Mundo ficciónIniciar sesiónLa emoción del nacimiento no se disipó de inmediato, pero sí cambió de forma. Lo que antes era tensión y urgencia, ahora se transformaba en algo más pausado… más consciente. La vida había llegado, sí, pero el cuerpo de Elena no era de hierro, y aunque su mirada transmitía paz, su respiración cansada y la forma en la que apenas podía incorporarse dejaban claro que necesitaba tiempo.
El médico fue directo, sin adornos innecesarios, pero con respeto. —Debe quedarse en observación unos días— dijo, mirando primero a Elena y luego a Carl —el parto fue intenso, y aunque todo salió bien, lo más recomendable es que descanse aquí, bajo supervisión. Carl asintió sin discutir, no iba a discutir con un doctor, ni loco. . —¿Cuánto tiempo?— preguntó, con la voz más calmada de lo que realmente se sentía. —Dos o tres días, dependiendo de cómo evolucione— respondió el médico —y el bebé también se queda, por supuesto. Elena cerró los ojos un momento, asimilando. No era lo que quería… pero tampoco era lo que más importaba ahora. Cuando volvió a abrirlos, miró a Carl. —Quédate…— murmuró, sin rodeos. Él ni siquiera dudó. —No me voy a mover de aquí— respondió de inmediato, apretando su mano. Sofía, que estaba a un lado, sonrió con suavidad. —Nosotros podemos ir adelantando todo en la casa— dijo —los niños… necesitan vernos también. Doña María asintió enseguida. —Sí, mijo, tú quédate aquí con tu mujer y ese angelito, nosotros nos encargamos del resto. Viktor no dijo mucho, pero su mirada hacia Carl fue suficiente. Una de esas miradas que no necesitan palabras. “Estoy contigo.” Carl la entendió perfectamente. —Avísenle a Misha…— dijo después, con un dejo de culpa —no quiero que piense que lo olvidamos. —Yo me encargo— respondió Sofía con una sonrisa tranquila. Y así, poco a poco, se fueron organizando, despedidas suaves, promesas de volver pronto. Un último vistazo al pequeño Aleksandr, que dormía ajeno a todo, como si el mundo no fuera más que un lugar cálido y seguro. Y luego… se fueron. El regreso a la mansión fue completamente distinto al viaje de ida, no había urgencia, no había miedo inmediato, pero sí había cansancio. Un cansancio que se sentía en los huesos, en la espalda, en la forma en la que nadie hablaba demasiado durante el trayecto. Sofía apoyó la cabeza contra el asiento por momentos, acariciando distraídamente su vientre. Viktor conducía en silencio, concentrado, pero cada tanto miraba de reojo, asegurándose de que ella estuviera bien. Doña María, por su parte, iba pensando en voz baja qué preparar, como si eso fuera su forma de procesarlo todo. —Algo calientico… sí… con este frío… y para los niños algo dulce… ay, sí… Cuando finalmente llegaron a la mansión, el lugar se sentía… igual. Pero no del todo, porque ahora faltaban dos personas y eso se notaba. Apenas cruzaron la puerta, el sonido de pasos pequeños resonó desde el interior. —¡¿Ya llegaron?!— Misha apareció corriendo, con esa energía que solo un niño puede tener, los ojos brillantes, la emoción sin filtro. Pero esa emoción… duró poco, se detuvo en seco, miró detrás de ellos, buscó, otra vez, más lento, más atento, y su expresión cambió. —¿Y… mamá?— preguntó, bajando un poco la voz —¿y papá…? Nadie respondió de inmediato y eso fue suficiente, sus hombros bajaron apenas, no hizo berrinche, no lloró, pero esa pequeña decepción… se notó. Sofía lo vio al instante y no lo pensó dos veces así que ella se agachó frente a él y lo abrazó con fuerza, rodeándolo completamente, acercándolo a su pecho. —Ey…— murmuró con suavidad —tranquilo, campeón… Misha no se resistió, pero tampoco respondió de inmediato. —Están bien— continuó Sofía, separándose apenas para mirarlo a los ojos —tu hermanito ya nació. Eso captó su atención. —¿Ya…?— preguntó, con un brillo regresando poco a poco. Sofía asintió, sonriendo. —Sí… y es fuerte… y está sano… y se parece muchísimo a tu papá. Misha hizo una pequeña mueca. —¿Mucho mucho? —Mucho mucho— confirmó Viktor desde atrás, con una leve sonrisa. Eso le arrancó una pequeña risa, pero aún había algo. —¿Y por qué no vinieron…?— preguntó después, más bajito. Sofía le acomodó el cabello con cariño. —Porque mamá necesita descansar un poquito más, y tu hermanito también— explicó con paciencia —pero en unos días… van a estar aquí, contigo. Misha asintió despacio, lo estaba procesando, pero esta vez… no se sentía vacío. Solo… esperando. Doña María apareció justo en ese momento, como si hubiera estado escuchando todo desde la cocina. —¡Bueno, bueno, bueno!