Inicio / Mafia / COMPRADA POR EL JEFE DE LA MAFIA / Capítulo 199: El rastro correcto y una promesa ferviente.
Capítulo 199: El rastro correcto y una promesa ferviente.

El piso franco en Moscú había dejado de ser un lugar de espera para convertirse en un nido de tensión permanente. Las laptops seguían abiertas, los mapas marcados con nuevos círculos y tachones, el café frío en tazas olvidadas y el aire cargado de ese olor a cigarrillo que Dimitri encendía solo cuando la paciencia se le agotaba.

Viktor estaba de pie frente a la ventana, mirando la calle vacía sin verla realmente y Carl revisaba por décima vez las fotos de las notas extorsionadoras, buscando algo que se les hubiera pasado.

Dimitri caminaba de un lado a otro, con el teléfono pegado a la oreja y la voz baja pero afilada. Entonces el teléfono vibró con un mensaje entrante y Dimitri lo abrió al instante.

Era uno de sus hombres en Moscú: Ivan, el que había asignado para merodear por el centro y las afueras, buscando cualquier movimiento que oliera a Krasnova.

El mensaje era breve, pero claro y concreto:

—La vi. La anciana. Entró en una camioneta negra mate en la calle Sadovaya con placas falsas y la seguí... Se dirigió al norte, hacia el bosque de Losiny Ostrov, luego noté que entró por un camino privado que no está en mapas públicos. La mansión está oculta detrás de pinos altos, tiene seguridad ligera en el perímetro exterior, pero con puertas blindadas y cámaras. Creo que es su base principal en Moscú. Confirmado: ella está ahí. ¿Órdenes?

Dimitri leyó el mensaje en voz alta, sin alterar el tono.

Viktor se giró tan rápido que la silla crujió.

—¿Losiny Ostrov? ¿La reserva forestal? Eso está a menos de treinta kilómetros de aquí.

Carl se levantó de golpe.

—¿Está seguro? ¿El hombre la vio bien?

Dimitri asintió con firmeza, sabía que sus hombres no fallaban en localizar personas.

—Ivan es bueno y él no se equivoca, dice que era ella, con abrigo gris, pañuelo negro, caminar lento pero seguro. Entró sola en la camioneta. Nadie más visible. Pero el lugar… coincide con lo que sabemos de los viejos escondites de Volkov. Él tenía una propiedad ahí. Abandonada después de su muerte. Pero si ella la reactivó… es perfecta: aislada, bosque alrededor, difícil de vigilar desde el aire, fácil de defender.

Viktor se acercó al mapa en la pared y marcó el área de Losiny Ostrov con un círculo rojo nuevo.

—Entonces ahí es donde está. O donde quiere que creamos que está. Pero si Ivan la vio entrar… entonces debe ser cierto, tiene que ser ella, o es otra trampa. Pero esta vez… esta vez no vamos a caer en señuelos.

Dimitri guardó el teléfono.

—Tenemos que planificar de nuevo. No podemos entrar a ciegas. El complejo en Israel fue una distracción. Esta mansión… esta podría ser la verdadera. O podría ser otra doble, pero si es ella… si es la real… tenemos que actuar rápido antes de que mueva piezas otra vez.

Carl se acercó al mapa, señalando el camino privado que Ivan había mencionado, su dedo recorriendo el camino, viendo que todo el tiempo estuvo cerca de ellos.

—¿Cuántos hombres tiene ahí? ¿Podemos entrar sin que nos vean?

Dimitri negó con vehemencia.

—No lo sabemos todavía. Ivan dice que el perímetro exterior tiene solo dos guardias visibles. Pero dentro… podría haber más, lo más probable es que haya cámaras, sensores, hasta perros, y sí es alocada, cocodrilos de mascota, tenemos que asumir que está blindada

Respira profundo, maquinando en su cabeza horas extras para pensar bien el plan.

——Pero también… está aislada. Si entramos por el bosque, desde el norte, podemos evitar las cámaras principales. Mis hombres ya están posicionados a un kilómetro, les puedo decir que se acerquen todavía más, ellos pueden vigilar y también pueden esperar la orden.

