Mundo de ficçãoIniciar sessãoElena Kuzmin se quedó mirando por la ventana del salón principal hasta que el reloj marcó las seis y media. La luz de la tarde se había vuelto grisácea, y el jardín de su mansión parecía más vacío que nunca, setos perfectos, fuente encendida, pero ningún niño corriendo, ninguna risa infantil rebotando en las paredes. Se ajustó el pañuelo de seda al cuello, se miró en el espejo del pasillo, cabello impecable, maquillaje impecable, vestido de cachemira que costaba más que el sueldo de un maestro y sintió que algo dentro de ella se retorcía.
No estaba contenta, realmente no, claro que no podía estarlo, porque Misha había pasado la tarde en esa casa, en la mansión Ivanov. Con el hijo del hombre que Carl siempre había mirado con recelo, con esa mujer que hablaba con acento marcado que no es ruso y que, según los rumores que Elena había oído en su círculo, había “salvado” a Viktor de quién sabe qué infiernos. Elena no confiaba en ellos, en ninguno de ellos, no confiaba en nadie que viniera de un mundo donde el poder se medía en balas y no en balances bancarios, ni porque Misha haya sido salvado por ellos mismos, le cuesta reconocerlo. Se giró hacia Carl, que estaba en el despacho revisando correos en su teléfono. Entró sin llamar, cerró la puerta detrás de ella. —Carl… no me gusta esto. Misha no debería estar ahí. No con ellos. Carl levantó la vista lenta y deliberadamente, sus ojos estaban cansados, pero no duros. Ya no tanto. —Elena… ya hablamos de esto. Misha está feliz. Está jugando. Está con un amigo. Y después de lo que pasó… después de que casi lo perdemos… no voy a quitarle eso solo porque no me gusta el apellido del padre. Elena se cruzó de brazos, la voz temblando un poco. —¿Y si es peligroso? ¿Y si ese Viktor sigue siendo lo que siempre fue? ¿Y si Misha, mi Misha, termina envuelto en algo que no entiende? Carl se levantó de la silla, caminó hasta ella y le puso las manos en los hombros, su voz era baja, casi suave para tranquilizarla. —No es peligroso. No para Misha. Viktor me ayudó a traerlo de vuelta. Y su hijo… Alexei… le dio un dibujo cuando nadie más quería acercarse a Misha. Eso no se compra con dinero. Eso se gana. Y Misha lo ganó. Elena bajó la mirada a sus pies, aún no pudo responder, pero en su pecho, algo que parecía envidia se mezclaba con miedo. A las siete en punto, el auto gris se detuvo frente a la mansión Ivanov, Carl bajó primero, Elena detrás con el abrigo de piel abierto sobre los hombros, los tacones resonando en la grava como si anunciaran su llegada. La puerta principal se abrió antes de que tocaran y Alexei salió corriendo, con Misha de la mano. —¡Misha! ¡No te vayas todavía! ¡Vamos a terminar el dragón! Misha sonrió grande y contento. —¡Mañana! ¡Mi mamá dice que sí! Sofía salió detrás, con Nikolai en brazos y la pequeña Sofía dormida contra su pecho. Doña María asomó la cabeza desde la cocina, Ana y Dimitri desde el pasillo, sonriendo. Carl y Viktor se miraron otra vez, un breve asentimiento, leve entendimiento de cierta camaradería oculta. Igual que antes. Pero esta vez había algo más, una complicidad muda, nacida del miedo compartido y de la noche que habían pasado juntos. Elena se quedó quieta en la grava, mirando la escena, los niños corriendo, risas, Doña María ofreciendo una bolsa con galletas “para el camino”, Sofía con esa sonrisa cálida y natural que parecía iluminar todo a su alrededor. Elena sintió un pinchazo en el pecho, pero no era odio, oh no, era envida, de la pura y cruda, de la buena. Ella nunca había tenido eso, una familia que