Mundo ficciónIniciar sesiónLa nieve había decidido quedarse quieta esa noche, como si supiera que el mundo necesitaba un respiro antes de romperse del todo. Viktor conducía con las manos apretadas al volante, los nudillos blancos contra el cuero negro.
Dimitri iba en silencio a su lado, el teléfono en la mano, actualizando coordenadas que el contacto de la FSB enviaba en mensajes cortos y precisos. El todoterreno cortaba la carretera A-107 como un cuchillo, los faros bajos iluminando solo lo necesario para no perder el rumbo. Viktor rompió el silencio primero, la voz baja, casi ahogada por el ronroneo del motor. —¿Crees que Carl va a aguantar el tipo cuando lleguemos? Dimitri miró por la ventana, la nieve reflejándose en sus ojos. —Carl está roto, Viktor. Lo vi en la escuela. Ese hombre no está pensando en venganza ni en negocios. Está pensando en que su hijo podría estar muerto. Eso te hace hacer cosas que nunca harías. Como aceptar ayuda de alguien que odias. Viktor soltó una risa amarga. —¿Odiarme? No sé si me odia tanto como antes. O tal vez sí. Pero esta noche no importa. Solo importa que Misha vuelva a casa. Alexei no va a comer hasta que lo vea entrar por la puerta. Dimitri asintió despacio. —Alexei es fuerte. Como tú. Pero también es blando donde tú eras puro acero. Ese niño siente todo. Y sentir a Misha lejos… lo está matando por dentro. Viktor apretó el acelerador un poco más. —Entonces lo traemos de vuelta. Rápido. Limpio. Y después… después vemos qué carajos hacemos con Carl. Llegaron al cruce de Klin veinte minutos después. El auto de Carl ya estaba ahí, luces apagadas, motor encendido. Viktor estacionó al lado, bajó y caminó hacia él sin prisa. Carl salió del suyo, el abrigo abierto, el rostro pálido bajo la luz de los faros. —¿Trajiste lo que pedí?— preguntó Viktor sin preámbulos. Carl asintió y le pasó un sobre delgado. —Todo lo que tengo, transacciones recientes, nombres de enemigos, el número que ignoré. Mi gente ya está rastreando la van por GPS privado, pero perdieron la señal hace media hora en un polígono industrial abandonado a quince kilómetros al norte. Es un laberinto de almacenes viejos. Perfecto para esconderse. Viktor abrió el sobre, hojeó los papeles rápido y se los pasó a Dimitri. —Bien. Sergei y Boris llegan en cinco minutos. Vamos a dividirnos: tú y yo entramos por el este con dos hombres. Dimitri y Sergei por el oeste. Boris cubre la salida trasera. Nada de héroes. Nada de disparos si no es necesario. El objetivo es Misha. Vivo. Carl lo miró fijo. —No quiero que muera nadie. Ni siquiera los que se lo llevaron. Viktor alzó una ceja. —¿Desde cuándo te importa la vida de los que tocan a tu hijo? Carl tragó saliva. —Desde que vi a mi esposa esperando en la ventana como si el mundo se hubiera acabado. Desde que entendí que mi hijo no va a volver si esto se convierte en un baño de sangre. Quiero a Misha. No quiero más enemigos. Viktor lo estudió un segundo largo. —Entonces nos movemos con cabeza. Entra, sacamos al niño, salimos. Sin dejar rastro que nos vuelva a casa. Dimitri intervino, voz calma pero firme. —Carl… si esto sale bien, quizás después podamos hablar. No como enemigos. Como padres. Porque nuestros hijos ya decidieron que son amigos. Y los amigos no se dejan atrás. Carl no respondió de inmediato. Miró hacia la oscuridad, donde la nieve seguía cayendo. —Traigamos a mi hijo primero. Después… veremos. Los autos de Sergei y Boris llegaron en ese momento, silenciosos como fantasmas. Los hombres bajaron, armados pero discretos. Viktor dio las órdenes rápidas, precisas. —Entramos en diez minutos. Comunicación por radio. Nada de luces. Nada de ruido. Si ven a Misha, lo sacan. Si hay resistencia… neutralizan. Pero vivo. El niño sale vivo. Todos asintieron. Carl miró a Viktor una última vez. —No sé si te agradezco esto, Ivanov. Pero… gracias. Viktor no sonrió. —No lo hago por ti. Lo hago por Alexei. Porque mi hijo llora por el tuyo. Y eso… eso duele más que cualquier bala. Subieron a los autos. Los motores ronronearon bajos. Y mientras se perdían en la carretera hacia el polígono abandonado, Viktor