Mundo ficciónIniciar sesiónEl sol ya se colaba con más fuerza por las rendijas de las cortinas cuando Alexei abrió los ojos. Parpadeó un par de veces, confundido por la luz, y se sentó en la cama con el cabello revuelto y la camiseta del pijama torcida.
Nikolai seguía durmiendo en su camita al lado, con la boca abierta y un hilito de baba en la almohada. Alexei se frotó los ojos, bostezó grande y de repente recordó... —¡Misha viene hoy! Saltó de la cama sin hacer ruido, o eso intentó, y salió corriendo por el pasillo descalzo, los piecitos golpeando la madera con un ritmo alegre y desordenado. La puerta de la habitación de sus papás estaba entreabierta, como siempre cuando Doña María pasaba a revisar que todo estuviera bien. Alexei empujó la puerta con las dos manitas y entró de golpe. —¡Papi! ¡Mami! ¡Ya me desperté! ¡Misha viene hoy! Viktor y Sofía se congelaron al instante. Estaban todavía enredados en las sábanas blancas, el cuerpo de él cubriendo el de ella por detrás en esa posición de cuchara que habían mantenido después del placer lento y profundo de la mañana. La bata de Sofía había caído al suelo hacía rato, y la sábana apenas cubría lo justo, los pechos de ella apretados contra el colchón, la cadera de Viktor pegada a su trasero, las piernas entrelazadas. Si Alexei hubiera entrado treinta segundos antes… bueno, mejor no pensarlo. Sofía fue la primera en reaccionar. Se giró un poco bajo el peso de Viktor, tirando de la sábana para cubrirse más el pecho, y le sonrió a su hijo con esa dulzura que siempre sacaba cuando él aparecía de sorpresa. —¡Mi campeón! Buenos días, mi amor. Ven, dame un besito. Alexei corrió hacia la cama, trepó de un salto y se lanzó sobre ellos. Viktor lo atrapó justo a tiempo, riendo bajito mientras lo acomodaba entre los dos, asegurándose de que la sábana no se moviera ni un centímetro. —¡Mami! ¡Papi! ¿Ya se levantaron? ¡Misha viene! ¡Dijo que traería su pelota nueva y vamos a jugar en el jardín a portería de dragones! Sofía le dió un besito en la parte superior de su cabeza en el cabello para prevenir ciertas... solo por si acaso, todavía con el calor del cuerpo de Viktor pegado a su espalda, y le acarició la mejilla. —Sí, mi vida. Misha llega en un ratito. ¿Ya desayunaste? Alexei negó con la cabeza, emocionado. —No, pero abuelita dijo que hay arepas con queso y chocolate. ¡Y que Nikolai ya se despertó y quiere jugar conmigo! Viktor, con la voz todavía ronca por el sueño y por lo que Sofía acababa de hacerle minutos antes, le revolvió el cabello a su hijo. —Entonces ve con abuelita, campeón. Nosotros nos vestimos y bajamos en cinco minutos. ¿Sí? Alexei asintió feliz y saltó de la cama. —¡Sí! ¡Los espero abajo! Salió corriendo otra vez, dejando la puerta abierta de par en par. Sofía soltó una risa ahogada y se giró hacia Viktor, todavía bajo las sábanas, con los ojos brillantes de travesura y un poco de vergüenza. —Por poco nos pilla, mi rey… casi casi. Viktor gruñó bajito, atrayéndola de nuevo contra su pecho y besándole el cuello con hambre contenida. —Ese niño tiene un timing perfecto para interrumpir. Pero no creas que terminamos, Sofía traviesa. Cuando Misha se vaya… te termino lo que empezaste. Y esta vez no vas a poder callarte. Sofía se mordió el labio, sintiendo cómo él ya volvía a endurecerse contra sus nalgas. —Prométemelo, Viktor… prométeme que esta tarde me haces gritar tu nombre hasta que los niños piensen que estoy viendo una película de terror. Él se rió casi sombríamente contra su piel, mordisqueándole el hombro. —Te lo prometo, reina mía. Gritos, gemidos, lo que quieras. Pero primero… primero bajamos a recibir al amigo de nuestro campeón. Y después… después te recuerdo por qué sigo siendo el rey de esta cama. Sofía se giró del todo, y lo besó profunda y lentamente, enredando los dedos en su cabello. —Te amo, Viktor Ivanov. Incluso cuando Alexei nos interrumpe en el mejor momento. Viktor la apretó más, besándola hasta dejarla sin aliento. —Y yo a ti, reina mía. Siempre. Ahora vístete antes de que vuelva a subir y nos encuentre así… porque esta vez no me detendré. Se levantaron entre risas contenidas, besos robados y promesas susurradas. Sofía se puso una bata suave y bajó a ayudar a su madre con el desayuno. Viktor se vistió rápido, jeans oscuros, camiseta negra, chaqueta de cuero, y bajó detrás, todavía sintiendo el calor de Sofía en la piel. Abajo, la mesa ya estaba llena, arepas humeantes, jugo de naranja, frutas cortadas, chocolate caliente. Alexei corría alrededor de la mesa, emocionado. —¡Misha ya viene! ¡Ya viene! Nikolai aplaudía desde su silla alta, gorgoteando feliz y haciendo un lindo desastre con el puré de pera. Y en el corazón de