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Capítulo 152: El secreto que Sofía llevaba dentro.

Habían pasado unos días desde la fiesta de la pequeña Sofía, lo del spa, y la mansión parecía flotar en una calma dulce, casi irreal. Alexei ya estaba en el colegio, con su mochila de dinosaurio y esa energía que nunca se apagaba.

Irina y Olga habían salido de vacaciones, un regalo que Sofía y Viktor les dieron por todo el año de apoyo silencioso, así que la casa se sentía más vacía, más íntima.

Viktor había salido temprano a hacer unos recados que no explicó del todo, solo un beso rápido en la frente de Sofía y un “vuelvo antes del almuerzo, reina mía”.

La pequeña Sofía dormía la siesta en su cuna mientras papá Ana y Dimitri estaban de trabajo, y Nikolai estaba con Doña María en la cocina, gateando alrededor de sus piernas mientras ella removía una olla.

Sofía se quedó en el salón, sentada en el sofá grande con las piernas cruzadas y una mano apoyada en el vientre sin darse cuenta. No le había bajado el período. Ya llevaba una semana de retraso. Al principio pensó que era estrés, que el cuerpo todavía se estaba recuperando de la fiesta y todo lo que había pasado últimamente.

Pero esa mañana, al mirarse en el espejo del baño, había sentido un calor extraño en el bajo vientre, una sensibilidad en los pechos que no tenía explicación… y un antojo repentino que la había hecho sonreír sola.

—¿Mamá?— llamó desde el sofá, voz suave pero con un tono juguetón que Doña María reconoció al instante.

Doña María asomó la cabeza desde la cocina, con el delantal manchado de harina y Nikolai en brazos.

—¿Qué pasa, mi niña?

Sofía se levantó despacio, se acercó y apoyó las manos en la encimera.

—Tengo un antojo terrible… de deditos de bocadillo. O dulce de guayaba. O las dos cosas. ¿Me los haces?

Doña María la miró un segundo largo. Sonrió lentamente, con esa sabiduría de madre que lo ve todo.

—Claro que sí, mi amor. Siéntate que te los hago ahora mismo.

Sofía obedeció, sentándose en una de las sillas altas de la barra. Doña María sacó la guayaba madura, el azúcar panela, la canela en rama y se puso manos a la obra. El olor empezó a llenar la cocina: dulce, pegajoso, cálido. Sofía cerró los ojos e inhaló profundo, sintiendo que el estómago le rugía de ganas.

Cuando Doña María le puso el plato delante, deditos de bocadillo dorados, crujientes por fuera y suaves por dentro, Sofía se lanzó como si no hubiera comido en días. Mordía con gusto, cerraba los ojos, soltaba pequeños gemiditos de placer.

Doña María la observaba de reojo, removiendo la sopa de pescado que preparaba para el almuerzo.

—Qué gusto te da, ¿eh?— dijo con una sonrisa ladina. —Hace tiempo que no te veía comer así.

Sofía se limpió la comisura de la boca con una servilleta y se encogió de hombros, todavía con la boca llena.

—Es que… no sé. De repente me dio una hambre loca. Y este dulce… Dios mío, mamá, está perfecto.

Doña María siguió removiendo la sopa, pero su mirada se volvió más atenta.

El olor del pescado, fuerte, con cebolla y cilantro, empezó a llenar la cocina de inmediato en una mezcla de aromas.

Y entonces Sofía sintió que el estómago se le revolvía. Primero fue una náusea suave, como un aviso. Luego un golpe más fuerte. Se puso pálida, se llevó la mano a la boca y salió corriendo al baño del pasillo.

Doña María dejó la cuchara y esperó, con una sonrisa que crecía despacio, de esas que ya se imaginaba lo que venía.

Sofía regresó minutos después, pálida pero con los ojos brillantes. Se apoyó en el marco de la puerta, respirando hondo.

—Mamá…— logró murmurar Sofía sin aliento y con ese mareo en los ojos que no la hacia entornar bien la mirada.

Doña María apagó el fuego de la sopa, se limpió las manos en el delantal y se acercó.

—¿Desde cuándo no te baja, mi niña?

Sofía se llevó las manos al vientre, temblando de emoción.

—Una semana y media… o más. No estoy segura. Pero… pero siento que sí. Siento que hay algo ahí.

Doña María soltó un gritito ahogado y la abrazó fuerte.

—¡Ay, mi amor! ¡Otra vez! ¡Otro nietecito!

Sofía rio entre lágrimas, abrazándola de vuelta.

—Shhh, mamá, todavía no se lo digo a Viktor. Quiero estar segura. Quiero… quiero sorprenderlo.

Doña María le besó la frente.

—Entonces mañana vamos a la farmacia. Compramos la prueba. Y cuando estés lista… se lo dices. Pero ya sabes que él va a estar loco de felicidad. Ese hombre te mira como si fueras el sol. Imagínate cuando sepa que le vas a dar otro bebé.

Sofía se limpió las lágrimas, sonriendo.

—Quiero que sea niña. Otra Sofía. O niño… me da igual. Solo quiero verlo en sus brazos otra vez. Quiero verlo emocionado como la primera vez.

Doña María la abrazó más fuerte.

—Y lo verás, mi niña. Lo verás. Ahora siéntate, que te hago un té de manzanilla para el estómago. Y nada de oler la sopa por ahora.

Sofía se sentó, todavía con las manos en el vientre, imaginando.

Un bebé más. Otro latido dentro de ella. Otro nombre que elegir. Otro pedacito de Viktor y de ella creciendo. Se mordió el labio, sintiendo que el deseo y la emoción se mezclaban hasta hacerla temblar.

—Cuando llegue Viktor… voy a abrazarlo tan fuerte que no va a saber qué pasa.

Doña María rio bajito.

—Y después… después le dices. Y vas a ver cómo se le ilumina la cara. Ese hombre te ama tanto que un bebé más va a ser como regalarle el cielo.

Sofía cerró los ojos, sonriendo.

—Sí… el cielo.

Y mientras la cocina se llenaba de olor a té de manzanilla y a esperanza, Sofía se quedó ahí, con las manos en el vientre, esperando el momento perfecto para decírselo.

Porque esta vez… esta vez iba a ser inolvidable. Y Viktor… Viktor iba a ser el papá más feliz del mundo otra vez, sólo que aún no lo sabe, aún no está enterado, pero muy pronto, se dará cuenta del regalo que Sofía le tiene pendiente.

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