pensó en Sofía esperando en casa, en Alexei durmiendo con lágrimas secas en las mejillas, en la pequeña Sofía en su cuna. Y después vez en mucho tiempo, no pensó en ganar una guerra. Pensó en traer a un niño a casa. Y eso… eso era lo único que importaba esa noche. En la mansión, Sofía seguía velando el sueño de Alexei. Le acariciaba el cabello despacio, susurrándole bajito. —Vuelve pronto, Misha… tu amigo te está esperando. Y aunque la nieve seguía cayendo afuera, dentro de esa casa había un fuego que no se apagaba. El fuego de una familia que no se rendía. El fuego de un padre que iba a traer de vuelta a un niño que no era suyo. Porque, al final, los hijos de los demás… también eran un poco suyos. Cuando se trataba de protegerlos. El todoterreno de Viktor avanzaba por la carretera secundaria que llevaba al polígono de Klin, los faros cortando la nieve como cuchillos amarillos. El silencio dentro del vehículo era denso, solo roto por el ronroneo del motor y el ocasional crujido de la radio cuando Sergei o Boris confirmaban su posición. Dimitri revisaba el mapa digital una vez más, ampliando la zona del polígono abandonado, veintitrés almacenes derruidos, pasillos estrechos entre ellos, entradas laterales tapiadas con láminas de metal oxidado. Un laberinto perfecto para esconderse… y para tender emboscadas. Viktor rompió el silencio con voz baja, casi un murmullo. —Si esto es por Carl, van a querer negociar. Dinero, favores, algo que él pueda dar. Si es por mí… entonces no van a querer hablar. Solo van a querer sangre. Dimitri levantó la vista del tablet. —Entonces entramos asumiendo lo peor. Sergei y Boris cubren las salidas traseras. Tú y yo por el frente con Carl. Nada de héroes. Si vemos a Misha, lo sacamos primero. Si hay rehenes… negociamos. Pero si tocan un pelo del niño… Viktor apretó el volante hasta que el cuero crujió. —No van a tocarlo. Porque si lo hacen, no va a haber nadie vivo para contarlo. Dimitri lo miró de reojo. —¿Y Carl? ¿Confías en que no se descontrole? Viktor soltó una risa corta, opuesta a la alegría, bien amarga. —No confío en él. Pero confío en que ama a su hijo. Y el amor hace que un hombre haga cosas estúpidas… o cosas inteligentes. Esta noche vamos a ver cuál de las dos es. El polígono apareció al final de la recta, siluetas oscuras de naves industriales derruidas, techos hundidos, ventanas rotas que parecían ojos vacíos. Viktor apagó los faros y detuvo el vehículo a doscientos metros. Carl ya estaba allí, su auto gris fundido con la sombra de un muro derruido. Bajó solo, con una linterna en la mano y el rostro demacrado bajo la luz fría. Viktor y Dimitri se acercaron. Sergei y Boris se desplegaron en silencio por los flancos. Carl habló primero, voz ronca por el frío y la falta de sueño. —La señal del GPS de Misha se cortó aquí. Dentro del almacén central. Hay movimiento, luces intermitentes en una de las ventanas altas. Al menos cuatro hombres. Armados. Viktor asintió, escaneando el perímetro. —Entramos por el este. Dimitri y yo por la puerta lateral. Tú y Sergei por la principal. Boris cubre la salida trasera. Nada de disparos hasta que veamos al niño. Si hay negociación, la llevamos yo. Tú quédate atrás. No quiero que te maten por impulsivo. Carl lo miró fijamente y con seriedad. —No soy impulsivo cuando se trata de mi hijo. Pero si veo que lo tocan… no prometo nada. Viktor le puso una mano en el hombro, firme. —Entonces prométeme esto, si algo sale mal, sacas a Misha primero. No te quedes por venganza. Sácale de aquí. Yo me encargo del resto. Carl tardó en responder. Luego asintió una sola vez. —Trato. Dimitri intervino, voz baja. —Comunicación por radio. Canal tres. Código rojo si ven al niño. Código negro si hay bajas. Vamos. Se dividieron. Viktor y Dimitri avanzaron pegados a las sombras de los muros derruidos. El frío les calaba los huesos, pero ninguno lo sentía. Solo adrenalina. Solo el pulso latiendo en las sienes. Llegaron a la puerta lateral del almacén central, metal oxidado, cadena rota colgando como un lazo flojo. Viktor la empujó con cuidado. Crujió. Entraron. El interior era un caos de