Mundo ficciónIniciar sesiónprotl tiempo dentro de la clínica dejó de avanzar de forma normal. No eran minutos, no eran horas… eran fragmentos tensos, estirados, donde cada sonido parecía más fuerte y cada silencio más pesado. Afuera de la sala, el aire estaba cargado de expectativa, de nervios, de algo que ninguno quería decir en voz alta pero que todos compartían.
Sofía caminaba de un lado a otro, lento, sosteniéndose el vientre casi por reflejo más que por necesidad, como si su propio cuerpo respondiera a lo que estaba ocurriendo al otro lado de esa puerta. Sus dedos se aferraban a la tela de su ropa, y cada tanto miraba hacia la entrada, como si con solo hacerlo pudiera acelerar lo inevitable. Doña María no dejaba de abanicar su rostro con la mano. —Ay, Dios mío…— murmuraba bajito —esto me tiene con el corazón en la boca… Se sentó un momento… pero duró poco. Se volvió a levantar, dio dos pasos, volvió a sentarse, y luego otra vez de pie. —No puedo, no puedo, esto es peor que cualquier novela…— dijo, negando con la cabeza. Viktor, por su parte, no se movía tanto… pero su tensión era evidente. Estaba de pie, firme, los brazos cruzados, la mandíbula apretada, los ojos clavados en esa puerta como si quisiera atravesarla con la mirada. Cada sonido que venía desde adentro lo ponía en alerta. Cada quejido… cada indicación… cada movimiento. Y entonces… se hizo en silencio, un silencio breve, pero demasiado pesado, Sofía se detuvo en seco. Doña María dejó de abanicar, Viktor dio un paso hacia la puerta, y entonces… un llanto, suave, pequeño, pero lo suficientemente claro como para romperlo todo. Carl fue el primero en reaccionar al otro lado. —¡…es un niño!— su voz salió fuerte, cargada, casi incrédula —¡es un niño! Aunque ya sabían desde antes que iba a ser un niño, verlo ya físicamente, en sus manos, era una experiencia diferente. Afuera, los tres reaccionaron al mismo tiempo. —¡¿Qué?!— soltó Doña María, llevándose una mano al pecho. Sofía se llevó ambas manos a la boca, los ojos brillándole de inmediato. —¡Lo logró…!— susurró, emocionada. Viktor cerró los ojos un segundo, dejando salir el aire que no sabía que estaba conteniendo, y luego apoyó una mano en la pared, como si ese simple sonido hubiera descargado todo el peso que llevaba encima. —Bien…— murmuró para sí mismo —bien… Pero la emoción no los dejó quedarse quietos. Los tres se acercaron a la puerta casi al mismo tiempo, intentando asomarse, intentando ver aunque fuera un poco, aunque fuera una silueta, un movimiento, algo. —Solo un momento— intentó decir Sofía, inclinándose un poco. —¡Déjennos ver aunque sea un piecito!— añadió Doña María, medio desesperada. Viktor directamente ya tenía la mano en el marco de la puerta. Pero no duraron ni dos segundos. —Atrás, por favor— dijo una enfermera, firme pero no grosera, interponiéndose. —Pero— intentó Viktor. —Un momento más, ya casi— insistió ella, empujándolos suavemente hacia atrás. Y aunque no les gustó… no les quedó de otra, volvieron a separarse, pero esta vez… con sonrisas. Con esa emoción contenida que ya no era ansiedad… sino felicidad pura. —Otro varoncito…— dijo Doña María, limpiándose una lágrima —ay, pero qué bendición tan grande… Sofía no podía dejar de sonreír. —Misha va a estar feliz…— murmuró —otro compañero de travesuras… Viktor soltó una pequeña risa nasal, negando con la cabeza. —Pobre Carl…— dijo —dos versiones de él corriendo por la casa… —Peor para el mundo— respondió Sofía con una media sonrisa divertida. El ambiente, por primera vez en mucho tiempo… se sentía ligero. Vivo. Humano. Y entonces, finalmente, la puerta volvió a abrirse. —Pueden pasar— dijo la misma enfermera, esta vez con una leve sonrisa. No lo dudaron. Entraron casi al mismo tiempo, pero bajando la intensidad al ver la escena. Elena estaba recostada, visiblemente agotada, el cabello pegado al rostro, la respiración aún irregular… pero con una expresión completamente distinta. No era cansancio, tampoco era dolor, era… paz, y en sus brazos… estaba el bebé, un bebé pequeñito, envuelto en una manta de algodón, moviéndose apenas, pero estaba ahí, real. Carl estaba a su lado, inclinado, sin despegarse ni un centímetro, como si temiera que al alejarse eso desapareciera, pero cuando levantó la mirada y vio a los demás… esbozó una gran sonrisa. Y no fue una sonrisa cualquiera, que una de esas que no se controlan. —Llegaron…— dijo, con la voz todavía cargada de emoción. Sofía se acercó primero, lento, casi con reverencia. —¿Puedo…?