Mundo de ficçãoIniciar sessãoPasaron algunos días desde que Sofía confirmó el embarazo, y lo que al principio parecía una noticia dulce y emocionante empezó a convertirse en una prueba agotadora. El cuerpo de Sofía no estaba respondiendo como las otras veces.
Con Alexei y Nikolai había tenido náuseas leves, antojos divertidos y energía para seguir con todo. Esta vez… esta vez era diferente. Se levantaba con el estómago revuelto, cualquier olor fuerte, el café que Viktor tomaba por las mañanas, el pescado que Doña María cocinaba para el almuerzo, hasta el perfume suave que Ana usaba, la hacía correr al baño. Vomitaba varias veces al día, se sentía débil, mareada, y hasta el simple hecho de caminar por la casa le provocaba fatiga. La pequeña Sofía gateaba detrás de ella queriendo atención, Nikolai pedía brazos, Alexei quería contarle todo lo que había hecho en la escuela… y Sofía intentaba sonreír, pero el cuerpo no le daba. Era fin de semana. Ana había decidido quedarse todo el día en la mansión con Dimitri y la pequeña Sofía. La bebé gateaba por el salón con una energía que parecía infinita, persiguiendo al gatito gris que huía debajo del sofá. Ana, con su bata blanca de doctora que siempre llevaba en la maleta “por si acaso”, vio a Sofía salir del baño por tercera vez esa mañana, pálida y con la mano en la frente. —Ven acá, Sofi. Siéntate. No puedes seguir así. Sofía se dejó caer en el sofá, respirando hondo. —No sé qué me pasa, Ana… con los otros no fue tan fuerte. Me siento fatal. Ana se sentó a su lado, le tomó el pulso, le miró los ojos, le palpó el abdomen con cuidado. —Voy a hacerte unos exámenes rápidos. Tengo el kit aquí. Nada invasivo. Solo quiero ver qué está pasando. Sofía asintió, todavía con el estómago revuelto. Ana sacó su maletín médico, le tomó la presión, le midió la saturación de oxígeno, le hizo un análisis de orina rápido y le tomó una muestra de sangre para un test hormonal portátil que siempre llevaba. Mientras esperaba los resultados, Ana le puso una mano en la espalda. —Respira profundo. Inhala por la nariz… exhala por la boca. Así. Bien. Los minutos pasaron lentos. Doña María entró con una taza de té de manzanilla y jengibre. —Toma, mi niña. Esto te va a calmar el estómago. Sofía bebió un sorbito apenas, muy agradecida con mamá. Ana miró la pantalla del analizador y sonrió suave. —Todo está bien, Sofi. Los niveles hormonales son altos, muy altos, pero normales para un embarazo. La presión está perfecta, tu corazón late fuerte a un buen ritmo. El bebé está sano. Pero… este embarazo te está golpeando más duro. Probablemente porque tu cuerpo está más estresado que con Alexei y Nikolai. El rescate de Misha, la fiesta, todo lo que pasó… tu cuerpo lo está pagando ahora. Necesitas reposo absoluto. Nada de esfuerzos. Nada de hacer el delicioso días seguidos, sí, te estoy mirando a ti también, Viktor, que te oí anoche. Viktor, que había entrado en ese momento con una botella de agua para Sofía, se detuvo en seco. Hizo un puchero casi infantil, los labios fruncidos y los ojos entrecerrados. —¿Nada? ¿Ni un poquito? Ana soltó una risa baja. —Nada de nada por unos días. Hasta que las náuseas bajen. Puedes besarla, abrazarla, mimarla… pero nada de gimnasia de cama. Y Sofía… balde al lado de la cama. Porque vas a vomitar. Mucho. Evita olores fuertes: pescado, café, perfumes pesados. Come cosas suaves: puré de papa, arroz blanco, plátano maduro, galletas saladas. Poco a poco. Y reposo. Mucho