Mundo ficciónIniciar sesiónEl caos dentro de la clínica no era un caos desordenado, sino uno preciso, medido, urgente. Las luces blancas iluminaban cada rincón con una frialdad casi cruel, el sonido de pasos acelerados, puertas abriéndose y cerrándose, instrumentos siendo preparados, voces que daban órdenes con rapidez pero sin perder el control. Todo se movía como un engranaje perfectamente aceitado, y en el centro de todo… Elena.
La camilla avanzaba por el pasillo mientras ella apretaba los dientes, las manos tensas sobre la sábana, el cuerpo reaccionando a cada contracción que llegaba sin aviso y sin piedad. El dolor no pedía permiso, no avisaba, simplemente llegaba, se instalaba, y la obligaba a enfrentarlo. Carl no se separaba de su lado ni un segundo. Caminaba junto a la camilla, sosteniendo su mano con firmeza, como si soltarla fuera lo mismo que perderla. Su otra mano rozaba su cabello, apartándolo de su rostro húmedo, desordenado, tan distinto a la perfección a la que estaba acostumbrado verla. Y sin embargo… nunca la había visto tan hermosa. Esa mueca de dolor, esa respiración agitada, esos ojos que ya no escondían nada… no eran imperfecciones. Eran vida. Eran verdad. Y eso le arrancó una sonrisa. Una sonrisa que, en ese contexto, fue peligrosamente inoportuna. —¿Qué… qué estás mirando con esa cara de idiota?— soltó Elena entre dientes, con la voz quebrada, entre dolor y molestia, apretándole la mano con más fuerza. Carl soltó una pequeña risa baja, sin poder evitarlo. —A ti…— respondió con una calma que contrastaba con todo lo que estaba pasando alrededor. Se inclinó un poco, dejando un beso en su frente, luego en su mejilla, luego en su mano. —Te estoy mirando a ti. Elena frunció el ceño, respirando con dificultad. —Pues deja de mirar y…— se interrumpió con un quejido ahogado, el cuerpo tensándose otra vez —¡agarra bien mi mano porque esto duele como el infierno, Carl! Y eso… solo hizo que su sonrisa se ampliara más. —Así… así me gustas más— murmuró, sin apartarse de ella. Elena lo miró como si quisiera matarlo ahí mismo, cavar una tumba y enterrarlo ella misma, o un bisturí y... no, no... sigamos... —¿Ah, sí?— dijo ella entre jadeos —¿Te gusta verme sufrir? —No— negó suavemente, acercándose más —me gusta verte real. Eso la desconcertó un segundo. —Antes…— continuó Carl, bajando un poco la voz mientras caminaban —eras perfecta… demasiado perfecta. Todo tenía que estar en su lugar, todo medido, todo controlado, calculado, cuadriculado… no dejabas que nada se saliera de la línea. Otro quejido la interrumpió, su mano apretando la de él con más fuerza. —¡Porque así se supone que debe ser!— respondió, con frustración —¡todo tiene que salir bien! Carl negó lentamente, acariciándole los dedos. —No… eso es lo que tú creías. Elena lo miró, confundida, algo dolida, quizá... vulnerable. Y él continuó, sin suavizarlo, porque sabía que ese no era momento de mentiras bonitas. —Cuando nació Misha…— dijo, y su voz cambió apenas —yo pensé que… no lo querías. Elena se quedó en silencio, aunque el dolor seguía ahí, pero esas palabras… le atravesaron de otra forma. —Lo mirabas… distante… como si no fuera tuyo. Como si… no encajara en tu mundo perfecto. poco a poco, los ojos de Elena comenzaron a llenarse de lágrimas, no por la contracción esta vez. —Yo…— intentó hablar, pero la voz le falló. —Pensé que te importaba más tu cuerpo…— añadió Carl, sin apartar la mirada —que las cicatrices… que lo que el embarazo había hecho contigo… que él. Las lágrimas ya rodaban sin permiso. —No es cierto…— susurró con su voz rota, temblorosa, con ese nudo en la garganta que no le dejaba hablar bien. —Lo sé ahora— respondió él de inmediato, apretando su mano —pero en ese momento… no lo entendía. Elena negó, desesperada, con la respiración entrecortada. —Yo tenía miedo…— confesó finalmente, la voz temblando —miedo de no ser suficiente… de no ser… lo que se esperaba de mí… de verme diferente… de perderlo todo… Una nueva contracción la hizo arquearse ligeramente, soltando un gemido más fuerte, pero no soltó su mano. —Y en medio de ese miedo…— continuó, con esfuerzo —no supe cómo amar… no supe cómo demostrarlo… Carl se inclinó más, apoyando su frente contra la de ella por un segundo. —Pero ahora sí. Elena cerró los ojos, dejando que las lágrimas cayeran libremente, saladas y