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Capítulo 177: El miedo de Kuzmin.

—¿La abuela de Anastasia? ¿La que…?

Viktor asintió.

—La misma. Y si ella está aquí… no vino de paseo. Vino a cobrar. Y no va a parar hasta que nos destruya. A mí. A Sofía. A los niños. A la niña que viene. Y ahora… ahora también sabe de ti. De Elena. De Misha. Porque Misha viene a mi casa. Porque tú y yo estamos trabajando juntos en RUBCOL. Porque ya no somos solo enemigos. Somos un objetivo compartido.

Carl apretó los puños sobre la mesa.

—¿Y qué hacemos?

Viktor se inclinó hacia adelante.

—Fingir, es lo que Dimitri y yo decidimos, sacar a nuestras familias del tablero, a unas vacaciones inventadas a Nueva York. Tengo una cabaña en Catskills. Nadie sabe que la tengo. Nadie la tiene registrada a mi nombre actual.

Hace una pequeña pausa arriesgándose a decir más a alguien a quien apenas reconoce este mundo de la matanza y las amenazas con extorsionadores, este era otro universo, uno muy violento.

—Llevaremos a Sofía, a los niños, a Doña María, a Irina y Olga si quieren. Les decimos que es por el embarazo, un reposo, aire fresco, y mientras tanto… nosotros nos quedamos. Tú, yo, Dimitri y mis contactos, cazaremos a esa bruja, para encontrarla y acabar con su imperio.

Carl lo miró fijamente con la mandíbula apretada y lo puños cerrados a los costados hasta que las uñas les hace una marca de media luna en las palmas.

—¿Y si Elena no quiere irse? ¿Y si se niega?

Viktor suspiró profundamente.

—Por favor, intenta convencerla, de decirle que es por el bebé, que es temporal, dile lo que sea, pero intenta alejarla del peligro, sácala de aquí. Porque si Krasnova decide actuar… no va a avisar. Va a golpear donde más duela.

Carl se quedó callado por un largo momento mientras miraba el suelo frente a sus zapatos.

Luego sin más asintió.

—Lo haré. Le diré que es por su salud, por el bebé que el médico lo recomienda. Y si se niega… la convenzo. No voy a arriesgarla, ni a Misha otra vez, ni al que viene.

Viktor extendió la mano.

—Entonces estamos juntos en esto, para proteger a nuestra familia, a nuestros hijos, por nuestras mujeres... por el bien del futuro de ellos.

Carl tomó la mano y la apretó fuerte en un apretón cómplice.

—Por ellos.

Ambos se levantaron. Viktor pagó el café que ni habían tocado, salieron a la calle y mientras caminaban hacia sus autos, ambos sintieron lo mismo.

Para Viktor, el pasado volvía, pero esta vez ya no estaba tan solo, tenía una familia, y un nuevo amigo en quien confiar a ciegas.

Carl subió a su auto y Viktor al suyo, los dos arrancaron y cada uno regresó a su casa, con la promesa de que, aunque la bruja estuviera tejiendo su tela… ellos ya estaban armando su escudo.

Carl llegó a la mansión cuando el sol ya empezaba a bajar detrás de los edificios altos, tiñendo el cielo de un naranja sucio que se reflejaba en las ventanas de cristal oscuro.

El auto se detuvo con suavidad frente a la entrada principal, y él se quedó un momento sentado, con las manos todavía en el volante, mirando al vacío.

La reunión con Viktor le había dejado un sabor amargo en la boca: no por desconfianza, sino por la certeza de que, una vez más, el pasado de otro hombre estaba a punto de salpicar su presente. Krasnova Volkov. Un nombre que antes le había sonado lejano, casi mítico, y ahora se le clavaba en la nuca como una amenaza real.

Bajó del auto, respiró hondo el aire frío y entró.

La mansión estaba en esa hora tranquila de la tarde en que todo parece prepararse para la noche, ni siquiera recordó a Misha que recién bajó del auto y se adentró en la casa, el olor a pan recién horneado flotaba desde la cocina, mezclado con el aroma suave de lavanda que Elena había empezado a usar en los difusores desde que Sofía se los recomendó.

Misha ya se había ido a su habitación, quizá se puso a dibujar más dragones con crayones nuevos que Alexei le había regalado la última vez que estuvo en la mansión Ivanov, eso lo recordó, en el viaje de regreso, Misha no paraba de hablar de más dragones con Alexei, dragones aquí y allá que casi ya le parecía un tanto ridículo, pero eran los sueños de los niños.