reposo. Viktor se dejó caer en el sillón frente a ellas, con cara de niño regañado. —Pero… ¿y si es solo un besito? ¿O un masaje? ¿O…? Ana alzó una ceja. —Masaje sí, beso también, lo otro… no. Al menos una semana. Dos, para estar seguros. Dimitri, que había entrado detrás de Viktor con la pequeña Sofía en brazos, soltó una carcajada ahogada que intentó disimular con una tos. Viktor lo miró con ojos entrecerrados. —No te rías, cabrón. Tú también vas a pasar por esto. Dimitri se mordió el labio para no reír más fuerte. —Ya pasé. Y sobreviví. Tú también sobrevivirás. Aunque ahora mismo pareces un cachorro al que le quitaron su hueso. Viktor gruñó, cruzando los brazos. —Esto es tortura psicológica y emocional... joder. Sofía, todavía pálida pero ya sonriendo un poquito, le tomó la mano. —Pobrecito mi rey… ¿te duele mucho la abstinencia? Viktor la miró con ojos de cachorro abandonado como si no hubiera comido en siglos. —Mucho. Muchísimo. Pero por ti y por el bebé… aguanto. Aunque me muera por dentro. Ana se rió bajito sin poder aguantarlo, hasta Dimitri también no podía evitarlo, de todos modos ellos ya pasaron por eso, y Ana recuerda en detalle como Dimitri se había comportado como un mendigo con mucha sed cuando le tocó lo mismo. —Así me gusta, con disciplina. Y Sofía… si vomitas más de cinco veces al día o no retienes más nada, me llamas y lo monitoreamos. Pero todo pinta bien. Este bebé solo te está diciendo que necesita más cuidado, más mimos, más reposo. Sofía asintió, acariciándose el vientre lentamente de arriba a abajo. —Lo voy a cuidar. Y a Viktor también. Aunque se muera de ganas. Viktor suspiró dramáticamente, pero se inclinó y le besó la frente. —Te cuido yo a ti, reina mía. Y al bebé. Y si tengo que aguantar… aguantaré. Pero cuando pase esta etapa… prepárate. Porque voy a cobrártelo todo, y con intereses. Sofía rio suave, apoyando la cabeza en su hombro, exhausta pero contenta ante la comprensión de Viktor. —Trato hecho, mi rey. Con intereses altos. Doña María entró con una bandeja de galletas saladas y té. —Tomen, mis amores. Para calmar el estómago. Y nada de preocupaciones. Este bebé va a ser fuerte. Como todos ustedes. Ana tomó una galleta y se sentó al lado de Sofía. —Vamos a cuidarte juntas. Nada de estrés. Nada de correr. Solo descanso, amor y mucha paciencia. Viktor miró a su familia, Sofía pálida pero sonriente, Doña María sirviendo té, Ana revisando notas, los niños durmiendo arriba, Dimitri con la pequeña Sofía y sintió que el pecho se le llenaba de algo cálido y grande. —Gracias, chicas. Por cuidarla. Por cuidarnos. Ana le guiñó un ojo. —Para eso estamos. Ahora… a descansar, Sofi. Y tú, Viktor… paciencia. Mucha paciencia. Viktor suspiró, pero sonrió. —Paciencia. Lo que sea por ella. Por ellos. Y mientras la mansión seguía su ritmo tranquilo, con el té humeando y el sol entrando por las ventanas, Sofía se acurrucó contra Viktor, sintiendo el latido del nuevo bebé bajo su mano. —Va a ser especial, Viktor. Lo siento. Este bebé… va a ser diferente. Viktor la besó en la frente. —Entonces lo vamos a amar diferente. Más fuerte, más profundo y como siempre. Y en ese abrazo, con la promesa de reposo y de noches tranquilas (por ahora), supieron que lo que venía, náuseas, cansancio, antojos, era solo el comienzo de otro milagro, de un huevito dragón como Alexei siempre sueña, de está nueva vida que ya los está enamorando a todos sin siquiera tocar tierra aún, ahora sólo hay que esperar.






