Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa sala había recuperado algo de calma, pero no era la misma de antes. Había movimiento, sí, voces bajas, pasos que iban y venían, pero todo tenía ese matiz… contenido. Como si nadie quisiera decir en voz alta lo que todos estaban pensando.
Elena estaba sentada en el sofá, ligeramente recostada, con una manta cubriéndole las piernas y el pequeño Aleksandr descansando en sus brazos. Lo miraba con una mezcla de agotamiento y fascinación, como si aún no terminara de creer que estaba ahí, que todo había salido bien, que después de todo… había algo bueno en medio del desastre. Carl no se había separado mucho de ella desde que llegaron. Estaba de pie a su lado, apoyado en el respaldo del sofá, mirando al bebé de reojo cada cierto tiempo, como si necesitara confirmar que seguía respirando, que todo estaba en orden. Pero su cabeza no estaba solo ahí. Se notaba. —¿Quieres que nos vayamos a casa?— preguntó de pronto, bajando la voz, inclinándose un poco hacia Elena. Ella levantó la mirada, sorprendida por la pregunta, como si no se la esperara tan pronto. —¿A casa?— repitió, suave. Carl asintió. —Sí…— añadió, pasándose una mano por el cabello, todavía algo desordenado. —Ya estamos en Moscú… podríamos volver, descansar en lo nuestro, tener nuestras cosas… más tranquilidad. Elena no respondió enseguida. Miró a su hijo. Luego a Aleksandr. Y después… a la puerta de la sala, como si más allá de ese marco estuviera todo lo que no podían ver, pero sí sentir. —No— dijo al final, con calma, pero firme. Carl frunció levemente el ceño. —¿No? Ella negó suavemente. —No es buena idea… no ahora. Él suspiró bajo, entendiendo antes de que ella siquiera explicara. —Por Krasnova…— murmuró. Elena asintió. —Si pudo encontrarlos a ellos…— dijo, refiriéndose a Viktor y Sofía sin necesidad de nombrarlos —puede encontrarnos a nosotros también. Ajustó un poco la manta, acomodando mejor al bebé. —Y aquí…— añadió —al menos no estamos solos. Carl se quedó en silencio unos segundos. No le gustaba. No le gustaba depender. No le gustaba sentir que tenía que esconder a su familia. Pero tampoco era estúpido. —Tiene sentido…— admitió al final, bajando la mirada un instante. Desde uno de los sillones, Dimitri, que había estado escuchando sin meterse de inmediato, soltó una leve exhalación antes de intervenir. —Es lo más lógico— dijo, apoyando los codos en las rodillas, entrelazando las manos. —Separarse ahora sería un error. Carl levantó la vista hacia él. —No es que me encante la idea de invadir la casa de otro— soltó con una media sonrisa tensa —pero tampoco quiero que nos agarren por separado. Dimitri esbozó una leve sonrisa de lado. —Créeme… a Viktor le preocupa más tenerlos lejos que aquí. Ana, que estaba sentada a su lado con la pequeña Sofía en brazos, asintió suavemente mientras balanceaba a la niña con cuidado. —Además…— añadió con tono tranquilo —en caso de cualquier emergencia, estamos mejor juntos. Miró a Elena con cierta intención profesional. —Sobre todo tú ahora. Elena rodó los ojos ligeramente, pero sin molestia. —Sí, sí… la paciente reciente…— murmuró. Ana sonrió apenas. —Exacto. Y no me gustaría tener que cruzar media ciudad si algo pasa. Carl soltó una pequeña risa nasal. —Eso sí que no. Hubo un pequeño silencio, pero esta vez no incómodo. Más bien… de aceptación. Dimitri se recostó un poco hacia atrás, mirando alrededor de la sala. —Además… esta casa es prácticamente un búnker— añadió con ligereza. —Seguridad, espacio, gente… no están precisamente incómodos. Carl alzó una ceja. —Habla por ti, yo ya extraño mi cama. —Mentira— respondió Dimitri sin mirarlo. —Extrañas que nadie te ronque al lado. Elena le dio un leve golpe en el brazo sin dejar de sostener al bebé. —Oye. Carl soltó una risa baja. —No me hundas más, por favor. Ana negó con la cabeza, divertida. —Qué