— dijo con energía, aplaudiendo una vez —¡caras largas no quiero ver aquí! Misha la miró. —¿Y tú sabes qué?— continuó ella, señalándolo —hoy toca merienda especial. Eso sí captó su interés completamente. —¿De verdad? —¡Pero claro!— respondió ella —algo rico, calentico, con dulcecito… lo que tú quieras. Misha sonrió por fin, más animado. —¿Puedo elegir? —Tú mandas hoy— afirmó Doña María —porque ya eres hermano mayor oficial. Eso… le gustó, se enderezó un poco. —Entonces quiero…— empezó, pensando seriamente. Sofía lo miró, divertida. —Piénsalo bien, es una decisión importante. —Quiero chocolate caliente…— dijo finalmente —y… pan… con algo dulce. —¡Hecho!— respondió Doña María de inmediato —eso lo resuelvo yo en un momentico. Se giró ya rumbo a la cocina, pero se detuvo en seco. —Oigan…— dijo, girando la cabeza —¿y dónde están Nikolai y la pequeña Sofía? Silencio. Sofía parpadeó. —…durmiendo. Doña María abrió los ojos con dramatismo. —¡Pero esos dos viven en modo ahorro de energía!— soltó —¡parecen bebés eternos! ¡Y me imagino a Alexei, dibujando dragoncito por todas partes! Viktor soltó una risa baja. —No te quejes… eso es una bendición. —Sí, sí… hasta que despierten juntos— respondió ella, señalándolo —ahí quiero verte. Sofía negó con una sonrisa. —Déjalos dormir un poco más… después los despertamos. Doña María asintió, retomando su camino. —Bueno, yo voy a lo mío— dijo —ustedes siéntense, relájense… que hoy la casa necesita calor, y vayan por Alexei, que ningún nieto se queda sin mi merienda. Y desapareció en la cocina. El ambiente comenzó a cambiar poco a poco. Misha ya estaba hablando otra vez, preguntando cosas, imaginando cómo sería su hermanito. Viktor se quitó el abrigo, soltando finalmente algo de la tensión acumulada. Sofía se dejó caer suavemente en el sofá, llevando una mano a su vientre, respirando hondo. Y aunque faltaban piezas… aunque no estaban todos… aunque la casa no estaba completa todavía… había algo que sí estaba ahí. Presente, firme, esperando, porque ahora sabían… que la familia no siempre está junta en el mismo lugar, pero sí… en el mismo latido y eso hacía que la espera doliera menos. Misha toma un respiro y sube a la habitación de los niños, ahí encuentra a Nikolai y la pequeña Sofía durmiendo plácidamente, seguido de ver a Alexei dibujando más dragones en una hoja, se acerca con cuidado y el pequeño levanta la mirada. —¡Misha! ¿Ya llegó tu hermanito? Él sacude levemente en negación. —Todavía no.— respondió Misha. —Tú mamá dice que mi mamá debe descansar un poquito más, y por eso se quedaron, papá está con ellos, con mamá y mi hermanito, pero pronto vendrán. Hace una pequeña pausa. —La abuela María dice que hará merienda para todos, estaba preguntando por ti también. Alexei se levanta entusiasmado. —¡Ay!— dice con dramatismo cómico. —Me olvidé de bajar y recibir cuando llegaron ¡Vamos, vamos! Y sin más, se levanta del suelo y se limpia el polvo, agarra el nuevo dibujo y con una cinta lo pega en la pared, se gira para ver si su hermanito Nikolai y la pequeña Sofía están durmiendo bien, y luego de asegurarse, sale con Misha de la habitación. Al bajar las escaleras, sale corriendo donde Sofía a abrazar a su mamá, luego a Viktor y por último a su abuela favorita que siempre lo consiente con meriendas sorpresa. Misha, quien había bajado con él, se queda viendo la escena, era algo hermoso, pero que claramente no sabía como pensarlo o expresarlo internamente, ver a su único amigo feliz con su familia, algo que él nunca había sentido con su mamá y su papá. Recordando cuando cada vez, su mamá, Elena, casi lo veía más bien como un pequeño adorno, un peluchito qué cuidar de vez en cuando, el cariño que él siente que falta en su corazón, y no sabe cómo expresarlo, al ver a Alexei cerca de Sofía y esas sonrisas que les saca al pequeño, se imagina él con mamá, con Elena, porque eso casi nunca lo experimentó, ni siquiera con Carl, pero está seguro de que si... cuando venga el nuevo bebé y lo cuide con el corazón, mamá y papá van a querer más a Misha. Sofía, quien se había dado cuenta de la mirada perdida de Misha, lo llama. —¡Misha! ven aquí pequeño, que se te va a enfriar el chocolate caliente. Misha se despierta de aquel trance, y con una sonrisa se acerca a la mesa junto con lo que siente que es una verdadera familia, y esto... para este pequeño, es algo muy bonito, y no lo cambiaría por nada.






