Mundo ficciónIniciar sesiónSe acercaba el primer cumpleaños de la pequeña Sofía y la mansión ya vibraba con esa energía dulce y caótica que solo un cumpleaños infantil sabe generar. Ana lo había decidido desde hacía semanas, quería que fuera una fiesta bonita, sencilla pero llena de amor, de esas que se recuerdan por los detalles y no por lo ostentoso.
Una tarde, mientras la bebé dormía la siesta en su cuna y los niños jugaban en el jardín, Ana tomó a Sofía del brazo en la cocina. —Sofi… necesito tu ayuda. Quiero organizar la fiesta de la pequeña. Pero quiero que sea perfecta. ¿Me acompañas a comprar las decoraciones, los regalos y los ingredientes para el pastel? Solo nosotras dos. Como hermanas. Sofía sonrió grande, con los ojos brillando. —¡Claro que sí! Vamos mañana. Vamos a hacer que sea inolvidable. Al día siguiente, las dos salieron temprano en el auto de Sofía. Dejaron a los niños con Doña María, Irina y Olga, que ya estaban emocionadas planeando el menú: pastel de vainilla con relleno de arequipe, cupcakes decorados con dragones de fondant (porque Alexei había insistido), caramelos caseros de mora y una mesa llena de frutas frescas, sándwiches y jugos naturales. Mientras ellas recorrían las tiendas del centro, papelerías con globos pastel, una tienda de juguetes donde compraron un caballito de peluche gigante, una repostería para harina especial, vainilla de Madagascar y moldes de estrellas, la mansión se convirtió en un torbellino de preparativos. Doña María dirigía la cocina como una general: —¡Irina, más huevos para el bizcocho! ¡Olga, corta las fresas en forma de corazón!— Las dos mujeres reían y se movían al ritmo de una playlist de cumbia que Doña María había puesto en el altavoz. El día del cumpleaños llegó soleado y cálido. El jardín trasero se transformó, mantas de colores extendidas bajo el roble, guirnaldas de papel crepé rosa y blanco colgando de las ramas, una mesa larga con el pastel de tres pisos decorado con estrellitas plateadas y un cartel que decía “¡Feliz 1 añito, Sofi!” hecho por Alexei con crayones y mucho amor. La pequeña Sofía estaba sentada en el centro de una manta, con un vestidito blanco de tul y un moñito rosa enorme en la cabeza. Gateaba feliz entre juguetes nuevos: un sonajero de madera, un caballito de peluche y una caja de bloques de colores. Alexei, Nikolai y Misha la rodeaban como guardianes. Alexei le ponía coronitas de papel en la cabeza, Nikolai le ofrecía un bloque cada vez que ella lo tiraba, y Misha le enseñaba a aplaudir con las manitas gorditas. Dimitri estaba sentado en una silla de madera al borde del jardín, con una cerveza en la mano y los ojos fijos en su hija. Desde lejos, la observaba como un halcón. Cada vez que uno de los niños se acercaba demasiado, cada vez que Alexei la levantaba para hacerle cosquillas, cada vez que Nikolai le ponía un bloque en la cabeza… Dimitri entrecerraba los ojos. Un músculo le latía en la mandíbula, no era rabia, era ese instinto nuevo, crudo, que había despertado desde que la pequeña llegó: el de padre posesivo. Esa princesita de rizos negros y ojos grises era suya, solo suya. Y aunque adoraba ver cómo los otros niños la querían… una parte de él quería gritar “¡es mía!” cada vez que alguien la tocaba. Ana se acercó por detrás, con una copa de limonada en la mano. Se sentó a su lado en silencio, observándolo. Dimitri se sobresaltó cuando sintió su presencia. Se enderezó rápido, como si lo hubieran pillado haciendo algo prohibido. Ana soltó una risa suave, baja, tierna. —Te pillé, mi amor. Él carraspeó, intentando disimular. —No sé de qué hablas.— Logró decir rápidamente tratando de disimular lo evidente. Ana apoyó la cabeza en su hombro, mirando a la pequeña Sofía que ahora gateaba hacia Nikolai con una sonrisa enorme. —Te vi. Estás celoso. Hasta de tus propios sobrinos. Dimitri emitió un gruñido que reverberó en todo su pecho, pero no lo negó. —Es que… es tan pequeña. Tan mía. Y ellos la tocan, la levantan, le hacen cosquillas… y yo quiero ser el único que la proteja. El único que la haga reír así. Ana sonrió, besándole la mejilla. —Es tierno. Muy tierno. Y normal. Pero mírala… está feliz. Porque tiene amiguitos que la quieren. Porque tiene una familia que la cuida. Y porque tiene un papá que la mira como si fuera lo único que importa en el mundo. Dimitri suspiró, relajando los hombros. —¿Crees que algún día la dejaré ir? Ana rio bajito. —Algún día… pero no hoy. Hoy solo mírala. Y disfruta que todavía es tuya. Dimitri la abrazó por la cintura, besándole la sien. —Gracias por no burlarte demasiado. Ana le dio un beso suave en los labios. —Me burlo un poquito. Porque me encanta verte así. Posesivo. Protector. Como un dragón cuidando su tesoro. En la manta, la pequeña Sofía soltó un gritito feliz cuando Alexei le puso una flor de papel en la cabeza. Misha le ofreció un bloque y Nikolai le dio un beso baboso en la mejilla. Dimitri sonrió por fin, pequeño pero real aunque le tembló un poco el ojo. —Mi princesita… ya tiene su ejército de dragones. Ana se acurrucó más contra él. —Y tú eres el rey. Siempre. Mientras el picnic seguía, risas, fotos, globos que volaban, pastel que se