Viktor, mientras miraba a su familia, supo que todo valía la pena, el rescate, la tensión, ese miedo que consumió a todos incluso a los inesperados... todo. Porque al final del día, su hijo iba a jugar con su amigo. Y esa tarde… esa tarde él iba a hacer que Sofía gritara su nombre hasta quedarse ronca, y esta vez no iban a ser interrumpidos, pero por ahora esperarán a que Misha el pequeño dragón azul venga a jugar con Alexei el dragón rojo. El timbre de la mansión sonó justo cuando el sol empezaba a bajar hacia los pinos, tiñendo la nieve de un naranja suave y cálido. Sofía estaba en la cocina ayudando a Doña María con la merienda, arepas recién hechas, jugo de lulo fresco y un plato de galletas de avena que Olga había horneado esa mañana. Alexei corría de un lado a otro del salón, arrastrando a Nikolai de la mano para que viera “el jardín donde vamos a jugar con Misha”. El pequeño gateaba y reía, intentando seguir el paso de su hermano mayor. Viktor abrió la puerta principal. Allí estaba Carl, con Misha tomado de la mano. El niño llevaba la mochila de dinosaurio la misma que Alexei tenía y en la otra mano apretaba el dibujo del dragón doble que habían hecho juntos. Carl vestía de manera sencilla, chaqueta oscura, jeans, sin corbata, sin el aire de ejecutivo intocable que solía llevar. Sus ojos estaban cansados, pero no duros. Solo… un poco resignados, y quizás, por primera vez, un poco agradecidos. Viktor se quedó en el umbral, sin moverse. Carl tampoco avanzó, se miraron un segundo largo, no hubo palabras al principio, solo ese asentimiento breve, casi imperceptible, un movimiento mínimo de cabeza de Viktor, respondido por Carl con el mismo gesto, todavía no era paz o amistad, era un breve reconocimiento de dos padres que, por una noche habian compartido el mismo terror, dos hombres que, por sus hijos, habían decidido dejar las armas guardadas… al menos por hoy. Carl habló primero, voz baja y controlada. —Viene a jugar. Lo recojo a las siete. Si se porta mal, me avisas. Viktor asintió levemente con serenidad. —Se portará bien. Y si no… lo manejamos aquí. Sin dramas. Misha miró hacia arriba, primero a su papá, luego a Viktor. Luego vio a Alexei asomándose desde el salón, saltando en el sitio con los ojos brillantes. —¡Misha! ¡Ven! ¡Tenemos el jardín listo para los dragones! Misha soltó la mano de Carl y corrió hacia Alexei. Los dos se abrazaron fuerte, como si no se hubieran visto en años en vez de un día. Carl los observó un segundo, luego miró a Viktor otra vez. —Cuídalo. Viktor sostuvo la mirada. —Como si fuera mío. Carl asintió una vez más, se dio la vuelta, subió al auto gris y arrancó sin mirar atrás, Viktor cerró la puerta detrás de ellos. Dentro, la mansión explotó en ruido alegre. Alexei arrastraba a Misha hacia el jardín, Nikolai gateando detrás como podía, Doña María gritando —¡no corran que se van a caer!— mientras llevaba una bandeja de jugo. Sofía salió del pasillo, vio a Viktor en la puerta y se acercó. —¿Todo bien?— preguntó bajito, poniéndole una mano en el brazo. Viktor la atrajo por la cintura, besándole la sien. —Todo bien, reina mía. Misha se queda hasta las siete. Carl… Carl solo asintió. No dijo más. Pero vino. Y dejó a su hijo aquí. Eso es más de lo que esperaba. Sofía sonrió suavemente, apoyando la cabeza en su pecho. —Los niños lo están arreglando todo. Paso a paso. Viktor miró hacia el jardín, donde Alexei y Misha ya corrían detrás de una pelota, riendo a carcajadas mientras Nikolai intentaba seguirlos gateando y cayéndose cada dos metros. —Sí… paso a paso. Sofía levantó la vista, traviesamente. —Y esta tarde… cuando los niños estén jugando y mamá los vigile… ¿me vas a terminar lo que empezamos esta mañana? Viktor gruñó bajito, apretándola más contra él. —Te lo termino hasta que no puedas caminar, reina traviesa. Y esta vez… nadie nos interrumpe. Ella rió contra su boca, besándolo lento y profundo. —Ya me lo habías prometido, pero quiero que me lo vuelvas a prometer, Viktor Ivanov. —Te lo prometo, reina mía. Y mientras los niños gritaban de alegría en el jardín, mientras Doña María preparaba más chocolate caliente y la mansión se llenaba de ese calor que no se compra con dinero, Viktor supo que el camino seguía siendo largo. Lo recorría con una familia que crecía. Con un hijo que hacía amigos donde antes había enemigos. Con una esposa que lo volvía loco cada mañana y cada noche. Y con la promesa de que, aunque el mundo siguiera siendo cruel, ellos tenían un lugar donde los dragones rojos y azules volaban juntos. Donde los niños no tenían que elegir entre pelear o huir. Donde simplemente… jugaban. Y eso… eso era más que suficiente, por ahora y para siempre.






