El sol ya se colaba con más fuerza por las rendijas de las cortinas cuando Alexei abrió los ojos. Parpadeó un par de veces, confundido por la luz, y se sentó en la cama con el cabello revuelto y la camiseta del pijama torcida.
Nikolai seguía durmiendo en su camita al lado, con la boca abierta y un hilito de baba en la almohada.
Alexei se frotó los ojos, bostezó grande y de repente recordó...
—¡Misha viene hoy!
Saltó de la cama sin hacer ruido, o eso intentó, y salió corriendo por el pasi