dramáticos son. Doña María, desde la cocina, alzó la voz sin aparecer del todo. —¡Yo escuché eso! Y aquí nadie se está incomodando, ¿oyen? Esta casa es grande, hay comida, hay camas y hay cariño, así que ni se les ocurra estar pensando en irse por allá solos. Carl levantó ambas manos, como rindiéndose. —¡Sí, señora! Dimitri soltó una risa breve. —Ves, ni opción tienes. Elena sonrió levemente, bajando la mirada hacia Aleksandr. —Entonces nos quedamos…— dijo en voz baja, más para ella que para los demás. Carl la miró. Y asintió. —Nos quedamos. Ana acomodó mejor a la pequeña Sofía en sus brazos, mirando a Dimitri de reojo. —Por ahora… todos juntos. Dimitri cruzó su mirada con la de ella. No dijo nada. Pero no hacía falta. Porque en el fondo… Todos estaban pensando lo mismo. Esto no era permanente. Esto era… estrategia, era esperar, era prepararse, era resistir. Y aunque el ambiente se suavizaba por momentos, con risas, con comentarios ligeros, con la presencia de los niños y el calor de la casa… Había algo que no se iba, esa sensación, ese hilo tenso, como si en cualquier momento… Algo fuera a romperse otra vez, y por eso mismo… Nadie quería estar solo, no ahora, no mientras Krasnova… seguía moviéndose en las sombras. La casa poco a poco fue bajando el ritmo. Las voces se hicieron más suaves, los pasos más espaciados, y ese murmullo constante que había llenado cada rincón empezó a desvanecerse, dejando paso a una calma más profunda, más nocturna. Ana se levantó con cuidado de la sala, sosteniendo a la pequeña Sofía contra su pecho. La niña ya estaba medio dormida, con la cabecita apoyada en su hombro, respirando despacio, ajena a todo lo que había pasado en las últimas horas. Subió las escaleras sin hacer ruido, casi de puntillas, como si el mundo entero dependiera de no despertarla. Al llegar al cuarto de los niños, empujó la puerta con suavidad. La escena adentro era tranquila. Alexei dormía profundamente, boca arriba, con una mano fuera de la sábana como si hubiera caído rendido en medio de alguna aventura imaginaria. Nikolai, más pequeño, estaba acomodado de lado, abrazando la manta con esa paz que solo tienen los niños cuando nada los perturba. Ana se quedó unos segundos en la puerta, observándolos. Y algo en su pecho se apretó. Porque ellos sí habían dormido. Ellos sí habían tenido descanso. Ellos aún estaban… a salvo de todo eso. Cerró la puerta con cuidado y no los despertó. No hacía falta. En cambio, ajustó mejor a la pequeña Sofía en sus brazos y se dio la vuelta. —Ven conmigo…— murmuró bajito, aunque la niña ya no escuchaba. Se dirigió a su habitación. Al entrar, la luz tenue le dio una sensación distinta, más privada, más suya. Cerró la puerta con el pie y caminó hasta la cama, donde se sentó con cuidado, acomodando a la bebé sobre su regazo antes de recostarse ligeramente contra las almohadas. La observó con calma, con detenimiento, como si la estuviera viendo de verdad por primera vez en horas. —Ay… mi amor…— susurró, pasando los dedos con suavidad por su mejilla —te tengo abandonadita, ¿verdad? La niña hizo un pequeño gesto, apenas moviendo los labios, y eso fue suficiente para que el corazón de Ana se encogiera un poco más. —Todo ha sido un caos…— continuó en voz baja —y tú aquí… tan tranquila… La acercó más a su pecho, abrazándola con cuidado. —Perdóname…— murmuró, cerrando los ojos un instante —no he estado como debería… Se quedó así unos segundos, simplemente sintiendo su calor, su peso, su respiración. Hasta que la puerta se abrió suavemente. Dimitri. Entró sin hacer ruido, como si ya supiera exactamente lo que iba a encontrar. Se quedó un momento en el umbral, observando la escena. Ana en la cama, la bebé en sus brazos, ese aire de calma… mezclado con algo más. Suspiró. No pesado, sino comprendiendo, cerró la puerta con cuidado y caminó hacia ellas. —Sabía