calientes. —Ahora sí…— repitió él suavemente —mírate… estás aquí… sintiendo todo… sin esconder nada… sin pretender nada… Ella lo miró, vulnerable como nunca antes. —Y eso… es mucho más valioso que cualquier perfección que intentabas sostener antes. Elena tragó saliva, el pecho subiendo y bajando con dificultad. —Cuando vuelva…— murmuró, con la voz quebrada —cuando vea a Misha… Carl no la interrumpió. —Voy a abrazarlo…— continuó —voy a besarlo… voy a decirle todo lo que no supe decirle antes… Otra contracción la hizo apretar los ojos con fuerza, un quejido escapándose de sus labios. —Voy a amarlo… como debí hacerlo desde el primer día… Carl apretó su mano con más firmeza. —Y él lo va a sentir— aseguró, sin dudarlo —porque los niños… siempre lo sienten. Elena asintió levemente, aún con los ojos cerrados. —Y este bebé…— añadió, llevando una mano temblorosa a su vientre —este bebé va a recibir todo desde el principio… todo… Carl sonrió, esta vez sin rastro de burla, solo orgullo. —Entonces empieza ahora— dijo suavemente —pero primero… concéntrate en traerlo al mundo. Ella soltó una pequeña risa entre lágrimas y dolor. —Eres un idiota… —Pero tu idiota— respondió él sin perder el ritmo. Elena negó con la cabeza, pero no pudo evitar que una pequeña sonrisa se formara en medio de todo. Las puertas de la sala se abrieron finalmente, el personal listo, todo preparado. —Vamos a entrar— anunció una de las enfermeras. Carl no soltó su mano, ni siquiera cuando comenzaron a acomodarla. Ni siquiera cuando el mundo pareció reducirse a ese cuarto. Se inclinó una última vez, dejando un beso firme en su frente. —Estoy aquí— susurró —no me voy a mover. Elena lo miró, con los ojos brillantes, el rostro cansado, pero lleno de algo nuevo. Algo que ya no era perfección, era amor, y esta vez, sin etiqueta, sino… uno real. —Más te vale…— respondió, apretándole la mano una vez más —porque si me dejas… te mato. Carl soltó una risa baja. —Ni loco me voy. Y mientras el proceso comenzaba, mientras el dolor y la vida se mezclaban en una intensidad imposible de describir, mientras los segundos se volvían eternos y necesarios al mismo tiempo… Carl no dejó de mirarla. No con miedo, ni con duda, sino con una certeza absoluta, que esa mujer, rota, fuerte, imperfecta, emocional… esa que estaba frente a él en ese momento… Era exactamente con quien quería pasar el resto de su vida. Y justo ahí, en medio del caos, del dolor, de los recuerdos, de las promesas… algo más también estaba naciendo. No solo un bebé, sino una versión nueva de ellos, una que ya no necesitaba ser perfecta, solo… verdadera. Y mientras todo aquel tumulto sucedía, un pequeño niño en una habitación prestada, estaba mirando hacia la ventana, viendo la nieve caer, pensando en cómo está mamá, qué estaría haciendo papá, y cómo... cómo se ve su hermanito. Alexei, que sigue siendo un año menor que él, se le acerca, poniendo una mano en su hombro. —Todo va a salir bien, vas a ver a tu hermanito. Misha gira la cabeza cuando Alexei le habla, casi no sabía como expresar las emociones que invadían su pequeño cuerpecito y corazón, que quizá piensa que no podrá cumplir como buen hermano dragón, de que tal vez no sea un buen hermano, de que todo lo que haga va a salir mal. Pero al ver la mirada de Alexei, de recordar sus diferencias, de cómo se habían conocido, de cómo había sucedido todo para llegar hasta aquí, ya ve en Alexei un verdadero hermano, y aquel año que había pasado junto con él, sabe que es suficiente, que sabe cuidar, proteger, amar y sobre todo... compartir. —Estoy seguro de que sí.— repite Alexei volviéndolo al presente. Misha no duda en sonreír un poco y le toma la mano a Alexei como si también fuera su hermano. —Sí... gracias a ti, cuidaré a mi nuevo hermanito como el dragón azul que soy. Alexei se le llenan los ojos de alegría y emoción, y no duda en abrazarlo, como si él fuera su hermano mayor por un año, y en este momento, se da cuenta de que hará todo lo posible por también ser un buen hermano mayor, tanto por Nikolai como la hermanita que viene en camino, y claro, para l pequeña Sofía y el nuevo hermano de Misha, porque ahora sabe que la familia está creciendo más. Misha no deja de abrazar a Alexei, levanta la mirada viendo hacia la venta, hacia donde sabe que su hermanito, está a punto de conocer el mundo.






