera un desastre afuera… pudiera mantenerse intacto dentro de esas habitaciones.

Olga dejó el vaso sobre la encimera, cruzándose de brazos, abrazándose ligeramente.

—Qué ironía…— murmuró para sí misma en voz baja.

De todo lo que había vivido… de todo lo que había visto… era eso lo que más la sostenía.

Un grupo de niños dormidos.

Un hogar que no era perfecto… pero era real.

Caminó unos pasos más dentro de la cocina, apoyándose ahora contra la mesa.

Y sin querer… su mente dio otro giro. El guardia.

Lukas.

Su expresión cambió apenas. No fue una sonrisa completa, ni algo evidente… pero hubo un pequeño quiebre en la seriedad.

Recordó el momento en el que lo había tenido tan cerca.

Demasiado cerca.

El intento de despertarlo… la desesperación… el impulso. Y luego… esa mirada confundida al abrir los ojos.

Olga cerró los ojos un segundo, negando levemente con la cabeza.

—Qué tontería…— susurró, aunque no sonaba del todo convencida.

No era momento para eso, no con todo lo que estaba pasando.

Pero aun así… algo pequeño, incómodo y nuevo… se había instalado, no lo iba a nombrar, no todavía, se enderezó, tomando aire con más firmeza esta vez.

No podía quedarse atrapada en recuerdos… ni en sensaciones raras, había algo claro: el peligro seguía ahí.

Krasnova no había terminado.

Y si algo había aprendido… era que esa mujer no hacía nada sin intención. Miró hacia la puerta de la cocina, hacia el pasillo oscuro.

Toda la casa dormía. O al menos… eso parecía.

Olga apagó el pequeño pensamiento que intentaba crecer en su cabeza y se obligó a enfocarse.

Tenían que estar atentos. Más que nunca. Caminó de regreso hacia la salida, pero se detuvo un segundo al escuchar un leve sonido.

Giró la cabeza.

Dragón Gris estaba ahí, en la entrada de la cocina, mirándola fijamente.

Olga alzó una ceja. —¿Tú tampoco duermes, eh?

El gato no respondió, claro. Solo la observó… y luego avanzó unos pasos hacia ella, con esa calma que parecía esconder más de lo que mostraba.

Olga soltó una leve risa nasal. —Al menos no soy la única paranoica.

Se inclinó un poco, pasando los dedos por la cabeza del gato. Este no se apartó.

Se quedaron así un segundo.

Dos criaturas despiertas… en una casa que intentaba descansar.

Pero que en el fondo… sabía. Sabía que la calma no iba a durar. Que algo… tarde o temprano… iba a romperla otra vez.

Olga se enderezó, mirando una última vez hacia el pasillo. Luego caminó de regreso hacia su habitación, con pasos igual de silenciosos que antes.

Dragón Gris la observó irse… y luego giró la cabeza hacia el ventanal otra vez.

Sus ojos se clavaron en la oscuridad exterior, inmóvil, atento, como si esperara algo, como si… ya hubiera empezado.

Olga avanzó por el pasillo con la misma cautela con la que había salido de su habitación, intentando no hacer el más mínimo ruido, con la mente todavía dando vueltas entre recuerdos, preocupaciones… y esas pequeñas cosas que prefería no analizar demasiado. La casa estaba en calma, demasiado en calma, y eso la mantenía alerta, con los sentidos finos, casi como si caminara sobre hielo delgado.

Y entonces...

Su pie chocó con algo.

No alcanzó a reaccionar del todo. Perdió el equilibrio y, en un intento torpe por no hacer ruido, terminó cayendo hacia adelante con un golpe sordo contra el suelo, amortiguando como pudo con las manos.

No gritó, ni un sonido.

Pero el impacto igual dolió.

—…mmm— apretó los dientes, respirando hondo, conteniendo cualquier queja que pudiera escaparse.

Se quedó un segundo ahí, despatarrada en el suelo, procesando qué demonios acababa de pasar, y luego levantó apenas la cabeza, frunciendo el ceño en la oscuridad.

