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Capítulo 238: Bajo la misma noche.

Capítulo: Bajo la misma noche

La mansión dormía, pero no lo hacía de forma inocente. No era el descanso ligero de una casa tranquila ni el silencio limpio de un hogar sin preocupaciones. Era un descanso vigilado, contenido, como si incluso las paredes supieran que había algo afuera que no debía entrar… y algo adentro que no podía relajarse del todo.

La noche avanzaba lenta.

El frío de Moscú se apoyaba contra los ventanales, dejando una capa invisible que separaba dos mundos: el de afuera, oscuro, inmóvil, impredecible… y el de adentro, cálido pero inquieto, lleno de respiraciones profundas, sueños interrumpidos y pensamientos que no terminaban de apagarse.

En la sala lateral, Lukas seguía despierto.

Había intentado dormir. De verdad lo había intentado.

Se había acomodado en el sofá, cruzado de brazos, luego de lado, luego boca arriba. Había cerrado los ojos una y otra vez, obligándose a ignorar cualquier pensamiento que no fuera el de descansar, pero su mente parecía tener otros planes.

No era miedo.

No exactamente.

Era una especie de alerta constante, una tensión que se quedaba en el cuerpo incluso cuando ya no había ruido, incluso cuando todo parecía bajo control. Como si su instinto se negara a bajar la guardia.

Y no solo eso.

Había otra cosa.

Algo más… ligero, pero igual de persistente.

Se pasó una mano por el rostro, exhalando lentamente mientras miraba el techo.

Olga.

Negó levemente con la cabeza. —Concéntrate— murmuró en voz baja. No era momento para eso. No con lo que estaba pasando.

Cerró los ojos otra vez. Intentó vaciar la mente. Y por unos segundos… lo logró.

Su respiración empezó a regularse. El cuerpo, poco a poco, cedió al cansancio acumulado. Las horas sin descanso, el estrés, el golpe de la sustancia que todavía parecía dejar un rastro en su sistema… todo empezó a pesar.

Y finalmente…

Se quedó dormido.

En otro extremo de la mansión, Olga tampoco había encontrado el descanso fácilmente.

Se había acostado, sí. Había cerrado los ojos, intentado acomodarse, incluso había respirado hondo varias veces como si eso fuera suficiente para apagar el ruido interno… pero no.

No funcionó.

Se giró en la cama, acomodando la almohada, soltando un suspiro bajo.

Irina dormía sin problemas al otro lado, completamente ajena a todo. Su respiración era constante, tranquila, casi envidiable.

Olga abrió los ojos en la oscuridad.

Miró el techo. Y su mente volvió a empezar. No era una sola cosa. Era todo, el pasado, la casa, Krasnova, los niños, Viktor, Sofía. Y… sin querer…

Lukas.

Apretó los labios.

—No— susurró apenas.

Se giró hacia el otro lado, dándole la espalda a Irina, como si eso ayudara a ordenar sus pensamientos.

No tenía sentido, no era momento, no era… prudente.

Pero aun así, su mente insistía en recordar pequeños detalles. Gestos. Miradas. Tonterías.

Y eso le molestaba, porque Olga no era así.

O al menos… no lo había sido en mucho tiempo.

Se incorporó lentamente, apoyando los pies en el suelo frío, no iba a poder dormir así.

Se levantó sin hacer ruido, caminando hacia la ventana. Corrió apenas la cortina y miró hacia afuera.

Nada, la noche seguía igual, quieta, pero esa quietud… no le daba tranquilidad.

Apoyó una mano contra el vidrio, frío, real, eso sí era real.

No los pensamientos. No las dudas. No las cosas que no debía estar pensando.

Soltó el aire lentamente y cerró los ojos un segundo.

—Concéntrate— se dijo a sí misma, casi usando el mismo tono que había usado él en otro lugar de la casa.

Tenían un problema.

Uno grande.

Y no se iba a resolver solo.

Se apartó de la ventana, cruzándose de brazos, caminando despacio por la habitación.

Pensó en Krasnova.

En esa presencia elegante, calculadora… peligrosa.

En la forma en la que había entrado y salido como si nada.

En el miedo que no gritaba, pero que dejaba huella.

Y en lo que eso significaba, no estaban a salvo.

No del todo, y eso… cambiaba todo, Olga se detuvo en seco.

Porque por más que intentara enfocarse en eso… había algo más que no se iba.

Una sensación, pequeña, incómoda, nueva, soltó una risa baja, sin humor.

—Qué mala noche para empezar a sentir cosas raras…— murmuró.

Se pasó una mano por el cabello, no iba a resolver nada dándole vueltas.

Volvió a la cama, se acostó otra vez, cerró los ojos, y esta vez… el cansancio finalmente ganó.

En el segundo piso, en la habitación principal, Sofía dormía profundamente.