que estarías aquí— dijo en voz baja, acercándose. Ana levantó la mirada hacia él, con una pequeña sonrisa cansada. —Se me estaba olvidando que tengo una hija…— soltó, medio en broma, medio en serio. Dimitri negó suavemente con la cabeza mientras se sentaba a su lado. —No eres la única— respondió. Eso la hizo mirarlo con más atención. Él apoyó los codos sobre sus piernas, inclinándose un poco hacia adelante antes de mirar a la pequeña. —Yo también…— añadió —siento que me la he perdido estos días. Su voz no era dramática, pero sí honesta. —Todo ha sido…— buscó la palabra —demasiado. Ana asintió. —Sí… Dimitri estiró la mano y, con una delicadeza poco habitual en él, rozó la cabecita de la bebé con la yema de los dedos. —Ni siquiera he podido disfrutarla bien…— murmuró. —Y ya estamos metidos otra vez en problemas… en decisiones… en… todo esto. Se pasó una mano por el rostro, frustrado consigo mismo. —Antes de que siquiera…— hizo una pausa breve —antes de que pueda crecer tranquila. Ana lo observó en silencio, y en esa mirada… no había juicio, solo entendimiento. —No es tarde— dijo ella suavemente. Dimitri la miró. —Aún no. Acomodó mejor a la niña entre ambos, como si inconscientemente quisiera compartir ese espacio. —Sigue siendo pequeña— añadió —todavía podemos estar… todavía podemos hacerlo bien. Dimitri soltó una leve exhalación, más calmada. —Eso espero. Hubo un pequeño silencio, pero esta vez… era distinto y más cálido, más necesario. Ana apoyó la cabeza ligeramente en su hombro, sin dejar de sostener a la bebé. —Mírala…— susurró. Dimitri bajó la mirada. La pequeña Sofía dormía completamente tranquila, ajena a todo, con esa paz que parecía casi irreal en medio de lo que estaban viviendo. —Ella no sabe nada de esto…— murmuró él. —Y no tiene por qué saberlo— respondió Ana. Dimitri asintió lentamente. —Entonces…— añadió él, más firme ahora —nos aseguraremos de que siga así. Ana levantó la mirada hacia él. —Sí. Él giró un poco el rostro, encontrándose con sus ojos. —Pase lo que pase. Ella no dudó. —Pase lo que pase. Y en ese momento, sin grandes promesas, sin dramatismo… solo con esa pequeña escena, quedó claro algo importante, que entre todo el caos, las amenazas, los planes y los errores… había algo que no estaban dispuestos a negociar, ni a perder, y dormida entre ellos… estaba exactamente eso. La habitación quedó envuelta en una calma distinta, una de esas que no nacen del silencio absoluto, sino del cansancio compartido, del peso de todo lo vivido acomodándose poco a poco en los cuerpos. La pequeña Sofía ya estaba completamente dormida entre los brazos de Ana, su respiración suave y rítmica, ajena a todo el caos que había sacudido a los adultos en los últimos días, ajena a nombres como Krasnova, a decisiones apresuradas, a vuelos nocturnos y a amenazas invisibles que se arrastraban como sombras. Ana no la soltaba. No quería. Sus dedos acariciaban con cuidado la cabecita de la niña, como si necesitara convencerse de que estaba bien, de que estaba ahí, de que no se le había escapado entre tanto ruido, entre tanto miedo. Dimitri se quedó de pie unos segundos más, observándolas. No decía nada, pero en su mirada había algo que pocas veces se permitía mostrar, algo más blando, más humano, más… cansado. Finalmente se acercó, despacio, como si no quisiera romper ese pequeño refugio que habían creado sin darse cuenta. Se sentó a su lado, apoyando los codos sobre las rodillas, pasando una mano por su rostro. —Es curioso…— murmuró en voz baja, sin mirarla directamente al inicio. —Uno cree que está haciendo lo correcto… protegiendo, resolviendo, moviéndose rápido… y al final termina sintiendo que está llegando tarde a lo importante. Ana no respondió de inmediato. Solo lo escuchó. Porque sabía que Dimitri no hablaba así porque sí. Cada palabra que soltaba venía arrastrando algo más pesado