se reunía así, sin agendas, sin apariencias. Compartiendo amor y risas. Y Sofía… Sofía estaba ahí, en medio de todo, con los niños, con Viktor mirándola como si fuera el centro del universo. Elena apretó los labios casi mordiéndose sutilmente. Recordó aquella reunión frente a la directora, las palabras que había dicho sobre “extranjeros” y “acento ridículo”. Sabía que Sofía lo recordaba también, aquellas dos mujeres se miraron, con un silencio sepulcral opacando los otros sonidos de fondo en sus oídos, una evaluación mutua. Sofía con los ojos serenos pero alerta, Elena con los labios apretados y la postura rígida. Viktor y Carl lo notaron al mismo tiempo y ambos se echaron la mirada, una chispa rara pasó entre ellos, no era celos, no era rivalidad, se sentía como algo más primitivo. Ver a sus mujeres lanzándose miradas, miradas al carro del otro, al esposo del otro, a la ropa del otro, a la familia del otro, los calentó a los dos de una forma que no esperaban. Viktor sintió el pulso acelerarse. Carl sintió lo mismo, y este último ni siquiera lo había visto venir. Sofía rompió el silencio primero, voz suave pero firme. —Misha, ven aquí un segundo, mi amor. Dale un abrazo a Alexei antes de irte. Misha corrió hacia ella, abrazándola ffuerte Luego a Doña María, a Ana, a Dimitri, que le revolvió el cabello, y a la pequeña Sofía, que dormía ajena a todo, incluso a Irina y Olga que se asomaron de repente por una ventana. Elena se acercó lento y con cuidado, tomó la mano de Misha. —Vamos, mi cielo. Es tarde. Misha miró a Alexei. —¿Mañana jugamos otra vez? Alexei asintió con energía. —¡Sí! ¡Trae el dragón azul! Misha sonrió y subió al auto y cerró la puerta, Carl miró a Viktor una última vez. —Gracias por cuidarlo.” Viktor inclinó la cabeza asintiendo con aprobación. —Cuando quieras. La puerta está abierta. Elena no dijo nada, solo subió al auto, cerró la puerta y miró por la ventana hacia la mansión iluminada, hacia Sofía que abrazaba a Alexei, hacia Viktor que ponía una mano en la espalda de su esposa. El auto arrancó, empezando a desaparecer por el camino, dentro, Elena se quedó callada un rato bastante largo mientras que Carl condujo sin hablar, el silencio acaba solo hasta que Misha, desde el asiento trasero, dijo bajito... —Mami… la casa de Alexei es bonita. Y su mami me abrazó fuerte. Y su abuelita me dio galletas. ¿Podemos volver mañana? Elena sintió que algo se le rompía dentro, no respondió, sentía un extraño nudo corroer su garganta, Carl miró por el retrovisor a su hijo. —Sí, hijo. Podemos volver. Y mientras el auto se perdía en la carretera nevada, en la mansión Ivanov la luz seguía encendida. Alexei corría por el salón gritando —¡Mañana jugamos otra vez! Nikolai gateaba detrás. La pequeña Sofía se despertó y soltó un gorgoteo. Sofía miró a Viktor, con una sonrisa traviesa. —¿Viste cómo nos miró Elena? Viktor gruñó en sonda baja y gutural, atrayéndola por la cintura rellena y haciendo que la piel de Sofía se erice como la de gallina. —Vi cómo tú la miraste a ella. Y me puso caliente, reina mía. Ella se inclina robándole un beso rápido y luego se rió contra sus labios. —Entonces esta noche… cuando los niños duerman… me recuerdas por qué sigo siendo la única que te hace arder. Viktor la besó profunda y posesivamente. —Te lo recuerdo hasta que grites mi nombre, reina. Y esta vez… nadie nos va a interrumpir. Y mientras la mansión se llenaba de risas y el fin de semana empezaba, dos familias, tan diferentes, tan parecidas, empezaban a entender que los niños no preguntan por apellidos ni por pasado.






