Capítulo 158: Los meses que Sofía va cargando.
Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses, con esa lentitud pesada que solo un embarazo difícil sabe imponer. Habían pasado casi tres meses desde que Sofía confirmó que estaba esperando otro bebé, y aunque las náuseas ya no la doblaban cada hora como al principio, seguían ahí: un mareo constante que la obligaba a moverse despacio, un asco repentino a ciertos olores, el café de Viktor por las mañanas, el ajo en la cocina de Doña María, hasta el perfume suave que Ana usaba cuando venía a visitarla.
La barriga ya se notaba: una curva suave pero evidente bajo los vestidos holgados que ahora usaba, una redondez que Alexei besaba cada noche antes de dormir y que Nikolai tocaba con curiosidad, diciendo “bebé” como si ya lo conociera.
Sofía se había acostumbrado a llevar un balde pequeño a todas partes: al salón, al jardín, incluso al baño de visitas. Doña María la seguía como una sombra cariñosa, con té de jengibre, galletas saladas y palabras suaves que intentaban calmarla.
—Ya va a pasar, mi niña… este bebé solo está probando cuánto te quiere.
Pero Sofía, aunque sonreía por fuera, por dentro sentía que el cuerpo le pesaba más de lo normal, que la energía se le escapaba como agua entre los dedos.
Ana lo notaba todo. Venía casi todos los fines de semana, con su maletín médico y esa calma de doctora que tranquilizaba a Sofía solo con verla entrar. Esa tarde de sábado, mientras los niños jugaban en el jardín con el gatito Dragón Gris y Misha, que ahora era parte fija de los fines de semana, Ana tomó a Sofía del brazo y la llevó a la sala médica privada que habían improvisado en una habitación del ala este: una camilla, un ecógrafo portátil que Ana había comprado para emergencias, luces suaves y una silla cómoda para que Sofía no se mareara al sentarse.
—Ven, Sofi. Vamos a verte bien. Quiero saber cómo va ese pequeño terremoto que llevas dentro.
Sofía se acostó en la camilla, subiéndose la blusa hasta debajo del pecho. La barriga ya era una curva definida, no enorme todavía, pero imposible de esconder. Ana le puso gel frío en la piel y encendió el ecógrafo.
—Respira hondo… así. Vamos a ver cómo está mi sobrinito o sobrinita.
La pantalla se iluminó con ese gris y blanco familiar. Ana movió el transductor despacio, buscando el ángulo perfecto. Y entonces apareció: el latido rápido, el perfil diminuto, los brazos y piernas que ya se movían como si bailaran en cámara lenta.
Sofía sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—Ahí está… mira, Sofi. Todo formado. Corazón latiendo fuerte. Crecimiento normal para las diez semanas. Es un bebé sano. Muy sano.
Sofía soltó un sollozo suave, de alivio y emoción.
—¿Entonces… por qué me siento tan mal? Con Alexei y Nikolai no fue así.
Ana apagó el ecógrafo y limpió el gel con una toalla suave.
—Cada embarazo es diferente, mi amor. Este viene con más hormonas, más estrés acumulado del año pasado, el secuestro de Misha, la fiesta, todo. Tu cuerpo está trabajando el doble. Las náuseas son normales, pero vamos a controlarlas mejor. Reposo estricto. Nada de esfuerzos. Nada de hacer el delicioso días seguidos, y sí, te estoy mirando a ti también, aunque Viktor haga puchero cada vez que se lo digo. Comida suave, balde siempre cerca, evitar olores fuertes. Y si vomitas más de cinco veces al día o no retienes agua… me llamas inmediatamente.
Sofía se rio débilmente, limpiándose las lágrimas.
—Pobre Viktor… ya está sufriendo la abstinencia. Me mira como cachorro abandonado.
Ana sonrió y se rio con complicidad compartiendo la misma carcajada con Sofía.
—Paciencia. En unas semanas vas a estar mejor. Y cuando estés lista… él te va a compensar todo. Con creces.
Sofía se sentó despacio, todavía con la mano en la barriga.
—¿Niño o niña?
Ana negó con la cabeza.
—Aún no se ve claro. Pero sea lo que sea… va a ser fuerte. Como tú. Como Viktor. Como todos ustedes.
Sofía miró la pantalla apagada, donde todavía podía imaginar ese latido rápido.
—Va a ser especial. Lo siento. Este bebé… viene con algo diferente.
Ana le tomó la mano con cuidado y delicadeza.
—Todos son especiales. Y este… este va a tener la mejor mamá del mundo. Ahora ve a descansar. Yo me quedo con los niños un rato. Tú… tú solo duerme.
Sofía asintió, se levantó con cuidado y caminó hacia la habitación principal hasta quedar cerca de la cama, se acostó boca arriba, con la mano en la barriga, sintiendo ese latido que aún no podía percibir pero que sabía que estaba ahí.
—Pequeño… o pequeña… aguanta conmigo. Mami te va a cuidar. Papi te va a proteger. Y tus hermanos… tus hermanos van a amarte tanto que no vas a saber qué hacer con tanto amor.
Cerró los ojos, sonriendo entre lágrimas y labios temblorosos.
Y mientras la mansión seguía su ritmo, Doña María cantando en la cocina, Ana jugando con la pequeña Sofía, los niños riendo afuera, Sofía se durmió con la mano en la barriga.
Con la promesa de que, aunque el camino fuera duro… valía la pena. Porque este bebé… este bebé ya era parte de ellos. Y ellos… ellos ya lo amaban con todo, aunque Sofía tuviera náuseas constantes, cansancio, luchas contra sí misma, contra ese mismo mundo, aún así ella comparte su corazón y su amor.
Viktor aparece en la entrada de la habitación, y desde ahí, se la queda viendo, como duerme como si la carga se le fuera por unos momentos. Se acerca a la cama y se sienta a su lado sin querer molestarla más de la cuenta.
Acaricia su vientre, y puede ver la lucha por la cual ella lleva internamente, con un suspiro, recuerda la primera vez que la vió, la primera vez que la tomó aunque fue con violencia, pero también recuerda la primera vez que ella lo vió como alguien que también pasaba por luchas y demonios internos, y fue ella quien... la única mujer que pudo ver más allá de la monstruosidad que él era.
—Tú puedes, mi amor.— Susurra con suavidad, tomando su mano con gran delicadeza y dejando un beso cálido en sus nudillos, temblando casi que dolorosamente.
—Eres más fuerte que esto, más fuerte que yo incluso... más fuerte que nadie...
Después de unos segundos, Viktor se levanta, no sin antes dejar otro beso en la frente de ella, y con esas, sale de la habitación cerrando la puerta con un suave clic, esperando a que el mañana para Sofía, sea mucho mejor, que pase lo que pase, él siempre estará con ella hasta el fin del mundo.