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Capítulo 157: El dibujo que Sofía necesitaba.

El recreo en la escuela era ese rato de libertad que Alexei y Misha esperaban todo el día. El patio estaba lleno de niños corriendo, gritando, pateando pelotas y saltando en los charcos que la nieve derretida había dejado. Alexei y Misha se sentaron en su banca favorita, bajo el árbol grande que les daba sombra y un poco de privacidad. Alexei tenía la pelota roja entre las piernas, pero no jugaba. Solo la hacía rodar despacio entre sus manos, con la mirada perdida.

Misha lo notó al instante.

—¿Qué pasa, Alexei? Estás raro hoy.

Alexei suspiró, como si llevara el peso del mundo en sus cinco años.

—Mi mamá está muy mal. Vomita todo el tiempo. No come casi nada. Papá dice que es porque viene un nuevo hermanito o hermanita… pero no entiendo por qué tiene que estar tan mal. Con Nikolai no fue así y creo que conmigo tampoco ¿Por qué este bebé la hace sufrir tanto?

Misha frunció el ceño, pensando como el buen dragón investigador que era.

—Mi mamá también está rara últimamente. Come poco. Se cansa rápido. Y ayer la vi con la mano en la barriga, mirando al jardín como si esperara algo. Mi papá le dijo que se acostara y que descansara. Creo que… creo que mi mamá también va a tener un hermanito. O hermanita.

Alexei lo miró con los ojos muy abiertos.

—¿En serio? ¿Entonces estamos iguales? ¿Los dos vamos a tener un hermanito al mismo tiempo?

Misha sonrió, pequeño pero emocionado.

—Sí. Capaz que nazcan el mismo mes. O el mismo día. Serían como primos de verdad. Dragones hermanos.

Alexei levantó la mano con la palma abierta.

—¡Chócala, dragón azul! Vamos a ser los mejores hermanos mayores del mundo.

Misha chocó la palma con fuerza.

—¡Los mejores! Y cuando nazcan, les enseñamos a volar. A los dos.

Se rieron, se levantaron y corrieron al centro del patio con la pelota roja. Jugaron fútbol hasta que el timbre sonó, sudados, felices, con la promesa de que sus familias iban a crecer juntas.

Al final del día, Viktor llegó puntual a buscar a Alexei. El niño salió corriendo, mochila rebotando, y se lanzó a sus brazos.

—¡Papá! ¡Hoy Misha dijo que su mamá también va a tener un bebé! ¡Vamos a tener hermanitos al mismo tiempo!

Viktor alzó una ceja, sorprendido, pero sonrió.

—¿En serio, campeón? Eso es… genial. Vamos a casa. Mami te está esperando.

El trayecto fue corto, pero Alexei no paró de hablar: de dragones, de nombres para los bebés, de cómo iban a hacer una fortaleza gigante para los tres.

Cuando llegaron, la mansión estaba en calma.

Doña María estaba en la cocina preparando algo suave para Sofía. Ana había salido con Dimitri y la pequeña Sofía a dar un paseo.

Sofía estaba en la habitación principal, tirada en la cama de lado, pálida como un fantasma, con el balde blanco al lado por si volvía la náusea.

Tenía los ojos cerrados, la mano en el vientre, respirando despacio para no provocar otra oleada.

Alexei entró corriendo, pero se detuvo en seco al verla así.

—Mami…

Sofía abrió los ojos, sonrió débil aunque le costó demasiado esforzarse.

—Mi campeón… ven aquí, ¿Cómo te fue hoy en la escuela?

Alexei se acercó despacio, trepó a la cama y se sentó a su lado. Sacó un papel arrugado de la mochila y se lo dio.

—Esto es para ti. Lo hice hoy en clase.

Sofía tomó el dibujo con manos temblorosas.

Era una familia enorme: ella en el centro, con una capa roja de superheroína y una corona de estrellas, Viktor a su lado con una espada de dragón, Doña María con un delantal gigante, Dimitri y Ana abrazados con Sofía, Alexei y Nikolai saltando alrededor, Misha con su dragón azul, y en el medio… un bebé chiquito con alas de dragón.

Debajo, en letras torcidas pero claras: “Mami es la superheroína que salva a todos. Te quiero mucho. Alexei.”

Sofía sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas que casi no podía contener del todo, abrazó a Alexei fuerte, dándole un suave beso en la cabeza.

—Mi amor… es el dibujo más hermoso que he visto en mi vida. Gracias, campeón. Gracias por hacerme sentir que todo va a estar bien.

Alexei se acurrucó contra ella.

—Mami… ¿el bebé te hace daño?— dijo Alexei con sus cinco años de curiosidad y dudas.

Sofía le acarició el cabello con suavidad.

—Un poquito. Pero es porque está creciendo fuerte. Como tú cuando estabas en mi barriga. Y cuando nazca… va a ser tu hermanito o hermanita. Y lo vas a proteger como proteges a Nikolai y a Misha. ¿Sí?

Alexei asintió con firmeza como si le hubieran pedido la misión más importante que tiene que cumplir.

—Sí. Voy a ser el mejor hermano mayor del mundo.

Viktor entró en ese momento, se apoyó en el marco de la puerta y los miró con una sonrisa cálida al ver la interacción de su amada esposa con su hijo.

Alexei levantó la vista.

—Papi… mami está mal por el bebé. Pero le di mi dibujo. Y ahora está mejor.

Viktor se acercó, se sentó al otro lado de la cama y besó la frente de Sofía.

—Sí, campeón. Tu dibujo la hace sentir mejor, porque tú eres su superhéroe también.

Sofía se rio bajito, todavía con lágrimas.

—Mis dos superhéroes. Los amo tanto…

Viktor la abrazó por detrás, besándole suavemente el cuello.

—Y nosotros a ti, reina mía. Y al bebé que viene. Todo va a estar bien. Te lo prometo.

Alexei se acurrucó entre los dos.

—Y yo también lo prometo. Voy a cuidarlos a todos.

La habitación se llenó de ese silencio cálido que solo una familia sabe crear.

Con un dibujo arrugado en la mano de Sofía, un bebé creciendo dentro de ella, y con la certeza de que, aunque el camino fuera duro… siempre habría dibujos, abrazos y promesas. Pero por ahora, este momento de paz familiar, es lo que Sofía más necesitaba.

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