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Capítulo 148: El picnic bajo el sol de Marzo.

Ya había pasado una semana desde que el pequeño gatito llegó a la mansión. El gatito gris, ahora con la pata vendada y el pelo más limpio, se había convertido en una sombra suave que seguía a los niños por toda la casa. Dormía acurrucado entre Alexei y Nikolai por las noches, ronroneaba cuando Sofía lo cargaba y hasta se dejaba acariciar por Viktor cuando nadie miraba.

La mansión parecía más llena que nunca, risas que rebotaban en las paredes, maullidos suaves que se mezclaban con los gorgoteos de la pequeña Sofía, pasos rápidos de niños y el olor constante a comida casera que Doña María preparaba como si cada día fuera una celebración.

Ese domingo el sol salió limpio y tibio, el primero de marzo que realmente calentaba la piel.

Sofía decidió que era el día perfecto para un picnic en el jardín trasero. Extendió mantas grandes bajo el roble viejo, puso cojines, cestas con sándwiches de pollo y aguacate, arepas rellenas, jugo de mora, frutas cortadas y esa natilla cremosa que los niños adoraban. Y por supuesto, no podía olvidar a los Kuzmin así que los invitó.

Elena recibió la llamada con un silencio por varios segundos. —¿Un picnic? ¿En su casa?,— preguntó, con la voz tensa.

Sofía, al teléfono, respondió suave pero firme...

—Sí. Solo familia y amigos. Alexei espera a Misha, y a Carl lo están esperando. Y a ti también, Elena.

Hubo una pausa.

—Iré. Y… llevaré algo.

El sábado por la tarde, Carl y Elena llegaron en el auto gris junto con Misha. Carl bajó primero, con una caja envuelta en papel plateado. Elena salió detrás, con un vestido verde oliva sencillo pero elegante, el cabello suelto y una cesta con pastelitos de limón que había comprado en una pastelería exclusiva. No sonreía, pero tampoco fruncía el ceño. Era un esfuerzo. Un paso pequeño.

Los niños salieron corriendo al verlos.

Alexei abrazó a Misha con fuerza.

—¡Viniste! ¡Trajiste tu pelota nueva!

Misha rio y levantó una caja pequeña.

—Y traje esto para el gatito Gris. Un ratoncito de juguete con catnip.

Nikolai gateó hasta Elena y levantó los bracitos.

—¡Yaye! ¡Yaye! (idioma bebé, por supuesto)

Elena dudó un segundo. Luego se agachó y lo levantó con cuidado. Nikolai le puso las manitas en las mejillas y gorgoteó feliz. Elena sintió que algo se le aflojaba en el pecho.

Sofía salió a recibirlos con la pequeña Sofía en brazos. La bebé ya tenía siete meses y medio, gateaba rápido y empezaba a balbucear —ma-ma— con insistencia.

—Bienvenidos— dijo Sofía, voz cálida. —Pasen. Los niños ya están armando el picnic.

Elena miró a Sofía un segundo largo.

Luego a la bebé.

—Ha crecido mucho— murmuró.

Sofía sonrió.

—Sí. Y ya quiere gatear hasta el jardín. Es una pequeña exploradora.

Las mujeres se dirigieron a la cocina para terminar de preparar la mesa. Doña María ya tenía todo listo, manteles blancos, platos de cerámica, servilletas de tela. Elena se ofreció a ayudar, aunque sus movimientos eran rígidos al principio, mientras que Irina, Olga y Ana montaron la mesa en el jardín.

—¿Dónde pongo los pastelitos?— preguntó.

Sofía señaló la mesa.

—Allí, junto a las arepas. Gracias por traerlos.

Elena colocó la caja con cuidado.

Miró a Sofía de reojo.

—Yo… no sé hacer estas cosas. Picnics. Comida casera. Todo esto.

Sofía cortó una arepa y la puso en un plato.

—No hay que saber. Solo hay que querer. Y tú estás aquí. Eso ya es mucho.

Elena bajó la mirada.

—Cuando vine la primera vez… fui odiosa. Lo sé, y lo siento, no era por ti, era por mí, por miedo, por ver en ti lo que yo no tengo.

Sofía se detuvo, la miró fijamente.

—Lo sé. Y duele. Pero ya pasó, Misha y Alexei son amigos, y eso es lo que importa, el resto… el resto se arregla con tiempo.

Elena asintió lentamente.

—Quiero aprender. Quiero que Misha tenga esto. Quiero… que nuestra casa también tenga risas.

Sofía le puso una mano en el brazo.

—Entonces empieza hoy. Ven. Ayúdame a llevar esto afuera.

Mientras tanto, un poco más allá del jardín, Viktor, Carl y Dimitri, estaban sentados en sillas de madera, mirando a los niños jugar.

Alexei y Misha construían una torre de ramas y mantas. Nikolai gateaba alrededor, intentando derribarla. La pequeña Sofía estaba en una manta, con juguetes de tela, balbuceando y riendo cada vez que alguien le hacía cosquillas.

Carl habló primero, voz baja.

—Nunca pensé que estaría aquí. En tu casa. Viendo a mi hijo reír con el tuyo.

Viktor miró hacia los niños, Dimitri escuchaba la conversación en silencio, pero luego se levantó porque Ana lo había llamado para ayudarle con algunas cosas.

—Nunca pensé que te dejaría entrar. Pero los niños decidieron por nosotros.

Carl asintió.

—Elena… está cambiando. Poco a poco. Me dijo anoche que quiere otro hijo. Que quiere que nuestra casa sea como esta. Con ruido. Con vida.

Viktor sonrió apenas.

—Sofía también quiere otro. Dice que la mansión necesita más dragones.

Carl soltó una risa corta.

—Quizá algún día se lleven bien. Elena y Sofía.

Viktor miró hacia la casa.

—Ya se están llevando. Mira.

Desde la ventana, se veía a Sofía y Elena llevando bandejas hacia el jardín. Elena llevaba una con cuidado, Sofía a su lado, hablando bajito.

No eran amigas todavía. Pero ya no eran enemigas.

Los niños corrieron hacia ellas gritando.

—¡Comida! ¡Comida!

El picnic se armó bajo el roble, mantas, platos, risas. Elena se sentó al lado de Sofía, rígida al principio, pero cuando Misha le puso una corona de flores en la cabeza y le dijo “¡Mami es la reina de los dragones!”, algo se le aflojó en la cara.

Sonrió. Pequeño. Pero real.

Carl y Viktor se quedaron un poco atrás, mirando.

Carl habló sin mirar a Viktor.

—Gracias. Por dejar que Misha venga. Por no cerrarme la puerta.

Viktor asintió.

—Gracias por dejar que viniera. Por no cerrarle la puerta a Alexei.

Se miraron un segundo y sintieron comprensión mutua.

Y mientras los niños gritaban y comían, mientras Elena empezaba a reírse de verdad y Sofía le pasaba un plato con arepas, la mansión se llenó de ese calor que no se compra.

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