Elena estaba en el cuarto del bebé.

Carl la encontró allí, de pie frente a la cuna blanca que habían comprado hacía poco.

Llevaba un suéter holgado de lana color crema que le caía por un hombro, el cabello suelto y las manos apoyadas en la baranda de la cuna, mirando el móvil de estrellas y dragones que Carl había comprado para la bebé de Sofía y que ahora colgaba también sobre la de ellos, como un símbolo compartido.

Estaba ordenando ropa de bebé recién lavada: bodies diminutos, calcetines del tamaño de un pulgar, una manta suave de algodón que aún olía a detergente neutro.

Carl se detuvo en el umbral, observándola en silencio un segundo.

Ella era hermosa, siempre lo había sido, pero ahora, con la barriga redonda y esa luz suave en los ojos cuando miraba las cosas del bebé, le parecía casi irreal.

Elena sintió su presencia y se giró, con una sonrisa pequeña pero cálida.

—Ya volviste. ¿Cómo fue la reunión?

Carl entró, cerró la puerta detrás de sí y se acercó lentamente frente a ella devolviéndole la sonrisa, aunque quizá la sentía un poco tensa, un poco forzada.

—Bien. Todo firmado. La escuela empieza en serio. Pero… hay complicaciones. Nada que no podamos manejar.

Elena lo miró fijo, con esa intuición que siempre había tenido para leerlo.

—¿Complicaciones que me tienes que contar?

Carl suspiró y se sentó en la mecedora que habían puesto al lado de la cuna, se pasó la mano por la cara sintiéndose un poco más viejo y arrugado de lo normal.

—No ahora. Cuando sepamos más, solo quería verte, quería preguntarte algo.

Elena se acercó, se sentó en el borde de la cuna y le tomó la mano.

—¿Sobre qué, amor?

Carl la miró a los ojos.

—¿Qué te parecería ir de vacaciones algún día a Nueva York? Solo nosotros tres… o cuatro, cuando nazca. Un lugar tranquilo. Aire puro. Lejos de todo esto. Sin reuniones. Sin amenazas. Solo… nosotros.

Elena parpadeó, sorprendida.

—¿Nueva York? ¿Ahora? ¿Con el embarazo tan avanzado?

Carl se apresuró levantando las manos apaciguando un poco el momento.

—No ahora, cuando nazca... o quizá antes, si el médico lo permite. Solo… pensando en voz alta, un cambio de aires, algo diferente para ti, para Misha, para el bebé.

Elena lo observó un momento en silencio, sabía que no era solo una idea casual, conocía a Carl lo suficiente para ver cuando escondía algo detrás de una pregunta, pero también sabía que él no le mentiría si fuera grave.

—Me encantaría— dijo al fin, con una sonrisa suave. —Nueva York… siempre quise llevar a Misha a Central Park, que disfrute otro tipo de fríos nevados, que corriera sin miedo. Y… que el bebé naciera en un lugar donde no hubiera sombras.

Carl sintió que algo se le aflojaba en el pecho.

—Entonces lo haremos pronto, cuando todo esté listo.

Elena se inclinó y lo besó despacio, en los labios.

—Cuando todo esté listo— repitió.

Y aunque ninguno de los dos lo dijo en voz alta… ambos sabían que “listo” no significaba solo maletas y boletos.

Significaba seguridad, significaba que el peligro había pasado, significaba que Krasnova Volkov ya no era una amenaza. Carl se levantó, la abrazó por la cintura y apoyó la barbilla en su cabeza.

—Te amo, Elena. Y voy a hacer que esto funcione. Para ti y nuestro Misha, también para el nuevo bebé, y para nosotros.

Elena se pegó más a él, cerrando los ojos.

—Lo sé. Y yo te amo a ti. Por intentarlo. Por no rendirte.

Se quedaron así un rato largo, abrazados en el cuarto del bebé que aún no tenía nombre, con la cuna vacía esperando, con el móvil de estrellas y dragones girando despacio, y con la promesa silenciosa de que, aunque el miedo estuviera ahí… no iba a ganar, porque ellos… ellos ya habían decidido pelear, Carl ya decidió en qué nadó estar y como luchar y proteger a sus seres queridos.