El agotamiento la había alcanzado sin aviso. Entre el viaje, la tensión, las emociones acumuladas y el peso del embarazo, su cuerpo simplemente decidió parar.

Dormía de lado, con una mano apoyada sobre su vientre.

Y Viktor… no dormía.

Estaba sentado en el borde de la cama, inclinado ligeramente hacia adelante, con los codos sobre las rodillas y las manos entrelazadas.

Miraba al suelo.

Pero en realidad… no veía nada, pensaba, pemasiado, la imagen de Krasnova no se iba, la información de Dimitri tampoco, el laboratorio el líquido, el mercado negro.

Y esa sensación… de que iban un paso atrás. Siempre un paso atrás, apretó la mandíbula.

No le gustaba eso, no estaba acostumbrado a eso.

Se pasó una mano por el rostro, exhalando lentamente. Luego giró apenas la cabeza.

Sofía dormida, tranquila, a salvo… por ahora.

Su expresión cambió a una más suave, más vulnerable. Se inclinó un poco, apoyando la mano con cuidado sobre el vientre de ella.

No hizo presión, solo contacto.

—Voy a arreglar esto…— murmuró en voz tan baja que apenas existía.

No era una promesa vacía.

Era una necesidad.

Se quedó así un momento más, observándola, asegurándose de que estaba bien… antes de finalmente levantarse.

Caminó hacia la ventana. Corrió la cortina apenas, miró hacia la noche.

Oscura.

Silenciosa.

Engañosa.

—Donde sea que estés…— murmuró, pensando en Krasnova— no voy a dejar que te acerques otra vez.

Sus ojos se endurecieron, porque esta vez… no era solo él, la madrugada avanzó sin más interrupciones, las horas pasaron, lentas, pesadas.

Pero finalmente… la primera luz empezó a filtrarse por los bordes del cielo, un cambio casi imperceptible al inicio.

Luego más claro, más presente, el día empezaba a reclamar su lugar.

Y con él… la calma falsa de la noche empezaba a romperse. En la sala lateral, Lukas abrió los ojos. No fue un despertar brusco, fue lento, confuso.

Se quedó mirando el techo unos segundos antes de recordar dónde estaba. Se incorporó un poco, pasando una mano por su rostro. El cuerpo todavía le pesaba, pero ya no era lo mismo.

El efecto de aquella sustancia… parecía haberse ido por completo.

Respiró hondo, se sentía mejor, más claro, más… presente. Se levantó del sofá, estirándose ligeramente. Y entonces… recordó, el pasillo, la caída.

Olga.

Una pequeña sonrisa volvió a aparecer, sin permiso.

—Otra vez…— murmuró, negando con la cabeza.

Pero esta vez no la borró tan rápido. Caminó hacia la cocina.

La casa empezaba a despertar. Lento. Pero seguro. Y con cada paso… la tensión volvía a instalarse, porque el descanso había terminado.

Y el problema… seguía ahí.

Esperando.

El amanecer terminó de instalarse poco a poco sobre la mansión, como si la luz dudara antes de entrar del todo, como si incluso el día supiera que lo que había dentro no era precisamente calma. Los ventanales comenzaron a teñirse de tonos azulados primero, luego gris claro, hasta que finalmente la luz ganó terreno y empezó a dibujar los contornos de los muebles, de los pasillos, de cada rincón que durante la noche había sido territorio de sombras.

La casa despertaba. Pero no lo hacía con prisa. No lo hacía con risas. Lo hacía… con cuidado.

Lukas llegó a la cocina con pasos tranquilos, todavía sintiendo ese leve peso en el cuerpo que queda después de dormir mal, pero ya completamente consciente. Abrió una de las alacenas, encontró un vaso limpio y lo llenó con agua, repitiendo casi sin darse cuenta el mismo gesto que Olga había hecho horas antes.

Bebió despacio, el agua estaba fría, le ayudó a terminar de aterrizar.

Apoyó una mano sobre la encimera, mirando hacia la nada por unos segundos.

Y entonces… la casa empezó a hacer ruido, no ruido brusco, pequeños indicios, un leve crujido en el segundo piso.

El sonido de una puerta abriéndose con cuidado.

Pasos suaves, alguien despertándose.

Lukas giró un poco la cabeza hacia la entrada de la cocina, atento por instinto, pero sin tensión excesiva.

No era peligro, era rutina, o al menos… lo más cercano a una rutina que podían tener ahora.

Unos segundos después, Doña María apareció.

Con su bata, el cabello recogido de forma sencilla, y esa energía que no parecía afectada por el cansancio como la de los demás. Sus ojos se posaron en Lukas de inmediato.

—¡Ay, mijito!— dijo en voz baja pero animada, como si el día ya hubiera empezado oficialmente para ella. —¿No dormiste bien?

