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Capítulo 156: La visita inesperada de Carl.

La mansión estaba en uno de esos momentos tranquilos de media mañana en que el sol entraba tibio por las ventanas y el aire olía a café recién colado y a pan horneado. Doña María tarareaba en la cocina mientras removía una olla de sopa de verduras suaves, la única cosa que Sofía había tolerado en los últimos días.

Ana estaba en el salón con la pequeña Sofía en su regazo, meciéndola mientras le cantaba bajito una canción de cuna rusa que Dimitri le había enseñado. Alexei y Nikolai jugaban en el piso con bloques, construyendo una torre inestable que se caía cada dos minutos entre risas. Viktor había salido temprano a una reunión rápida, pero ya estaba de regreso, subiendo las escaleras con pasos pesados después de una noche en vela cuidando a Sofía.

Sofía estaba en el pasillo, cerca del baño, con el balde blanco en una mano y la otra apoyada en la pared. El embarazo la había golpeado con todo, náuseas constantes, fatiga que la dejaba sin aliento, aversiones a olores que antes le encantaban.

Esa mañana había sido particularmente mala.

Se había levantado con el estómago revuelto, había intentado desayunar una galleta y… había terminado de rodillas otra vez, vomitando hasta que no le quedó nada dentro.

Viktor la encontró así, pálida, sudorosa, con el cabello pegado a la frente y los ojos cerrados mientras respiraba hondo para calmarse.

—Sofía… ven, déjame ayudarte.

La tomó por la cintura con cuidado, la ayudó a sentarse en el suelo con la espalda contra la pared y le puso el balde al lado por si volvía.

Se arrodilló frente a ella, le apartó el cabello de la cara y le habló suave, con esa voz ronca que reservaba solo para ella.

—Respira despacio, mi reina… inhala… exhala… ya pasó. Estoy aquí. No estás sola.

Sofía intentó sonreír, pero salió una mueca cansada.

—Me siento horrible, Viktor… no sé cómo voy a aguantar nueve meses así. Con Alexei y Nikolai no fue tan fuerte. Este bebé… este bebé me está matando.

Viktor le besó la frente, limpiándole el sudor con el pulgar.

—Vas a aguantar. Porque eres la mujer más fuerte que conozco. Y porque yo no te voy a soltar ni un segundo. Cuando duela, me lo dices. Cuando vomites, te sostengo. Cuando quieras gritar… grita mi nombre. Estoy aquí. Siempre.

Sofía soltó una risa débil, apoyando la cabeza en su hombro.

—Eres un santo, mi rey… un santo muy caliente que me va a extrañar mucho estas semanas.

Viktor gruñó bajito, besándole la sien.

—Me muero por dentro, Sofía… pero por ti y por nuestro bebé… aguanto lo que sea.

En ese momento, el timbre sonó.

Viktor frunció el ceño.

—¿Quién es ahora?

Dimitri, que estaba en el salón con Ana, abrió la puerta.

Carl Kuzmin estaba allí, solo, con una carpeta bajo el brazo y expresión seria pero no hostil.

—Buenos días, Dimitri. Vengo a hablar con Sofía… sobre las fundaciones. Y… sobre lo que hablamos la otra vez.

Dimitri lo miró un segundo, luego señaló hacia el pasillo.

—Pasa. Pero… prepárate. Sofía no está en su mejor momento hoy.

Carl entró, confundido, y entonces, ahí vio el panorama...

Sofía tirada en el suelo del pasillo, con el balde al lado todavía con restos de vómito, pálida como un fantasma, el cabello pegado a la cara.

Viktor arrodillado frente a ella, sosteniéndole la mano, hablándole bajito con esa ternura que Carl nunca había imaginado en un hombre como él. Dimitri, apoyado en la pared, con una sonrisa burlona que no podía disimular del todo.

Carl se quedó paralizado sin saber si decir "hola" o mover un pelo.

Sofía levantó la vista, vio a Carl y se puso aún más roja.

—Carl… yo… lo siento… no es buen momento…

Viktor se levantó rápido, se puso delante de Sofía como un escudo, acomodándose la camisa que tenía arrugada.

—Kuzmin… pasa. Vamos a la oficina. Sofía me había dicho que vendrías a hablar de las fundaciones. Vamos.

Carl desvió la mirada, incómodo, pero asintió.

—Sí… claro. Vamos.

Los tres hombres caminaron hacia el despacho.

Viktor cerró la puerta detrás de ellos.

Sofía se quedó en el pasillo, con Doña María y Ana acercándose rápido. Doña María la ayudó a levantarse.

—Ven, mi niña, vamos a limpiarte. No te preocupes por nada.

Ana le tomó el pulso otra vez.

—¿Otra vez? Sofi, esto no es normal. Vamos a monitorearlo más de cerca.

Sofía se dejó llevar al baño, todavía avergonzada.

—Lo siento… justo cuando llega Carl… qué vergüenza…

Ana se rió un poco.

—Tranquila. Carl ya vio lo peor. Y si no lo vio… pronto lo verá. El embarazo no es bonito todo el tiempo.

En el despacho, Viktor cerró la puerta y señaló una silla.

—Siéntate, Carl. ¿Qué traes?

Carl dejó la carpeta en la mesa.

—Los permisos para la escuela internacional en Moscú. Idioma y cultura. Ya tengo el visto bueno del ayuntamiento. Y una donación inicial para las fundaciones de Sofía. Quiero colaborar. De verdad.

Viktor abrió la carpeta, hojeó los documentos.

—Bien. Sofía va a estar contenta. Muy contenta.

Carl lo miró fijo.

—Y… quería agradecerte. Por lo del rescate. Por dejar que Misha venga aquí. Por… todo. No soy bueno con esto. Pero gracias.

Viktor lo miró un segundo largo.

—No hace falta. Lo hicimos por los niños. No por ti.

Carl asintió comprendiendo.

—Lo sé. Pero igual… gracias.

Luego hubo un silencio medio incómodo y lleno de tensión.

Luego Carl añadió, más bajo:

—Elena… está cambiando. Poco a poco. Quiere otro hijo. Quiere que nuestra casa sea… como esta, con ruido, con vida.

Viktor sonrió apenas, una comisura de su boca se alzó un poco, casi imperceptible.

—Sofía también quiere otro... bueno, está en ello, dice que la mansión necesita más dragones.

Carl soltó una risa corta.

—Quizá algún día… nuestras familias se lleven bien de verdad.

Viktor se recostó en la silla.

—Quizá. Pero por ahora… dejemos que los niños lo hagan por nosotros.

Carl se levantó.

—Gracias otra vez. Y… cuídate. Sofía también. Se ve… cansada.

Viktor asintió.

—Lo haré.

Carl salió, y en el pasillo, Sofía ya estaba sentada en el sofá con un vaso de agua y una galleta salada en la mano. Doña María le acariciaba la espalda, él la vio de lejos, pálida pero sonriente.

No dijo nada, solo inclinó la cabeza en un saludo silencioso, y sin decir más, simplemente se fue, pero en su cabeza… la idea ya estaba plantada, sobre colaborar, aprender y proteger. Y quizás… algún día… ser parte de algo más grande que su propio orgullo.

Mientras tanto, en la mansión, Sofía se recostó en el sofá, con la mano en el vientre, y sonrió un poco con debilidad, porque sabía que, aunque el embarazo la estuviera matando… valía la pena.

Todo valía la pena, por Viktor, los niños, por la familia que seguía creciendo poco a poco, por ese amor que nunca se cansaba de multiplicarse.

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