detrás. —La vi hace rato…— continuó él, ahora girando un poco la cabeza hacia la niña. —Y sentí como si… no la conociera lo suficiente. Como si me hubiera perdido partes de ella… por estar ocupado en otras cosas. Ana bajó la mirada hacia la pequeña y sonrió con una mezcla de ternura y tristeza. —No eres el único…— dijo suavemente. —Yo también lo sentí. El silencio entre ellos no fue incómodo. Fue de esos silencios que entienden más de lo que dicen. Dimitri estiró la mano con cuidado y rozó uno de los pequeños dedos de la bebé. La niña ni se inmutó, solo hizo un leve movimiento instintivo, aferrándose débilmente a su dedo. Ese gesto tan simple le apretó algo en el pecho. —Mírala…— susurró. —Ni idea tiene del mundo en el que está metida… y aún así… confía. Ana lo miró de reojo. —Confía en nosotros— corrigió con suavidad. Dimitri soltó una pequeña exhalación, casi una risa sin humor. —Eso es lo que da más miedo. Ana frunció levemente el ceño. —¿Por qué? Él se quedó unos segundos en silencio antes de responder, buscando bien las palabras. —Porque esa confianza… no la puedes fallar. No tienes margen para equivocarte. No con ella. Ana acomodó mejor a la bebé en su pecho, abrazándola un poco más. —Entonces no lo hagas— respondió con una firmeza tranquila. —No falles. Dimitri la miró directamente esta vez. No con dureza, no con esa mirada estratégica que solía usar cuando hablaban de problemas… sino con algo más limpio. —Eso intento. Ana suspiró, apoyando su cabeza ligeramente contra el respaldo de la cama. —Todos estamos intentando…— murmuró. —Viktor, Sofía… Carl… Elena… tú… yo… todos. Nadie aquí sabe exactamente qué hacer, pero igual lo estamos haciendo. Dimitri asintió lentamente. —Y aún así… esa mujer sigue allá afuera. El ambiente cambió apenas con esa mención. No se volvió tenso, pero sí más denso, más consciente. Ana bajó la mirada. —Sí…— dijo en voz baja. —Y eso no va a desaparecer ignorándolo. Dimitri se enderezó un poco, pasando las manos por sus rodillas. —Mañana voy a seguir con lo del laboratorio. Ese líquido… no es cualquier cosa. Si encontramos cómo funciona, cómo se activa… quizás podamos adelantarnos. Ana lo observó con atención. —Ten cuidado. Él arqueó una ceja con una leve sonrisa ladeada. —Siempre lo tengo. Ana negó suavemente con la cabeza. —No, Dimitri… tú sobrevives. Que es distinto. Esa frase lo hizo quedarse callado un segundo más de lo normal. —Esta vez…— añadió ella, mirándolo fijamente —no quiero que solo sobrevivas. Quiero que estés. Dimitri sostuvo su mirada. No respondió de inmediato, pero algo en su expresión cambió, como si esa frase se hubiera acomodado en algún lugar importante. —Voy a estar— dijo finalmente, con una firmeza más baja, pero más real. Ana asintió, satisfecha con eso. La pequeña Sofía hizo un pequeño sonido, acomodándose entre los brazos de su madre. Dimitri volvió a mirarla, y esta vez no había duda en su expresión… había decisión. Se levantó despacio, inclinándose un poco para besar la frente de la niña, luego la de Ana. —Descansa un poco— murmuró. Ana sonrió levemente. —Tú también deberías. Dimitri soltó una pequeña exhalación. —En un rato. Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo, girando apenas el rostro. —Ana… —¿Sí? —Gracias… por no soltar todo esto. Ella lo miró con una calidez tranquila. —No es “todo esto”…— corrigió suavemente. —Eres tú. Dimitri no dijo nada más. Solo asintió levemente y salió de la habitación. Ana se quedó ahí, en la cama, con la bebé dormida entre sus brazos, escuchando cómo el mundo afuera seguía en movimiento, aunque fuera en susurros. Bajó la mirada hacia la pequeña una vez más, acariciándole suavemente la mejilla. —Lo vamos a hacer mejor…— susurró casi para sí misma. —Esta vez sí. Y en medio de todo el caos que aún no terminaba… ese pequeño momento, silencioso y cálido, se sintió como una promesa.






