Mundo ficciónIniciar sesiónMisha no podía dejar de mirar a su mamá.
Desde que habían llegado a la cabaña, sus ojos la seguían como si fueran imanes. Cuando Elena se sentaba en el sofá grande a leer un libro de nombres para bebés, Misha se sentaba a su lado en silencio, con las piernas cruzadas y las manos apretadas sobre las rodillas. Cuando ella se levantaba a preparar un vaso de agua o a acomodar la manta sobre las piernas de Sofía, él se ponía de pie también, caminando detrás como una sombra chiquita, sin hacer ruido pero sin perderla de vista. Cuando Elena se acostaba a descansar en la habitación de arriba, Misha se sentaba en el pasillo, con la espalda contra la pared y el cuaderno de dibujos en el regazo, fingiendo colorear dragones pero realmente vigilando la puerta. No era un juego aunque él lo llamaba así, para Misha… era real. Desde que había encontrado esa cabeza de paloma en la basura del despacho de su papá —esa imagen que no podía sacarse de la cabeza aunque lo intentara—, algo dentro de él había cambiado, no entendía del todo. Era demasiado pequeño para entender amenazas, extorsión, venganzas del pasado. Pero sí entendía miedo. Entendía que su papá había puesto esa bolsa en el congelador con la cara pálida. Entendía que su mamá había empezado a tocarse la barriga más seguido, como si quisiera proteger al bebé que venía. Entendía que de repente los habían sacado de la escuela, de la casa, de Moscú, y los habían traído aquí, a un lugar frío y bonito pero muy lejos. Y entendía que, si algo malo quería entrar… él tenía que estar listo. Así que vigilaba. Cuando Elena se levantó del sofá para ir al baño, Misha dejó el cuaderno y la siguió con la mirada hasta que desapareció por el pasillo. Se quedó quieto, contando los segundos en su cabeza como le había enseñado Alexei: uno, dos, tres… hasta que ella volvió. Y Elena lo notó. Se detuvo en el umbral del salón, con una mano en la cadera y la otra en la barriga. —Misha… ¿qué haces? Misha levantó la vista rápido, como si lo hubieran pillado robando galletas. —Nada, mami. Solo… juego. Elena se acercó despacio y se sentó al lado de él en el suelo, con cuidado para no molestar la barriga. —¿Juegas a qué, mi amor? Porque llevas todo el día siguiéndome con los ojos. Cada vez que me muevo, tú te mueves. Cada vez que me siento, tú te sientas cerca. ¿Qué pasa? Misha bajó la mirada al cuaderno. El dragón azul que estaba coloreando tenía alas muy grandes, como si quisiera cubrir todo. —No pasa nada… solo juego a protegerte. Elena sintió que algo se le apretaba en el pecho. —¿Protegerme? ¿De qué, mi cielo? Misha apretó el crayón azul hasta que se le dobló la punta sin querer. —De… de cosas malas. Como las que mi papi guarda en el congelador. Como las que hacen que papi y los otros papás se pongan serios cuando hablan bajito. No quiero que te pase nada, ni a ti ni al bebé ni a Alexei... ni a nadie. Elena lo miró un segundo lento y con cuidado. Luego lo abrazó con cuidado, atrayéndolo contra su pecho. —Mi amor… nada malo va a pasar. Papá y los demás están cuidándonos. Por eso estamos aquí. Por eso vinimos a este lugar tan bonito. Para estar seguros. Para que tú juegues. Para que el bebé crezca tranquilo. Nadie va a entrar. Nadie va a hacernos daño. Misha se pegó más, con la carita enterrada en el suéter de su mamá. —¿Seguro? Elena le besó la coronilla. —Seguro. Y si alguna vez pasa algo… papi, Viktor y Dimitri están para protegernos. Y tú… tú ya eres un gran guardián. Pero no tienes que hacerlo solo. ¿Sí? Mamá también te protege. Y abuelita. Y Sofía. Y Ana. Todos nos protegemos. Juntos. Misha levantó la vista, con los ojos brillantes. —¿Entonces puedo seguir jugando a ser tu dragón guardián? Elena sonrió, con lágrimas contenidas. —Puedes. Pero también puedes jugar a ser niño, a correr, a reír, a dibujar porque aquí estás seguro. Y yo… yo estoy bien. Y el bebé también. Misha asintió lentamente. —Está bien. Pero si veo algo raro… te lo digo. ¿Sí? Elena le besó la frente con cariño. —Sí, mi amor. Me lo dices. Y yo te creo. Siempre. Misha sonrió por fin, pequeño pero real, y volvió al cuaderno. Pero no dejó de mirarla de reojo, porque aunque su mamá dijera que todo estaba bien… él sabía que algo no estaba bien del todo. En esos momentos, mientras Elena mira a su hijo dibujar, nota su mirada de vez en cuando, y por alguna razón le hacía sonreír, aunque internamente ella sentía un tumultuoso revoltijo interno que sentía en el estómago. Ella presentía algo, no era tan común que Misha actuara así con tanta cautela, parecía un pequeño soldadito, pero... eso no es suficiente para saciar las dudas de su cabeza, pero quizá son ideas suyas, quizá lo está pensando mucho, pero si incluso ve a su esposo, Carl, que viene con un cuento como este y luego se va y la deja abandonada con una familia mafiosa o ex-mafiosa, embarazada y con su hijo mayor, sabe que algo anda pasando. Sin embargo, mientras se acaricia en vientre lleno, no quería pensar en cosas pesadas, porque llevaba a un bebé, porque debía cuidarse y sabe que debía confiar, y aunque esté conviviendo ahora mismo con la esposa de un ex-mafioso, sabía que debía confiar al menos, por ahora...