comía con las manos, Dimitri se quedó mirando a su hija. No iba a dejarla ir. No todavía. Pero saber que tenía un ejército de niños que la protegerían… lo hacía sentir un poquito más tranquilo. Y cuando Sofía se acercó con un plato de pastel para Dimitri y Ana, le guiñó un ojo. —¿Celoso, cuñado? Dimitri gruñó, pero sonrió. —Mucho. Pero feliz. Muy feliz. Y la fiesta siguió. Con niños que jugaban, padres que aprendían a soltar un poquito, una familia que crecía y con una pequeña Sofía que, sin saberlo, ya era el centro de todo. La fiesta se fue apagando poco a poco, como una vela que se consume lenta hasta el final. Los globos empezaban a desinflarse contra las ramas del roble, las mantas estaban llenas de migas y manchas de jugo, y los niños, agotados de tanto correr, gritar y perseguir al gatito por el jardín, ya habían sido llevados a dormir. Alexei se había quedado dormido abrazado a Misha en el sofá del salón, los dos con la cara pintada de chocolate y coronitas de papel torcidas en la cabeza. Nikolai roncaba en brazos de Doña María, que lo mecía cantando bajito una canción suave de cuna mientras subía las escaleras. La pequeña Sofía dormía en su cuna, con el moñito rosa todavía puesto y una sonrisa dormida en la carita. El jardín quedó en silencio, solo interrumpido por el rumor lejano del bosque y el crujido suave de las sillas de madera que Viktor y Dimitri recogían despacio. Viktor doblaba una manta con movimientos precisos, pero sus ojos seguían lanzando miradas divertidas hacia Dimitri, que apilaba las sillas con más fuerza de la necesaria. —Te vi todo el tiempo, hermano— dijo Viktor de repente, voz baja y cargada de burla. —Sentado ahí con la cerveza en la mano, los ojos entrecerrados como si fueras a saltar sobre cualquiera que se acercara demasiado a tu princesita. Hasta parecías un dragón guardando su tesoro. Dimitri se quedó quieto un segundo, con una silla a medio camino. Apretó la mandíbula, mordiéndose la lengua para no responder de inmediato. Luego dejó la silla en el suelo con un golpe seco y se giró hacia Viktor. —No es gracioso, Viktor. Viktor soltó una risa baja, sin maldad, solo esa picardía que siempre salía cuando encontraba un punto débil en su hermano de armas. —Vamos, admítelo. Estabas celoso hasta de Nikolai. Cada vez que el pequeño le ponía un bloque en la cabeza o Alexei la levantaba para hacerle cosquillas, te ponías rígido como si te hubieran clavado un cuchillo. Hasta Ana se dio cuenta y se estaba riendo de ti. Dimitri soltó el aire por la nariz, cruzando los brazos. —Es diferente, ¿sabes? Una hija… es otra cosa. Es como si te pusieran el corazón afuera del pecho y todo el mundo pudiera tocarlo. No es que no quiera que jueguen con ella. Es que… joder, es mía. Mi princesita. Y verla con ellos, aunque sean familia… me revuelve algo por dentro. No lo controlo todavía. Viktor dejó la manta doblada sobre una silla y se acercó, apoyando una mano en el respaldo. —Lo entiendo. Un poco. Pero mírala, está feliz. Tiene primos que la adoran. Tiene un ejército de dragones que la protegerán. Y tú… tú eres el rey dragón. Nadie va a tocarla mientras tú estés vivo. Dimitri lo miró fijo, con una media sonrisa amarga. —No le des una niña a Sofía, Viktor. Te lo digo en serio. Vas a sufrir igual. O peor. Una hija es un tesoro grande. Te cambia todo. Te hace querer encerrarla en una torre y al mismo tiempo dejarla volar. Y cuando empiece a caminar, a hablar, a mirar al mundo… vas a sentir que te arrancan algo del pecho cada vez que alguien se le acerque. Viktor soltó una carcajada suave, negando con la cabeza. —Exageras, Dimitri. Sofía y yo ya tenemos dos varones. Una niña no va a ser tan diferente. Además… me encantaría verla con un moñito rosa y gateando detrás de sus hermanos. Sería hermosa. Como su madre. Dimitri alzó una ceja, burlón ahora él. —¿Hermosa? Espera a que tenga quince años y algún idiota le sonría. Ahí vas a entender. Vas a querer sacar la pistola que no usas desde hace años. Viktor rio más fuerte, dándole una palmada en el hombro. —Tal vez. Pero por ahora… déjame soñar que mi princesita va a ser igual de traviesa que su madre y que yo voy a disfrutarla sin volverme loco. Dimitri negó con la cabeza, sonriendo por fin. —Ya verás. Ya verás.— Advirtió Dimitri con diversión. Los dos se quedaron un momento en silencio, recogiendo las últimas sillas y doblando mantas. El jardín quedó limpio, solo con el eco de las risas de los niños todavía flotando en el aire. Viktor miró hacia la casa, donde las luces de arriba ya se habían apagado. —Vamos adentro. Mañana hay que empezar a planear la próxima fiesta. Dimitri asintió, pero antes de entrar se detuvo y miró a Viktor. —Y si algún día tienes una niña… acuérdate de lo que te dije. Porque cuando llegue… no vas a querer soltarla nunca. Viktor sonrió, abriendo la puerta. —Lo recordaré, hermano. Pero por ahora… déjame disfrutar la idea. Y mientras entraban a la mansión, con el jardín quedándose en calma bajo la luna, ambos sabían que el tiempo seguiría corriendo. Los niños crecerían. Las princesitas llegarían o no. Pero el amor… ese amor que quemaba despacio y profundo… ese no se iba a apagar.






