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Capítulo 139: El despertar deliciosamente lento.

Era sábado por la mañana y la mansión parecía flotar en un silencio dorado. La nieve había dejado de caer durante la noche y ahora el sol entraba tímido por las ventanas altas, dibujando rayas de luz sobre las alfombras y los muebles de madera oscura.

Doña María ya estaba en la cocina junto con Irina y Olga, preparando el desayuno dominical, arepas recién hechas, huevos revueltos con tomate y cebolla, chocolate caliente con canela que olía a hogar y a tradición.

Alexei y Nikolai dormían profundamente en su habitación, agotados después de una semana que había sido demasiado larga para niños tan pequeños. La pequeña Sofía respiraba suave en su cuna, con los puñitos cerrados cerca de la cara. Ana y Dimitri habían llegado tarde la noche anterior y aún no se habían levantado.

Viktor estaba en la cama de la habitación principal, boca abajo, con la sábana enredada en las caderas y el cuerpo pesado por el cansancio acumulado. El rescate de Misha le había dejado más secuelas de las que admitía, las piernas le dolían por la carrera y las horas agachado en posiciones imposibles, los músculos de la espalda y los hombros estaban tensos como cuerdas de guitarra, y aunque no había heridas graves, el cuerpo entero le recordaba que ya no tenía veinticinco años.

Dormía profundo, respirando lento, con la cara hundida en la almohada.

Sofía se despertó primero, estirando su cuerpo haciendo desaparecer y aparecer los rollitos que tanto le encantan a Viktor apreciar, se gira viendo a su amado esposo, se quedó un rato mirándolo desde su lado de la cama, el cabello revuelto, la espalda marcada por cicatrices antiguas y por las nuevas tensiones de esa noche infernal, los brazos fuertes que habían cargado a un niño ajeno como si fuera suyo.

Sintió un calor subirle por el vientre al verlo así, vulnerable y fuerte al mismo tiempo.

Y entonces sonrió, lenta y malévola, porque vio en ese cuerpo cansado una oportunidad deliciosa.

Se deslizó despacio bajo las sábanas, sin hacer ruido. Lo volteó con cuidado, él gruñó bajito en sueños pero no despertó, dejándolo boca arriba.

La sábana se bajó sola hasta la mitad de sus muslos, dejando al descubierto su longitud ya medio dura por el sueño matutino.

Sofía se mordió el labio inferior, sintiendo que el pulso se le aceleraba solo de mirarlo, sus pupilas se dilataron de inmediato y se acomodó entre sus piernas, apoyando las manos en los muslos fuertes y tensos.

Empezó masajeándolos despacio, los músculos de sus muslos poderosos, con las palmas abiertas, subiendo y bajando en círculos suaves, deshaciendo los nudos que la noche había dejado. Viktor suspiró entre sueños, el cuerpo relajándose un poco bajo sus manos sin saber lo que le estaban haciendo fuera de su mundo onírico.

Entonces sin más, Sofía bajó la cabeza.

Primero un beso suave en la base, apenas un roce de labios. Luego la lengua, lenta, trazando la vena que latía bajo la piel. Lo tomó en la boca despacio, sin prisa, envolviéndolo con calor húmedo mientras seguía masajeando los muslos con las manos, abriendo y cerrando los dedos para relajar cada músculo.

Viktor se removió, un gemido bajo escapando de su garganta, pero aún no lo sentía del todo.

Los ojos seguían cerrados y poco a poco el cuerpo ya empezaba a responder, se endureció por completo en su boca, palpitando contra su lengua, sus ojos se movían bajo los párpados como si estuviera soñando todavía y que es el sueño quien lo lleva a sentir esas deliciosas sensaciones.

Sofía sonrió contra él con la boca llena, sin sacarlo. Aceleró un poco el ritmo, succionando con más fuerza, dejando que la saliva resbalara para hacerlo más resbaladizo y el sonido húmedo que hace al momento de succionar.

Una mano subió a acariciar sus pequeños globos saltarines y llenos con suavidad, la otra siguió masajeando el interior de los muslos, presionando justo donde más dolía.

Viktor abrió los ojos lentamente, confundido al principio tratando de recordar en donde estaba y por qué estaba ahí, luego baja la mirada y con una sonrisa lenta y perezosa ve a Sofía ahí.

—Sofía… joder… qué manera de despertar…— su voz salió ronca de recién despierta y eso le hizo erizar la piel a Sofía.

Sofía levantó la vista sin sacarlo de la boca, los ojos brillantes de picardía.

—Shhh, mi rey… déjame cuidarte. Te dolió todo anoche. Déjame hacer que te olvides— su voz sale ahogada por la boca llena y ocupada.

Volvió a bajar, tomándolo más profundo esta vez, la garganta relajada para recibirlo entero.

Viktor echó la cabeza hacia atrás, un gemido ronco escapando de su pecho. Sus manos se enredaron en el cabello de ella, no para guiarla, sino para sostenerse.

—Así… justo así… mi reina traviesa…

Sofía aceleró el ritmo, alternando succiones profundas con lamidas largas en la punta, masajeando los muslos con más fuerza para que el dolor se mezclara con el placer. Viktor se arqueó un poco, las caderas moviéndose involuntariamente hacia su boca.

—Sofía… voy a… joder…

Ella no se apartó. Lo tomó entero cuando llegó, succionando suave mientras él se derramaba en su garganta con un gruñido largo y bajo que reverberó en la habitación, sus caderas se sacuden erráticamente poniendo los ojos en blanco de pura felicidad.

Cuando terminó, Sofía subió despacio por su cuerpo, besándole el abdomen, el pecho, el cuello, hasta llegar a su boca. Viktor la atrapó en un beso profundo, saboreándose a sí mismo en sus labios, las manos bajando por su espalda para apretarle las nalgas.

—Eres peligrosa, reina mía,— murmuró contra su boca, todavía jadeando.

Ella sonrió, acomodándose a horcajadas sobre él.

—Y tú estás recuperado, mi rey. Mira cómo te puse duro otra vez en cinco minutos.

Viktor se rió bajito, volteándola con facilidad para quedar encima.

—Entonces ahora me toca a mí cuidarte despacio… hasta que grites mi nombre y despierte a toda la casa.

Sofía se mordió el labio, abriendo las piernas para él.

—Empieza ya, Viktor… que Misha llega en un rato y quiero estar lista para ver a los dragones jugar.

Él entró despacio, profundo, y los dos se perdieron en ese ritmo lento y caliente que siempre los unía.

Abajo, Doña María tarareaba en la cocina, preparando más chocolate caliente ausente de todo lo que pasaba en aquella habitación, y la mansión… la mansión seguía respirando.

Con niños durmiendo, con los padres que se amaban en silencio, un rescate que había terminado más que bien y, con la promesa de que, pase lo que pase, siempre habría un lugar donde volver. Donde los dragones rojos y azules estaban apunto de encontrarse de nuevo y volar juntos.

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