maquinaria abandonada, pilas de ladrillos rotos, sombras largas que bailaban con la luz de una lámpara improvisada al fondo. Voces bajas. Hombres hablando en ruso entrecortado. Viktor y Dimitri se pegaron a una pared, avanzando despacio. Carl y Sergei entraron por la principal al mismo tiempo. El plan se ejecutó en silencio perfecto. Entonces lo vieron. Misha estaba en el centro del almacén, atado a una silla de metal, la boca amordazada con cinta adhesiva, los ojos muy abiertos y llenos de lágrimas. Cuatro hombres alrededor, dos con rifles, dos con pistolas. Uno de ellos hablaba por teléfono, voz baja. —…el niño está vivo. Esperamos instrucciones. Sí, el padre ya debe estar desesperado. El pago o lo que pidan… Viktor hizo la señal con la mano, tres dedos. Dos. Uno. Dimitri y Sergei se movieron al mismo tiempo. Un disparo silenciado. Uno de los hombres cayó con un agujero limpio en la cabeza, y el caos se formó de inmediato. Carl gritó —¡Misha!— y corrió hacia adelante sin pensar. Viktor maldijo por lo bajo y se lanzó también. Los hombres restantes abrieron fuego, las balas rebotando en el metal y por todas partes llenas de peligro, chispas y gritos resonando en el espacio. Dimitri derribó a otro con un tiro preciso en la pierna. Sergei cubrió a Carl, empujándolo detrás de una pila de ladrillos. Viktor llegó hasta Misha, cortó las cuerdas con el cuchillo táctico y lo levantó en brazos. —Tranquilo, pequeño. Ya estás a salvo. Misha sollozó contra su pecho, los brazos alrededor de su cuello. —¡Alexei! ¡Dile a Alexei que estoy bien! Viktor lo apretó fuerte. —Se lo diré. Ahora vamos a casa. Carl apareció a su lado, jadeando, los ojos llenos de lágrimas. —Mi hijo… Viktor le pasó a Misha con cuidado. —Llévalo afuera. Nosotros cubrimos la salida. Carl tomó a su hijo como si fuera lo más frágil del mundo y corrió hacia la puerta. Los hombres restantes intentaron huir. Dimitri y Sergei los neutralizaron, uno muerto, otro herido y capturado, Boris llegó desde atrás, cubriendo la retirada. Todos salieron del almacén en menos de cuatro minutos. En el exterior, Carl abrazaba a Misha con fuerza, besándole la cabeza una y otra vez. —Lo siento, hijo… lo siento tanto… Misha lloraba contra su pecho. —Papá… Alexei me salvó… él me dijo que me cuidaría… Carl levantó la vista hacia Viktor, que se acercaba con sangre en la manga pero sin herida grave, no dijo nada... todavía, solo extendió la mano, y Viktor se la tomó, no fue un apretón de reconciliación o hermandad, fue un apretón de padres que, por una noche, habían dejado de ser enemigos. —Gracias— murmuró Carl, con la voz quebrada por la emoción. Viktor asintió levemente comprendiendo. —Llévalo a casa cuando esté listo. Alexei lo está esperando. Carl subió a su auto con Misha en brazos. Viktor y Dimitri volvieron al todoterreno. El camino de regreso fue silencioso. Pero cuando llegaron a la mansión, las luces seguían encendidas. Sofía esperaba en la puerta, con Alexei en brazos, el niño medio dormido pero con los ojos abiertos. Viktor bajó primero del auto y Alexei lo vio y gritó. —¡Papi! Viktor corrió, tomó a su hijo y lo levantó alto. —Lo rescatamos, campeón. Misha está bien. Está con su papá, ambos a salvo, mañana viene a casa. Alexei sollozó de alivio, abrazándolo fuerte. —¡Gracias, papi! ¡Sabía que lo ibas a traer! Sofía se acercó, lágrimas en los ojos, y abrazó a los dos con fuerza y llena de sentimiento, Viktor la besó en la frente, luego en los labios. —Volví entero, reina mía, justo como te gusta que regrese a casa después de tanto revuelo. Ella sonrió entre lágrimas y risitas incontrolables y temblorosas pero por el alivio. —Siempre vuelves entero, mi rey. Y mientras la familia entraba a la mansión, con la nieve cayendo suave afuera, Viktor miró hacia la carretera oscura. Carl y Misha ya se habían ido. Pero algo había cambiado, y eso ya era un comienzo, yni frágil y lleno aún de dudas y recuerdos del pasado, pero por lo menos, era un buen comienzo al fin, y para dos niños que, no eran amigos pero que se convirtieron en los mejores, dibujando dragones juntos, era suficiente. Por ahora.