—¿Pero qué…?

Sus ojos se adaptaron lo suficiente.

Y lo vio, ahí, tirado en el suelo como.un tronco.

Lukas.

Como si sus pensamientos de hace unos minutos lo hubieran invocado sin pedir permiso.

Olga parpadeó una vez. Luego otra.

—No puede ser…— murmuró, más para ella que para él.

Del otro lado, Lukas también empezó a moverse, todavía atrapado en ese estado entre sueño y vigilia. El golpe lo había despertado lo suficiente como para reaccionar, pero no tanto como para entender todo de inmediato.

Abrió los ojos con esfuerzo, la vista borrosa al inicio… hasta que la enfocó, y ahí estaba ella.

En el suelo frente a él demasiado cerca.

Su expresión fue un caos silencioso: confusión, sorpresa… y algo más que ni él mismo se iba a poner a analizar a esa hora.

—…¿Olga?— murmuró con la voz pesada por el sueño.

Ella ya estaba incorporándose, acomodándose el cabello con una mano, visiblemente molesta… aunque no del todo por la caída.

—¿Se puede saber qué haces tirado en medio del pasillo?— susurró, clavándole la mirada. —¿Quieres que alguien se rompa el cuello o qué?

Lukas se quedó unos segundos procesando la pregunta, todavía medio dormido, hasta que finalmente logró sentarse, apoyando una mano en la cabeza.

—Yo…— carraspeó un poco. —No quería molestar… las habitaciones… son de ustedes… de la familia… me pareció…

Olga lo interrumpió con una ceja alzada.

—¿Te pareció buena idea dormir en el suelo como un mueble olvidado?

Él frunció ligeramente el ceño, pero no respondió de inmediato.

—Es más discreto…— murmuró finalmente, como si eso explicara algo.

Olga lo miró un segundo en silencio… y luego negó con la cabeza.

—Discreto no es lo mismo que ridículo.

Lukas soltó una pequeña exhalación, pasando una mano por su nuca, incómodo.

—No quería… incomodar.

Ella cruzó los brazos, inclinando ligeramente la cabeza.

—Habían sofás.

—…

—Camas.

—…

—Hasta una alfombra habría sido mejor que esto— remató, señalando el suelo.

Lukas sintió el calor subirle por el cuello, aunque la oscuridad le jugara a favor.

—Bueno… visto así…— murmuró, rascándose la mejilla.

Olga soltó un leve suspiro, como si no supiera si regañarlo más o simplemente rendirse.

—De verdad…— dijo más bajo esta vez. —No tienes que hacer eso.

Lukas levantó la mirada hacia ella, un poco más despierto ahora.

—¿Hacer qué?

Olga dudó apenas un segundo. —Actuar como si no tuvieras lugar aquí.

El silencio que siguió fue corto… pero distinto.

Lukas no apartó la mirada de inmediato. Había algo en esas palabras que no sonaban solo a regaño.

—No es eso…— respondió finalmente, más serio. —Solo… respeto.

Olga lo observó con atención. —El respeto no implica desaparecer.

Él no supo qué decir a eso.

Se quedaron unos segundos mirándose en medio del pasillo oscuro, con esa cercanía incómoda… y curiosamente tranquila al mismo tiempo.

Olga fue la primera en romper el momento, apartando la mirada y poniéndose completamente de pie.

—Anda— dijo con un tono más suave, señalando hacia el fondo. —Hay un sofá grande en la sala lateral. Nadie lo usa.

Lukas dudó un segundo.

—No quiero—

—Lukas— lo cortó ella, mirándolo otra vez. —Ve.

No era una orden dura… pero tampoco dejaba espacio para discutir.

Él terminó asintiendo, levantándose con algo de torpeza, todavía sacudiéndose el sueño.

—Está bien…— murmuró.

Olga dio medio paso para seguir su camino, pero se detuvo apenas, girando ligeramente el rostro.