Viktor se cruzó de brazos, mirando el círculo rojo con el ceño fruncido en concentración pura.

—Entonces cambiaremos el plan, no vamos todos, en vez de eso enviaremos un equipo pequeño. Dimitri, tú y dos de tus hombres.

Señala a Dimitri con el dedo y luego señala en el círculo rojo posicionando a los otros compañeros.

—Entran esta noche, observan y luego confirman si es ella. Si lo es… entran. Neutralizan guardias, la sacan o la terminan ahí mismo. Si no es ella… se retiran sin ruido y sin dejar ningún rastro. Y seguimos buscando.

Carl frunció el ceño.

—¿Y si es una trampa otra vez? ¿Y si nos esperan?

Dimitri sonrió de lado, sin gracia.

—Entonces que nos esperen, nosotros entraremos sabiendo que nos esperan, y eso hará que se cambien las reglas. No entraremos a ciegas, iremos y entraremos preparados, con visión nocturna, con silenciadores, con granadas de humo. Con todo si e necesario, Si nos esperan… los sorprendemos. Y si es ella… la terminamos. Si no… seguimos el rastro hasta donde nos lleve.

Viktor miró a los dos.

—Entonces esta noche. Dimitri entra con su equipo. Carl y yo nos quedamos aquí. Vigilamos comunicaciones. Si algo sale mal… vamos por más refuerzos y si sale bien… terminamos con esto. Y volvemos a la cabaña. Antes de que Sofía y Elena empiecen a pensar que algo anda mal y Ana no creo que sea capaz de inventar tantas mentiras que para poder retenerlas.

Carl asintió, aunque la mandíbula seguía tensa.

—Bien, Pero si algo le pasa a Dimitri… si algo sale mal… voy por él. No lo dejaré atrás.

Dimitri sonrió, no conocía mucho de Carl, solo la historia de su hijo con Alexei y de que Viktor le enseñó a usar un arma, pero este nivel de camaradería nunca se lo hubiera esperado, y la verdad es que de repente se siente agradecido y acompañado, hasta incluso ligera vergüenza que no lo demuestra.

—No vas a tener que ir por mí, porque voy a volver, con su cabeza... o con su cuerpo, o quizás con nada… pero voy a volver.

Pero mientras eso pasaba, la propia Krasnova estaba planificando ya sus salidas, pero fuera de eso, sin que ellos sepan, estaban metidos en su propio mundo.

En la cabaña de Catskills la noche había caído por completo. El bosque alrededor parecía tragarse la luz de la luna, dejando solo el resplandor anaranjado de la chimenea que se filtraba por las ventanas y proyectaba sombras largas en el suelo de madera.

La cena había terminado hacía rato: platos recogidos, niños bañados y acostados (o al menos eso creían las madres), Doña María tarareando mientras lavaba los últimos utensilios en la cocina, Irina y Olga doblando mantas en el salón.

Elena había subido a buscar a Misha porque el niño no había bajado a comer el postre —una natilla suave que Doña María había preparado especialmente para él— y eso no era normal en su hijo.

Cuando llegó al pasillo del segundo piso, vio la puerta de la habitación entreabierta y una luz tenue saliendo por la rendija. Se acercó despacio, con el corazón un poquito más acelerado de lo normal.

Misha estaba de pie frente a la ventana, con las manos apoyadas en el alféizar, la nariz casi pegada al cristal. Llevaba el pijama de dragones que Alexei le había prestado, demasiado grande para él, las mangas le caían por las manos.

No se movía. Solo miraba hacia afuera, hacia la oscuridad del bosque, como si esperara ver algo que nadie más podía ver.

Elena se detuvo en el umbral.

—Misha… mi amor… ¿qué haces aquí? ¿Por qué no bajas a comer el postre? Abuelita lo hizo para ti.

Misha no respondió.

Siguió mirando la nieve que caía lenta y silenciosa, los copos grandes pegándose al vidrio y derritiéndose lentamente.

Elena sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de afuera.

Se acercó con cuidado, los pies descalzos apenas haciendo ruido en la madera.

—Misha…

Volvió a llamarlo, esta vez más suave.