Más tarde, después de dejar a Elena en la habitación, Carl se dirigió a su oficina personal, ahí se sienta a reflexionar, a pensar un poco, aún no podía creer todo lo que estaba pasando, si hace unas cuantas semanas atrás todo estaba yendo bien, las reuniones con la familia Ivanov, el proceso de RUBCOL, las donaciones en las fundaciones... él solo podía sentir que por un momento se se sentía desafortunado, que en qué lío se había metido.

Carl toma un bolígrafo y escribe unas notas en un cuadernillo, ni siquiera sabía por qué lo estaba haciendo, pero eran ideas y pensamientos desordenados en su cabeza.

Sí, Carl Kuzmin tenía miedo, tanto miedo que estaba escribiendo a lo loco, apurado, y sudando, en su niñez y juventud le habían enseñado a no involucrarse con problemas, con otras personas difíciles, alejarse de todo tipo de embrollos, sobre todo con gente de poder como la mafia, y ahora estaba en ese calibre; Viktor Ivanov y su pasado, ahora le estaba pesando en los hombro a Carl, ahora él estaba más que cagado con la situación, joder pero en qué miér*a se ha metido...

Quería llorar, quería destrozar todo su escritorio, quería hacer un escándalo, gritar y arrancarse la piel, su corazón late con fuerza, se agota rápidamente contra su caja torácica, el miedo era palpable, y lo único que podía hacer ahora era seguir el plan de Ivanov.

—Miér*a, miér*a, ¡MIÉR*A! En qué carajos me he metido...

Se levanta del escritorio y camina como animal enjaulado de un lado a otro cerca del ventanal, se agarra el cabello, pasándose las manos una y otra vez por los mechones hasta querer arrancárselos. Si él hubiese sido más predecible, nunca hubiera dejado que Misha se hiciera amigo del hijo de Viktor, hubiera preferido haberse enemistado con ellos para siempre, porque ahora le costaba lidiar con esta situación, sus ojos se pusieron algo rojos, se querían llenar de lágrimas verdaderas, de lágrimas de miedo, de agonía, de pánico.

En ese momento llega Misha sin siquiera tocar la puerta.

—Papá, ¿Papi, estás por aquí?

Carl de inmediato se recompone pasándose una mano por la cara y calmando las arrugas.

—¿Qué pasa, hijo?

Misha puede notar un poco el cambio en su padre, la respiración, el cabello un poco alborotado en comparación cuando lo ve arreglado todos los días con el cabello brillante y peinado hacia atrás, ahora lo veía con las puntas apuntando en diferentes direcciones, el rostro algo rojo, y el niño sintió que estaba pasando por algo que él desconocía, y por eso... quizá lo que trajo podría servirle, así que se le acerca lentamente.

—Papi... te traje esto porque nunca te había hecho uno, y hoy en clase de Artes, nos pidieron que dibujáramos a un superhéroe...

Misha se acerca un poco más y le extiende el papel.

—Yo te dibujé a ti.

El niño le extiende el dibujo, era un hombrecito casi garabateado pintado casi a palito, pero había rasgos que le demostraban el parecido con Carl: el pecho amplio el cabello brillante, los músculos en los brazos, y esa sonrisa blanca y perfecta que le sonríe al mundo cuando no está de malas.

Carl Kuzmin mira cada detalle de sí mismo, y en el dibujo vio una seguridad que en él mismo había perdido, y sintió un vuelco en el corazón, carajo... esto era lo que necesitaba, ese impulso que su propio hijo le había dado, y casi estallaba su vulnerabilidad ahí mismo, él sonríe, no se obliga, le encantó.

—Gracias, hijo, es muy hermoso...

Su voz por poco sale quebrada, pero se esforzó cada gramo para no estallar en llanto. Carl se acerca y le acaricia el cabello antes de darle un beso en la coronilla.

—Corre ven con mamá y dile que casi haces que quiera convertirme en un superhéroe de verdad.

Misha se ríe suavemente y le da un fuerte abrazo antes de irse y cerrar la puerta.

Carl se queda solo una vez más, pero esta vez, se queda con un dibujo para él, una representación de como su hijo lo ve todos los días, y ahora... él va a cumplir con su propósito. Vuelve a sentarse en el escritorio, esta vez más calmado, vuelve a agarrar el cuadernillo y el bolígrafo, escribiendo más legible y profesional...

"Hoy mi hijo me enseñó una lección sin que se lo pidiera, hoy soy Carl Kuzmin, pero mañana... seré Kuzmin Ivanov."

Y después de cerrar el cuadernillo, le deja un mensaje a Viktor:

"Misión cumplida, Elena dijo que sí."

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