Lukas dejó el vaso sobre la encimera, enderezándose un poco.

—Sí, señora… bueno… más o menos— respondió con una leve sonrisa respetuosa.

Doña María chasqueó la lengua suavemente.

—Eso es porque andan durmiendo donde no deben— comentó, caminando hacia la cocina como si ya supiera toda la historia sin que nadie se la contara. —Esa espalda después te va a pasar factura, ya verás.

Lukas no pudo evitar soltar una pequeña risa.

—Lo tendré en cuenta.

Ella ya estaba revisando cosas, moviendo utensilios, como si su cuerpo funcionara con un piloto automático perfectamente afinado.

—Hoy hay que hacer desayuno fuerte— añadió mientras abría una olla. —Con todo lo que ha pasado, esta casa necesita comida de verdad.

Lukas asintió, observándola.

Había algo en esa mujer… algo firme, cálido, que sostenía el ambiente incluso cuando todo lo demás parecía tambalearse.

—¿Necesita ayuda?— preguntó.

Doña María lo miró de reojo, evaluándolo apenas un segundo.

—Claro que sí— respondió sin dudar. —Pásame esos huevos y lava esas manos primero, que aquí se cocina con respeto.

Lukas obedeció sin problema.

El agua corriendo en el lavabo, el sonido de utensilios, el leve movimiento de la cocina… poco a poco fueron llenando el espacio.

Y con eso… la casa empezó a sentirse viva otra vez.

Arriba, Olga abrió los ojos, esta vez no hubo resistencia, el sueño había llegado tarde… pero había hecho su trabajo.

Se quedó unos segundos mirando el techo, en silencio, dejando que su mente se acomodara sola.

Recordó todo, la noche, la cocina, el pasillo.

Lukas.

Cerró los ojos un segundo más.

—Bien…— murmuró para sí misma, como si se diera una orden interna. —Hoy no.

Se incorporó despacio, sin hacer ruido para no despertar a Irina, y se levantó de la cama.

El suelo frío la terminó de despertar por completo.

Se arregló lo mínimo, recogiendo su cabello con más cuidado esta vez, y salió de la habitación.

El pasillo ya no estaba completamente oscuro.

La luz del amanecer se colaba por las ventanas, dejando ver claramente el camino. Olga caminó con seguridad.

Pero al pasar por el punto exacto donde había tropezado la noche anterior… no pudo evitar mirar al suelo.

Vacío, nada, y aun así… su mente completó la escena, apretó los labios levemente, y siguió caminando.

En la cocina, Lukas estaba concentrado en lo que hacía.

No era experto, pero se defendía.

Había algo casi terapéutico en ese momento. Cortar, mover, seguir instrucciones simples… cosas concretas. Cosas que no requerían pensar en amenazas, en estrategias, en peligros invisibles.

Doña María hablaba mientras tanto, de todo, de nada.

Historias sueltas, comentarios, pequeñas quejas que no eran realmente quejas.

Y Lukas escuchaba, asentía, respondía cuando debía, pero en el fondo… también agradecía ese ruido.

Ese tipo de ruido.

El sonido de pasos más firmes se acercó, y ambos levantaron la mirada casi al mismo tiempo.

Olga.

Entró a la cocina con su habitual postura recta, tranquila, como si no hubiera pasado absolutamente nada la noche anterior.

Sus ojos recorrieron el lugar rápidamente.

Doña María, la comida y luego… Lukas, un segundo nada más, pero suficiente.

—Buenos días— dijo ella con naturalidad, acercándose a tomar un vaso.

—Buenos días, mija— respondió Doña María sin dejar de moverse. —Ven, siéntate, ya casi está todo.

Lukas también asintió levemente.

—Buenos días.

Olga no respondió de inmediato. Solo llenó su vaso con agua, bebió un poco… y luego habló.

—No sabía que también cocinabas.

Lukas levantó una ceja apenas.

—Yo tampoco— respondió con una leve sonrisa.

Doña María soltó una pequeña risa.

—Aquí todos aprenden— dijo con orgullo. —El que vive en esta casa, come bien, pero también ayuda.

Olga apoyó el vaso, cruzándose de brazos con suavidad.

—Eso explica muchas cosas.

El tono era neutro, pero había algo debajo, algo ligero, algo… distinto, Lukas no dijo nada más.

No hacía falta.

Y mientras la mañana terminaba de instalarse, mientras más puertas se abrían, más pasos se escuchaban, más voces empezaban a llenar los espacios…

La sensación general era clara, seguían en peligro, nada se había resuelto, nada estaba terminado. Pero aun así… había algo más, algo que no se rompía tan fácil, la rutina, los vínculos.

Las pequeñas cosas que, incluso en medio del caos, seguían creciendo. Y eso… eso también era importante, porque cuando todo se tambalea… son esas cosas las que evitan que todo se venga abajo.

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