El niño no se giró, aún no reaccionó y eso hizo que ella se preocupara, sabía que algo le estaba pasando a su pequeño hijo.

Elena llegó hasta él, se arrodilló a su lado y le puso una mano en el hombro con delicadeza.

—Mi cielo… ¿qué tienes? ¿Qué estás mirando? ¿Qué pasa?

Misha parpadeó lentamente, como si hubiera despertado de un sueño profundo, apenas giró la cabeza hacia ella, con los ojos muy abiertos y brillantes bajo la luz tenue de la lámpara.

—Mami…— su voz apenas se le escuchó bajo el sonido sordo de la casa y las voces apagadas de los demás adentro.

Elena le acarició la mejilla.

—¿Qué pasa, amor? Me estás asustando. ¿Por qué estás aquí solo? ¿Por qué miras así la ventana?

Misha tragó saliva levemente tratando de buscar las palabras adecuadas.

—Por qué se fue papi… por qué está tardando tanto. Dijo que era solo dos días. Pero ya pasaron más y no vuelve. Y yo… yo sé que no debo pensar mal de la familia de Alexei.

Agacha la cabeza sintiéndose culpable, no quería sentirse así.

——Sé que antes eran… diferentes, que papi dice que ahora son buenos y que ahora son amigos. Pero… pero siento que algo está raro, que él se fue por algo malo y que tal vez… tal vez le pase algo. Y no quiero que le pase nada. Quiero a mi papi de vuelta.

Elena sintió que se le rompía algo por dentro.

Se sentó en el suelo, al lado de su hijo, y lo abrazó fuerte contra su pecho. Misha siente el vientre lleno de su madre e instintivamente su pequeña mano se posa suave sobre su vientre.

—Misha… mi amor… papi está bien. Está trabajando, cerrando cosas importantes para que cuando nazca tu hermanito todo esté perfecto. Para que no haya preocupaciones. Para que podamos vivir tranquilos, él siempre vuelve y lo sabes, nunca nos ha defraudado, te lo prometo.

Misha se aferró a ella, con la carita enterrada en su suéter.

—¿Seguro? ¿Y si… y si alguien malo lo está esperando? Como la cabeza de paloma que encontré…

Elena se quedó helada.

—¿Qué cabeza de paloma, mi cielo?

Misha levantó la vista, con los ojos llenos de lágrimas, ya no podía ocultar la inquietud de lo que había visto.

—La que encontré en la basura del despacho. Antes de irnos... estaba envuelta en una bolsa con un mensaje, y decía cosas feas, que saben de nosotros que si no pagan… nosotros pagamos primero y cosas que no entiendo. Y papi la guardó y no me dijo nada, pero estoy seguro de que yo la vi.

Respiró entrecortado apretando más el suéter de Elena.

—Y desde entonces… desde entonces tengo miedo. Tengo miedo de que papi no vuelva. Tengo miedo de que nos pase algo, tengo miedo de que mi hermanito no nazca, o la bebé de la señora Sofía...

Elena sintió que el mundo se le venía encima, Carl le había ocultado cosas y se las había ocultado, que con razón estaba raro, que estas supuestas vacaciones repentinas eran por otra cosa y no porque realmente era para disfrutar, y sintió un nudo en el estómago en la que se obligó a calmarse poniendo una mano sobre su propio vientre embarazado.

Abrazó a Misha más fuerte, besándole la coronilla una y otra vez, ya pensando en como calmarlo aunque ahora ella es la que estará más nerviosa, pero le toca inventar algo.

—Mi amor… mi amor… papi no te dijo nada porque no quería asustarte y porque quería protegerte, pero te prometo algo… te prometo que papi está bien en estos momentos y que va a volver, ¿Okay? Que nada malo le va a pasar...

Piensa rápido para buscar más palabras, sus ojos se mueven ligeramente nerviosos por todas partes antes de centrarse en su hijo de nuevo.

—Que la bebita de Sofía va a nacer, tú hermanito también y que vamos a ser muy felices. Y que tú eres el mejor guardián del mundo, pero no tienes que cargar con esto solo, mamá está aquí y va a proteger, cuando papi vuelva… le vamos a decir que tú fuiste muy valiente, que vigilaste y que cuidaste a todos en la cabaña, que eres su dragón azul favorito.

