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Capítulo 149: El tiro perfecto y la gratitud.

Las semanas se habían convertido en meses, y el polígono de tiro en la mansión Ivanov ya no era un lugar extraño para Carl Kuzmin. Cada martes, jueves y sábado a las siete en punto, Carl llegaba en su auto gris, vestido con ropa cómoda, pantalones cargo, camiseta negra ajustada, botas resistentes y una expresión que había pasado de tensión rígida a concentración afilada.

Viktor y Dimitri lo esperaban siempre, con el armero abierto y el aire cargado de ese olor metálico a aceite y pólvora reciente. Al principio, Carl había fallado más tiros de los que acertaba, balas que se iban altas, retrocesos que le temblaban en los brazos, dudas que le nublaban la mira.

Pero Viktor no era un maestro paciente por naturaleza; era exigente, preciso, y repetía las mismas lecciones hasta que entraban en el hueso.

—Respira, Kuzmin. Inhala cuando apuntas. Exhala cuando disparas. El arma no es tu enemiga; es tu extensión. Si dudas, fallas. Y en la vida real, fallar significa perderlo todo.

Carl había apretado los dientes, había sentido la humillación quemándole el cuello cada vez que Dimitri soltaba una risa baja desde el fondo o Viktor negaba con la cabeza. Pero seguía volviendo. Por Misha, que ahora dormía con una pistola de juguete bajo la almohada “por si vienen los malos”. Por Elena, que lo miraba con ojos nuevos cada vez que volvía a casa con los músculos doloridos y el olor a humo pegado en la ropa. Por sí mismo, porque esa impotencia de ver a su hijo desaparecer en una van negra aún le dolía como una herida abierta.

Esa mañana de junio, el sol entraba inclinado por las ventanas altas del polígono, calentando el concreto gris. Carl se paró en la cabina de tiro, con la Glock 19 en las manos, su arma de práctica favorita, la que ahora sentía como una extensión de su brazo. Viktor se quedó atrás, brazos cruzados, Dimitri a su lado con una tableta revisando algo.

—Blanco móvil a veinte metros. Tres disparos. Cabeza, pecho, pierna. Sin fallar.

Carl asintió una sola vez. Respiró hondo. El blanco se movió: un silueta de papel que zigzagueaba en rieles mecánicos, apuntó y... tres disparos fijos y precisos.

El blanco se detuvo. Tres agujeros perfectos: uno en la frente, uno en el centro del pecho, uno en la rodilla izquierda.

Dimitri silbó bajo.

—No está mal, Kuzmin. Ya no pareces un novato.

Viktor se acercó, miró el blanco y luego a Carl. Por primera vez en meses, no corrigió nada.

Solo extendió la mano.

—Bien hecho. Ya estás listo para lo básico de defensa. Mañana empezamos con escenarios reales: entradas forzadas, cobertura, movimiento bajo fuego.

Carl tomó la mano, apretándola fuerte.

Por primera vez, no sintió vergüenza, sino que sintió compañerismo, compañía, y sintió que aquella mínima animosidad entre él y los Ivanov se iba diluyendo.

—Gracias, Ivanov. No pensé que llegaría tan lejos.

Viktor soltó la mano.

—No me lo agradezcas todavía. Lo difícil viene ahora.

Pero Carl ya no dudaba. En las semanas de entrenamiento, había visto a Viktor no como el mafioso de los rumores, sino como un hombre que había dejado atrás un pasado oscuro para construir algo real. Algo que Carl ahora quería para sí.

Esa tarde, Carl volvió a su mansión con los músculos doloridos pero la cabeza clara, Elena lo esperaba en el salón, con Misha jugando en la alfombra con bloques de madera.

Se sentó a su lado, le besó la mejilla.

—¿Cómo te fue hoy?

Carl sonrió levemente, claro, escondiendo un poquito el orgullo masculino.

—Bien. Muy bien. Golpeé el blanco perfecto.

Misha levantó la vista.

—¡Papi! ¿Ya sabes disparar como el tío Viktor?

Carl revolvió el cabello de su hijo.

—Algo así, campeón.

Esa noche, Carl llamó a Viktor otra vez, pero colgó de inmediato, estaba dudando, porque aún no encontraba la manera de poder compensar todo lo que estaban haciendo por él, buscaba la forma de poder obsequiar algo que a ellos les pudiera agradar, pero le pone de los nervios llamar a Viktor una y otra vez como si fueran novios.

Se le ponen los pelos de punta al pensar, pero rápidamente se sacude y vuelve a tomar el teléfono para marcar, con una decisión en la cabeza de saber qué ofrecer para esta ocasión. El teléfono timbró una sola vez y Carl habló...

—Ivanov… quiero colaborar con las fundaciones de Sofía. Las benéficas. Tengo contactos en el ayuntamiento que pueden agilizar permisos para escuelas en barrios pobres. Y dinero para invertir. No como caridad. Como socio.

Silencio al otro lado.

Luego Viktor respondió, voz neutra pero con un tono nuevo.

—Bienvenido, Kuzmin. Sofía va a estar contenta. Muy contenta.

Al día siguiente, la noticia llegó a la mansión Ivanov durante el desayuno. Sofía estaba en la cocina con Doña María, preparando café y arepas, cuando Viktor entró con el teléfono en la mano.

—Reina mía… escucha esto.

Sofía se giró, con la espátula en la mano.

—¿Qué, mi rey?

—Carl Kuzmin quiere colaborar con tus fundaciones. Permisos, dinero, contactos. Dice que es socio, no caridad.

Sofía se llevó la mano a la boca, los ojos brillantes.

—¿En serio? ¿Carl? ¿El mismo Carl que nos miró como si fuéramos veneno hace un año?

Viktor se rió bajito, atrayéndola por la cintura.

—El mismo. Y todo gracias a ti. A cómo lo miras. A cómo cuidas a Misha como si fuera tuyo. A cómo cambiaste todo esto.

Sofía se sonrojó, besándolo suave.

—Y gracias a ti, Viktor Ivanov. Por enseñarle a proteger. Por mostrarle que el poder no es solo dinero.

Doña María soltó una risa desde la estufa.

—¡Ay, mis hijos! ¡Esto es una bendición! ¡Ahora sí vamos a llenar Moscú de escuelas!

Alexei entró corriendo, con Nikolai de la mano.

—¡Mami! ¡Misha viene hoy! ¡Vamos a enseñarle al gatito a cazar ratones!

Sofía los abrazó a los dos.

—Sí, mi amor. Y ahora… ahora vamos a hacer que más niños como ustedes tengan un lugar donde aprender y jugar.

Viktor miró a su familia, el pecho lleno.

—Gracias, Carl— pensó en silencio. —Por fin entiendes.

Y mientras la mansión se preparaba para otro día de risas y dragones, Carl en su despacho sonreía por primera vez en mucho tiempo.

No era redención completa.

No todavía.

Pero era un tiro perfecto.

Y eso… eso ya era suficiente.

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