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Capítulo 151: Sofía siente que hoy el sol no es el único que arde.

Sofía se despertó esa mañana con el cuerpo en llamas. No era solo deseo. Era algo más profundo, más urgente, como si su piel supiera antes que su mente que hoy necesitaba a Viktor de una forma que no admitía medias tintas. Se sentía empapada solo de pensarlo.

El calor le subía desde el vientre hasta las mejillas cada vez que recordaba cómo él la había tomado la noche anterior, lento, profundo, sin prisa, y sin embargo… no había sido suficiente.

Quería más. Quería devorarlo. Quería montarlo hasta que los dos se olvidaran de respirar.

Mientras Viktor dormía todavía, ella se levantó en silencio, se puso una bata de seda negra que apenas le cubría los muslos y bajó a la cocina.

Doña María ya estaba preparando el desayuno, tarareando bajito. Sofía se acercó, le dio un beso en la mejilla y le susurró...

—Mamá… hoy me llevo a Viktor todo el día. ¿Puedes quedarte con los niños? Ana y Dimitri vienen a ayudar después del almuerzo.

Doña María sonrió con complicidad, sin preguntar nada.

—Claro, mi niña. Llévatelo y disfrútalo. Los niños están en buenas manos.

Sofía subió de nuevo, entró a la habitación y cerró la puerta con llave. Viktor seguía boca abajo, la sábana enredada en las caderas, la espalda marcada por las uñas que ella misma le había clavado la noche anterior. Se acercó despacio, se subió a la cama y se sentó a horcajadas sobre sus muslos.

—Buenos días, mi rey…— ronroneó bajito, deslizando las manos por su espalda hasta llegar a las nalgas y apretar con fuerza.

Viktor gruñó, todavía medio dormido, pero su cuerpo ya respondía, se endureció al instante bajo ella.

—Sofía… ¿qué hora es?

—La hora de que me lleves a un spa. Luego cena. Y después… después voy a montarte hasta que me ruegues que pare.

Viktor abrió los ojos de golpe, giró la cabeza y la miró con esa sonrisa lenta y peligrosa que siempre la ponía a temblar.

—¿Estás mojada ahora mismo, verdad?

Sofía se inclinó, le mordió el lóbulo de la oreja y susurró...

—Más mojada que nunca, Viktor. Tanto que si no me tocas pronto… voy a explotar.

Él la volteó con un movimiento rápido, quedando encima de ella. Le abrió la bata de un tirón suave y bajó la boca a su cuello, mordiendo y lamiendo mientras sus manos bajaban por sus muslos.

—Entonces nos vamos ya. Porque si sigues hablando así… no llegamos ni al auto.

Sofía jadeó cuando los dedos de él encontraron su centro, resbaladizo y caliente.

—Vámonos… pero prométeme que en el spa… me vas a hacer gritar en privado.

Viktor gruñó contra su piel.

—Te lo prometo, reina. En el spa, en la cena, en la habitación… te voy a hacer mía todo el día. Hasta que no puedas caminar.

Se levantaron entre besos urgentes y risas ahogadas. Se vistieron rápido, Sofía con un vestido negro ajustado que marcaba cada curva y relleno, Viktor con camisa oscura y pantalones que no escondían nada. Bajaron a despedirse de los niños.

Alexei corrió hacia ellos.

—¡Mami! ¡Papi! ¿A dónde van?

Sofía se agachó y lo besó en la frente.

—A pasar un día de cita, campeón. Pero volvemos pronto. ¿Te portas bien con abuelita?

Alexei asintió, serio.

—Sí. Y dile a Misha que mañana jugamos a los dragones.

Viktor lo levantó y lo abrazó fuerte.

—Portate bien, hijo. Y cuida a tus hermanos.

Cuando salieron, el auto ya los esperaba. Viktor abrió la puerta del copiloto para Sofía, pero antes de que ella subiera, la atrapó contra el marco y la besó profundo, posesivo, con una mano en su nuca y la otra apretándole la cintura.

—Todo el día, Sofía. Todo el día voy a hacer que te vengas pensando en mí.

Sofía jadeó contra su boca.

—Y yo voy a montarte hasta que me supliques, mi rey.

Subieron al auto. El conductor, uno de los hombres de confianza, arrancó sin decir palabra.

Primero el spa: una suite privada en un hotel boutique en las afueras de Moscú. Masajes simultáneos, jacuzzi con vista al bosque, champán frío.

Sofía se quitó el vestido despacio frente a Viktor, quedando solo en lencería negra de encaje.

Él se acercó, la levantó contra la pared del jacuzzi y la penetró despacio, con el agua caliente salpicando alrededor.

—Así… mi reina… siente cómo te lleno…

Sofía gimió, clavándole las uñas en los hombros.

—Más… más profundo… quiero todo de ti…

Después de dos orgasmos que la dejaron temblando, salieron del spa con la piel todavía caliente y los cuerpos ansiosos.

Cena en un restaurante privado con vista al río.

Velas, vino tinto, plato tras plato que apenas probaron porque no podían dejar de tocarse bajo la mesa: manos en los muslos, dedos rozando, miradas que prometían lo que vendría después.

Cuando por fin llegaron a la suite del hotel, la misma que habían reservado para la noche, Sofía cerró la puerta con llave y se giró hacia Viktor.

—Ahora sí, mi rey… ahora sí me toca a mí.

Lo empujó hacia la cama, lo hizo sentarse y se subió a horcajadas sobre él. Le quitó la camisa con dedos impacientes, le mordió el cuello, bajó por su pecho lamiendo y mordiendo hasta llegar a la cintura del pantalón. Lo desabrochó despacio, lo liberó y lo tomó en la boca una vez más, profunda, lenta, torturándolo hasta que él gruñó su nombre.

Luego se subió encima, se acomodó y se dejó caer despacio, tomándolo entero.

—Voy a montarte hasta que no quede nada, Viktor… hasta que me llenes otra vez…

Él la sujetó por las caderas, ayudándola a moverse.

—Hazlo, Sofía… móntame como si no hubiera mañana. Quiero verte correrme encima. Quiero sentirte temblar.

Sofía aceleró, subiendo y bajando con fuerza, los gemidos llenando la habitación. Viktor la volteó, la puso a cuatro patas y la tomó desde atrás, profundo, rápido, golpeando justo donde ella lo necesitaba.

—Di mi nombre, reina… grítalo.

—¡Viktor! ¡Viktor! ¡Más!

Cuando llegaron juntos, fue como una explosión: ella temblando, él derramándose dentro con un rugido bajo, abrazándola fuerte mientras caían exhaustos sobre las sábanas.

Se quedaron así, jadeando, sudorosos, abrazados.

Sofía apoyó la cabeza en su pecho.

—Te amo, mi rey… y quiero otro bebé contigo. Quiero llenar esta familia de más vida.

Viktor la besó en la frente, todavía dentro de ella.

—Te amo, reina mía. Y lo vamos a hacer. Otra vez. Y otra. Hasta que la mansión no quepa de tanto amor.

Ella sonrió, somnolienta.

—Prométemelo entonces.

—Te lo prometo. Con todo lo que tengo.

Y mientras la ciudad dormía afuera, ellos se durmieron entrelazados.

Con la promesa de más noches como esa, y la verdad es que, Sofía estaba así porque estaba en aquella etapa para florecer de nuevo, y muy pero muy pronto, iban a darse cuenta de que esa semilla, nuevamente dará fruto.

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