— preguntó, señalando con la mirada. Elena asintió suavemente. —Claro… Sofía se inclinó un poco, mirando al bebé, y apenas lo vio… soltó una risa suave, sorprendida. —Es igual a él…— dijo sin filtro. Doña María se acercó enseguida. —Déjame ver, déjame ver…— murmuró, inclinándose también. Y en cuanto lo vio… —¡Ay, pero si es un mini Carl!— soltó, encantada —¡idéntico! Carl alzó las cejas, con una mezcla de orgullo y diversión. —Oye… —No, no, no— insistió Doña María —esto es copia y pega, mijo… Viktor, desde atrás, soltó una risa baja. —Ni siquiera lo intentó disimular— añadió. Carl negó con la cabeza, pero no dejó de sonreír. —Pues mejor…— respondió —así el mundo tiene otro igual de guapo. —Ay, por favor…— murmuró Elena, pero sin molestia, mirándolo de reojo. Había algo en su expresión… distinto más suave, más abierto, más… real. Sofía volvió a mirar al bebé, enternecida. —¿Y cómo se llama?— preguntó, levantando la mirada hacia Elena. Elena bajó la vista hacia su hijo por un momento. Sus dedos rozaron suavemente la pequeña mejilla del bebé. Y luego habló. —Aleksandr…— dijo en voz baja. El nombre quedó flotando en el aire un segundo. —Aleksandr…— repitió Sofía, con una sonrisa. Viktor asintió levemente. —Fuerte nombre. Carl miró a Elena, curioso. —¿Por qué Aleksandr?— preguntó. Ella levantó la mirada, encontrándose con la de él, y por un segundo… todo lo demás dejó de importar. —Porque significa… protector de los hombres— explicó suavemente —y también… alguien fuerte, poderoso. Hubo un pequeño silencio, no incómodo sino lleno. —Después de todo lo que hemos pasado…— continuó —después del miedo, de las dudas… de lo que yo misma tuve que cambiar… Sus ojos se humedecieron ligeramente, pero no apartó la mirada. —Quiero que él sea eso…— dijo, mirando al bebé —alguien que proteja… que cuide… que ame sin miedo… Carl tragó saliva y su mano buscó la de ella de inmediato. —Y esperanza…— añadió Elena, más bajo —porque eso es lo que necesitamos ahora… todos. Sofía sonrió, visiblemente conmovida. —Es perfecto… Doña María asintió con fuerza. —Nombre bonito, significado bonito… niño bonito… no, esto está completo. Viktor cruzó los brazos, observando la escena con una expresión distinta a la habitual. Más tranquila, más… humana. Carl se inclinó un poco más hacia Elena, sin soltar su mano. —Me gusta…— murmuró —me gusta mucho. Ella le devolvió la mirada. —¿Sí? —Sí…— respondió, sonriendo apenas —además… suena fuerte. Elena soltó una pequeña risa cansada. —Tenía que ser digno de ti… ¿no? Carl negó, acercándose un poco más. —No…— dijo —tenía que ser digno de ti. Y esa vez… Elena no respondió con sarcasmo, solo lo miró y sonrió, una sonrisa pequeña pero completamente sincera. Mientras tanto, el pequeño Aleksei se movió levemente entre sus brazos, soltando un sonido bajito, casi un suspiro, como si también estuviera acomodándose a ese mundo nuevo que lo recibía. Y en ese momento… por primera vez en mucho tiempo… todo estaba bien, no era algo perfecto, tampoco resolvía lo que pasaba con todo lo demás, pero se sentía que estaba bien, todo estaba bien en estos momentos, y nada más importaba. Elena miraba que, ella nunca hubiera imaginado que crear vínculos con una familia ex mafiosa iba a ser tan... caótico, feliz, alegre, algo que ella nunca se imaginó, que capaz si nada de esto hubiera sucedido, hubiese sido como Carl lo mencionó, frío, monótono, y buscando la perfección... Pero ahora, aquí mismo en estos momentos, este caos, estas personas que la rodean, viendo a su bebé, todo era hermoso, bello, y sabía que daría todo, cualquier cosa por seguir por este camino, sin importar el pasado, la felicidad de ahora no se compara con nada de antes, y sabe que esta vez empezará diferente. Baja la mirada a su nuevo bebé, viendo aquellos cachetitos rosados y regordetes que daban ganas de morder, sintió un gran apego, algo con lo que Misha no había disfrutado, que no pudo celebrarlo con él, y ahora mismo en sus pensamientos, Misha también está presente, su hijo mayor, y a quien le debe una gran disculpa. "Cuando regrese" dice mentalmente, abrazará a Misha como no tiene idea, y le dedicará todo el amor que, no es que se lo haya brindado, sino más bien, haberlo brindado tarde, pero siente que aún hay tiempo, todavía está a tiempo, y no piensa fracasar como madre.