Misha sollozó bajito contra su pecho.

—¿De verdad va a volver?

Elena le levantó la carita, mirándolo a los ojos.

—De verdad, ya te lo dije, ¿Cierto? Papi siempre vuelve por ti y por mí, y por el bebé. Por todos nosotros. Y cuando vuelva… vamos a abrazarlo tan fuerte que no va a poder irse nunca más.

Misha asintió despacio, limpiándose las lágrimas con la manga del pijama.

—Está bien… voy a seguir vigilando. Pero… pero ahora voy a bajar a comer el postre. Para que abuelita María no se preocupe.

Elena sonrió, con lágrimas en los ojos.

—Eso es mi campeón, vamos, y después… nos acurrucamos y leemos un cuento. Solo tú y yo. Hasta que papi vuelva.

Misha entonces tomó su mano y juntos bajaron las escaleras. Elena lo abrazó todo el camino, con el miedo todavía ahí, uno nuevo instalado, ha desbloqueado una nueva inquietud, y ahora no sabía si decirle a las demás lo que le dijo su hijo u ocultarlo de todos, pero ella ahora siente miedo de verdad.

Cuando ve a Misha acercarse a comer el postre, ella se sienta con cuidad en el sofá, viendo a Sofía que seguía con la mirada perdida, como si ella también sintiera esa incertidumbre de que algo raro estaba pasando.

Y a Elena no le parecía justo, sentía rabia, impotencia, preocupación y muchas más emociones revueltas, ¿Cómo es posible que Carl le haya ocultado algo tan importante? y más que todo... entonces, dónde se supone que está en estos momentos y qué están haciendo? debería hacerle una llamada, porque esto no se va a quedar así.

Elena se quedó un rato más en el pasillo después de acostar a Misha. El niño se había dormido con la carita pegada a la almohada, abrazando el peluche de dragón azul que Alexei le había prestado, pero sus últimas palabras seguían resonando en la cabeza de Elena como un eco que no se apagaba: “Tengo miedo de que papi no vuelva… de que le pase algo… de que mi hermanito no nazca o el bebé de la señora Sofía”.

Bajó las escaleras despacio, con la mano en la barriga y el corazón latiéndole demasiado rápido. Sofía ya se había retirado a descansar, Doña María fregaba los platos en la cocina tarareando bajito, y el salón estaba vacío.

Elena se sentó en el sofá grande, frente a la chimenea que aún ardía suave, y sacó el teléfono del bolsillo del suéter.

Marcó el número de Carl, el tono sonó una vez...

Dos.

Tres.

Carl contestó al cuarto, voz baja y alerta, con ruido de fondo que parecía viento y motor lejano.

—Elena… ¿todo bien, amor? ¿Qué sucede?

Elena intentó que su voz no temblara, pero no lo logró del todo.

—Todos estamos bien, yo también estoy bien. Pero… Misha no, hace un rato hablé con él. Estaba mirando por la ventana como si esperara ver algo malo. Le pregunté qué pasaba… y me dijo que tiene miedo... que tú te fuiste por algo malo.

Respiró profundo casi la nariz suelta por aguantar las ganas de llorar.

—Que encontró… una cabeza de paloma envuelta en papel en la basura de tu despacho. Antes de que nos viniéramos, con un mensaje, de que saben de nosotros, algo de pagar y no pagar, o pagar antes o algo así...

Hubo un silencio absoluto al otro lado. Elena oyó que Carl contenía la respiración.

—Elena… yo…

Su voz se quebró un poco.

—No sabía que Misha lo había visto, fui un idiota... La guardé en el congelador para analizarla después. Pensé que nadie entraría al despacho, Pensé que era seguro. No pensé que él… que él iba a entrar. Dios… lo siento. Lo siento tanto.

Elena sintió que las lágrimas le rodaban por las mejillas.

—Carl… ¿qué está pasando? ¿Por qué hay una cabeza de paloma en nuestra casa? ¿Por qué Misha tiene miedo de que no vuelvas? ¿Qué es eso de ‘si no pagan’? ¿Quiénes son ‘ellos’? Dime la verdad.