—Y…— añadió, con un tono casi distraído. —La próxima vez avisa antes de convertirte en obstáculo.

Lukas soltó una pequeña risa baja, más por nervios que por otra cosa. —Lo tendré en cuenta.

Ella no respondió. Solo siguió caminando.

Pero esta vez… sus pasos no llevaban exactamente el mismo peso que antes.

Detrás de ella, Lukas se quedó un segundo más en el lugar, mirándola alejarse por el pasillo, con una expresión que no terminaba de descifrar.

Luego negó levemente con la cabeza, como queriendo sacarse algo de encima… y tomó dirección hacia donde ella le había indicado.

La mansión volvió a quedarse en silencio.

Pero ya no era exactamente el mismo silencio de antes. Algo había cambiado, pequeño, sutil, pero ahí estaba.

Lukas no se movió de inmediato.

Se quedó ahí, en medio del pasillo, mirando el punto exacto por donde Olga había desaparecido, como si todavía pudiera verla aunque ya no estuviera. La penumbra volvió a tragarse todo, pero algo en él… se había quedado encendido.

Y sin darse cuenta… sonrió.

Una sonrisa tonta, leve, de esas que no se planean y que, si alguien las viera, probablemente no sabría de dónde salen. Él mismo no lo tenía del todo claro. Solo sabía que… se sentía distinto. Más ligero. Ridículo, quizás… pero distinto.

Soltó una pequeña exhalación, bajando la mirada al suelo.

—Qué…— murmuró apenas, negando con la cabeza.

Se llevó una mano a la nuca, todavía sintiendo el calor que no tenía nada que ver con la temperatura de la mansión.

Debería ir al sofá.

Sí.

Eso era lo lógico.

Lo sensato.

Lo que cualquier persona con un mínimo de sentido común haría en ese momento.

Dio medio paso… pero no avanzó del todo.

Su mente, traicionera, se adelantó.

Y entonces pensó—

Quizá… si ella lo hubiera invitado a la habitación…

La idea apareció tan rápido como absurda.

Se quedó quieto un segundo más, procesándola.

Y luego—

—No.— negó en voz baja, sacudiendo la cabeza con más fuerza de la necesaria, como si así pudiera borrar el pensamiento. —No, no, no.

Se pasó ambas manos por el rostro, exhalando.

—¿Qué te pasa…?

Claro que no, por supuesto que no, Olga no era… eso, ni él tampoco, además... Irina. La habitación no era solo de Olga.

Ese simple detalle fue suficiente para aterrizarlo de golpe.

—Ubícate— murmuró, esta vez con un tono más firme, como hablándose a sí mismo.

Volvió a mirar hacia el pasillo por donde ella se había ido… pero ya no con esa expresión perdida de antes, sino con algo más contenido.

Más controlado.

O eso intentaba.

Chasqueó la lengua suavemente y finalmente empezó a caminar, ahora sí, hacia la sala lateral que ella le había indicado.

Cada paso sonaba un poco más claro en su propia cabeza que en el suelo. El sofá estaba ahí, tal como dijo. Grande, cómodo… vacío.

Perfecto.

Se quedó mirándolo unos segundos, como evaluándolo, como si fuera una decisión importante.

—Esto está bien— murmuró, más para convencerse que por otra cosa.

Se dejó caer sobre él con cuidado, apoyando la cabeza hacia atrás, mirando el techo oscuro.

Cerró los ojos. Pero la imagen volvió. Olga, cruzada de brazos, mirándolo con esa mezcla de regaño y algo más.

Olga inclinando la cabeza. Olga diciendo su nombre. Abrió los ojos de golpe.

—…Joder.

Se giró hacia un lado, acomodándose, intentando forzarse a dormir.

—Duerme— se dijo. —Solo duerme.

Pero el sueño… no llegó de inmediato. Y no era precisamente por el peligro afuera.

Era por algo mucho más simple. Y mucho más complicado al mismo tiempo.

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