Ella escuchó silencio al otro lado y su voz tembló un poco más.

—Por favor...— suplicó. —No me mientas, no ahora, no cuando estoy aquí sola con Misha y con el bebé que viene. No cuando siento que algo malo está pasando y no me lo estás diciendo.

Carl respiró profundamente al otro lado del teléfono, a él le tocó poner el altavoz, para que Viktor y Dimitri pudieran escuchar y de que su mujer ya se dio cuenta por accidente.

Carl habló, voz ronca pero firme.

—Elena… escúchame. No te estoy mintiendo. Solo… solo te estoy protegiendo, hace años Viktor tuvo un pasado, un pasado oscuro... él... mató a gente que se lo merecía. Gente que le hizo daño a Sofía, a su familia, una mujer llamada Anastasia Volkov y su padre. Los eliminó cuando secuestraron a Sofía estando embarazada de Alexei. La abuela de Anastasia… Krasnova Volkov… desapareció.

A Carl le cuesta confesar todo, pero ya no había vuelta atrás, ya no hay remedio.

—Pero ahora volvió. Y quiere venganza. Envió amenazas a la escuela RUBCOL. Notas, llamadas. Y luego… esa cabeza de paloma en nuestro ventanal, con un mensaje que iba para mí. Sabe de ti, de Misha del bebé, y quiere que paguemos dos millones o… o nos hace daño.

Elena se llevó la mano a la boca para ahogar un sollozo, la voz le salió más entrecortada.

—¿Y por qué no me dijiste? ¿Por qué me trajiste aquí y te fuiste? ¿Por qué me mentiste?

Carl habló con voz quebrada.

—Porque tenía miedo Elena, miedo de que si te lo decía… te asustaras. Miedo de que el estrés te afectara al bebé. Como la otra vez. Cuando te dio duro el embarazo, cuando casi lo perdimos, no quería que volvieras a pasar por eso, quería protegerte, quería que estuvieras tranquila y que creyeras que era solo trabajo, que era seguro para todos... pero no lo es y por eso me fui. Con Viktor y Dimitri, para terminar con ella, para ayudar y apoyar, para que cuando vuelva… no haya más amenazas, no haya más miedo, solo nosotros, solo nuestra familia.

Elena lloró en silencio, con la mano en la barriga.

—Carl… me estás rompiendo el corazón. Misha tiene miedo... yo tengo miedo y sé si estás vivo realmente, no sé si vayas a volver, no sé si nuestro hijo va a nacer con su papá. No me hagas esto... no me dejes sola con esto.

Carl se quebró al otro lado.

—Elena… mi amor, perdóname. Perdóname por no decirte antes, perdóname por dejarte, pero te juro… te juro por nuestro hijo que voy a volver y que voy a terminar con esto ¿De acuerdo? Voy a volver a ti, a Misha y el bebé, y que nunca más voy a esconderte nada, nunca más voy a dejarte sola, te lo juro por mi vida.

Elena sollozó bajito.

—Entonces vuelve rápido, por favor, porque no sé cuánto más puedo aguantar sin ti. Sin saber si estás bien. Sin saber si estás vivo.

Carl respiró hondo, con voz la voz casi rota.

—Volveré mi amor, volveré muy pronto, te lo prometo, y cuando vuelva… no voy a soltarlos nunca más. Te amo, Elena. Te amo a ti, Misha y al bebé, a nuestra familia. Aguanta un poco más por mí y por nosotros.

Elena asintió, aunque él no pudiera verla.

—Está bien… aguanto. Pero vuelve, por favor y sin ningún rasguño y seré yo quien te lleve a la tumba.

Carl habló bajito, casi suplicando.

—Volveré, mi reina, volveré, lo juro con el corazón, así que por favor, no te estreses por mi culpa. Te amo.

Y finalmente Carl colgó dejando a Elena algo consternada y dolorida. Elena se quedó mirando el teléfono, con lágrimas rodando por las mejillas.

Abajo, Doña María seguía lavando platos. Arriba, Misha dormía. Y Elena se quedó sentada en el sofá, con la mano en la barriga, esperando.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP