Mundo ficciónIniciar sesiónLa clase de esa mañana era tranquila como cualquier otra. La maestra dibujaba letras en la pizarra, los niños repetían en coro, algunos se removían en sus sillas, otros garabateaban en los márgenes de sus cuadernos.
Alexei y Misha estaban sentados juntos en la segunda fila, como siempre, Alexei levantaba la mano cada dos minutos, Misha, más callado, pero atento, copiaba las letras con cuidado. De vez en cuando se miraban y sonreían, recordando el dragón de dos colores que habían terminado el día anterior. Entonces todo cambió en un segundo. Un estruendo seco en el pasillo, las puertas que se abrían de golpe, los gritos ahogados de las maestras de los salones cercanos, y pasos pesados, botas contra el piso de linóleo. Unos hombres vestidos de negro, con los rostros cubiertos con pasamontañas, rifles cortos en las manos, no gritaban órdenes, no necesitaban eso, simplemente el terror hablaba por ellos. El timbre de simulacro sonó de inmediato, alguien lo tocó desde el otro lado, pero ya era tarde, era real. Los niños se levantaron en una cacofonía de sillas que se arrastraban y llantos que empezaban a escucharse por los salones y pasillos, la maestra gritó —¡bajo las mesas, ya!— pero los hombres ya entraban al salón. —¡Todos al suelo! ¡Silencio o disparo! El caos explotó de golpe, los niños corriendo por los pasillos, empujándose, cayendo, gritando nombres y llamando a sus padres que aún no se enteraban del revuelo, varias maestras trataban de guiarlos hacia las salidas de emergencia, pero los hombres bloqueaban los corredores. Alexei y Misha se levantaron al mismo tiempo. Se tomaron de la mano por instinto, como habían hecho mil veces en el recreo, y sin más corrieron hacia la puerta lateral del salón, la que daba al pasillo de atrás. Misha, con un año mayor, se sentía grande de repente, se giró y miró a Alexei que temblaba pero no lloraba y le apretó la mano más fuerte para intentar calmarlo. —No te sueltes, Alexei, yo te cuido, como el dragón más grande. ¿Sí? Alexei asintió rápido, los ojos muy abiertos. —Sí… como el dragón azul. Corrieron por el pasillo, zigzagueando entre niños que lloraban y maestras que gritaban, el aire olía a pólvora y miedo. Pero entonces chocaron con el menos inesperado, un cuerpo sólido, negro, les cerró el paso, sí, era uno de los hombres. Misha se tambaleó hacia atrás, Alexei cayó de rodillas. El hombre miró a Misha... solo a Misha. —Es él— dijo por el comunicador en su oreja. —El Kuzmin. Misha se quedó helado, su piel se hizo pálida de inmediato, y sintió que aquella confianza de dragón desapareció en instantes, Alexei se levantó de un salto, poniéndose delante como un escudo chiquito. —¡No! ¡Déjalo! El hombre lo empujó con una patada limpia en el pecho, para un niño de cinco años fue como si lo hubiera atropellado un carro. Alexei voló hacia atrás, golpeándose contra la pared, el aire saliéndole de los pulmones en un jadeo roto. Misha gritó. —¡Alexei! El hombre lo levantó del brazo como si fuera un muñeco de trapo, mientras que otro encapuchado apareció por el pasillo, cubriendo la retirada. —¡Lo tengo! Lo arrastraron hacia la salida de emergencia, y el pobre Alexei seguía tirado en el suelo, jadeando, y viendo cómo se llevaban a su amigo, se arrastró hacia adelante, intentando alcanzarlo. —¡Misha! ¡Misha! Pero una maestra lo agarró por detrás, lo levantó y lo llevó corriendo hacia el interior del edificio sin haberse dado cuenta de que uno de los tanto niños fue capturado. Los disparos al aire resonaron fuera, los gritos de padres que llegaban en autos casi apunto de estrellarse con otros, algunos frenazos forzados y apurados, puertas que se abrían de golpe. Viktor y Carl llegaron casi al mismo tiempo. Viktor en su todoterreno negro, Carl en el gris, ambos bajaron corriendo hacia la entrada principal, donde ya había policías, padres gritando nombres, niños llorando en grupos. Viktor vio a la maestra que había llegado para rescatar a su hijo, saliendo con Alexei en brazos, el niño tosiendo y con la cara pálida, él no dudó y rápidamente corrió hacia ellos, tomó a su hijo y lo apretó contra el pecho. —¿Estás bien? ¿Estás herido? Alexei sollozó por primera vez. —Se llevaron a Misha, papi… se lo llevaron… yo quise ayudarlo… Viktor sintió que el mundo se detenía, la historia se repetía, miró hacia la salida de emergencia, dos hombres encapuchados subiendo a una van negra con Misha forcejeando entre ellos. El niño gritaba su nombre. —¡Alexei! Carl llegó corriendo, vio la escena y se quedó congelado en su puesto, como si raíces invisibles no dejaban que se moviera, ahí lo vió, a su hijo, su Misha siendo arrastrado como un paquete. Con los pies pesados intentó correr hacia la van, pero los policías lo detuvieron. —¡Es mi hijo! ¡Suéltenme! La van arrancó sin aviso y los disparos al aire sonaron en el cielo para dispersar a la multitud, y en unos segundos se perdió de vista en la calle. Viktor, con Alexei en brazos, miró a Carl a los ojos por encima del caos, no había odio en esa mirada, solo una comprensión muda, dolorosa. Carl se derrumbó de rodillas en la nieve. —Mi hijo… Viktor apretó a Alexei más fuerte, sintiendo que su propio mundo se rompía, no pudo actuar, no siquiera sabía cómo, ni para correr, porque su pasado lo ataba, cualquier movimiento suyo ahora sería una declaración de guerra, y con Alexei en brazos… no podía arriesgarse. Carl tampoco pudo hacer nada. Solo ver cómo se llevaban a su hijo. Los dos hombres rivales, enemigos, lo que fueran se miraron un segundo largo en medio del caos, no había palabras, solo el grito de Alexei, tembloroso y triste... —¡Misha…! Y el silencio que quedó después, sólo el sonido de las sirenas, la negligencia de los policías y voces de fondo de los niños y maestros. Y ahora... los dragones ya no iban a jugar juntos hoy en el recreo, porque uno había sido arrancado, y el otro… el otro se había quedado atrás, llorando por su amigo. Mientras la policía llegaba en masa, Sofía llegó momentos después con Dimitri que la había traído en el otro auto, ambos corrían hacia Viktor y Alexei, mientras Carl se levantaba temblando… ambos padres supieron lo mismo, esto no había terminado, y esta vez… no era solo por ellos, era por sus hijos y eso… eso cambiaba todo. Carl Kuzmin se quedó arrodillado en la nieve sucia del patio de la escuela, con las rodillas hundidas en el frío que le calaba los huesos como un castigo merecido. El mundo a su alrededor era un torbellino de sirenas lejanas, gritos de padres histéricos y el eco de los disparos al aire que aún resonaban en sus oídos. Pero él no oía nada. Solo repetía en su mente la escena una y otra vez, como una película rota, la van negra acelerando, el rostro aterrorizado de Misha gritando “¡Papá!” desde la ventana trasera, las manos de los encapuchados sujetándolo como si fuera un paquete cualquiera. Su hijo. Su pequeño Misha, arrastrado por hombres sin rostro. —¿Cómo pude dejar que pasara esto?— murmuró para sí mismo, las manos temblando mientras se cubría la cara. Lágrimas calientes rodaron por sus mejillas, congelándose casi al instante en el aire helado. Se culpaba por todo, por no haber contestado esa maldita llamada del número desconocido que había sonado dos veces antes, por ignorar las advertencias que flotaban en su mundo de negocios turbios, por pensar que su dinero y sus contactos lo protegían de todo. —Si hubiera respondido… si hubiera investigado… Misha estaría aquí ahora. Dios, ¿qué van a hacerle? Los hilos empezaban a formarse en su cabeza, fragmentos de conversaciones olvidadas, rivales en el ayuntamiento que habían perdido contratos por su culpa, deudas que había cobrado con mano dura. ¿Extorsión? ¿Venganza? ¿O algo peor, relacionado con ese número que ahora parecía una advertencia ignorada? Su mente daba vueltas, culpándose más con cada segundo. Viktor Ivanov estaba a unos metros, con Alexei apretado contra su pecho como si el niño fuera lo único que lo mantenía anclado. No sabía qué hacer. Sus instintos gritaban que corriera tras la van, que llamara a sus hombres, que desatara el infierno que había guardado durante un año. Pero con Alexei temblando en sus brazos, pálido y con los ojos vidriosos por el golpe, no podía moverse. No podía arriesgar a su hijo. No podía volver a ser el hombre que resolvía todo con balas. —¿Qué hago ahora?— pensó, el pánico subiéndole por la garganta. —¿Llamo a mis contactos? ¿O dejo que la policía haga su trabajo? Joder… no puedo fallarle a mi hijo. Sofía llegó corriendo desde el otro lado del patio, con el abrigo abierto y el rostro pálido como la nieve. Dimitri estaba detrás de ella, jadeando por la carrera desde el auto donde habían llegado juntos. Sofía se detuvo en seco al ver a Alexei en brazos de Viktor, el niño con el labio partido y un raspón en la mejilla que empezaba a hincharse. —¡Alexei!— gritó, extendiendo los brazos. Viktor se lo pasó con cuidado, y ella lo abrazó fuerte, besándole la cara mientras lágrimas rodaban por sus mejillas. —¿Qué pasó, mi amor? ¿Por qué estás tan pálido? ¿Quién te hizo esto? Alexei sollozó contra su cuello, las palabras saliendo entre hipidos. —Se… se llevaron a Misha, mami… lo empujé… pero no pude ser más fuerte… y se lo llevaron… Sofía miró a Viktor con los ojos muy abiertos, el horror pintado en la cara. —¿Se llevaron a Misha? ¿Quién? ¿Por qué? Dimitri, que se había quedado atrás mirando el caos, sintió un escalofrío que le recorrió la espalda como un recuerdo vivo. Su propio secuestro volvió en flashes, el contenedor oscuro, las correas apretadas, el miedo crudo que le había robado días de su vida. —Déjà vu— pensó, el estómago revolviéndose. Miró a Viktor y vio el mismo reconocimiento en sus ojos, esa impotencia, esa rabia contenida. —Otra vez… alguien tocando a la familia. Pero esta vez no es mío… es del niño. Joder, ¿por qué siempre nos persigue esto? Viktor se agachó despacio junto a Carl, que seguía tirado en la nieve, los hombros temblando. Extendió una mano, dudando un segundo antes de apoyarla en el hombro del hombre. Carl levantó la vista, los ojos rojos y llenos de un dolor que Viktor conocía demasiado bien. —No sé qué hacer, Kuzmin— murmuró Viktor, la voz baja pero firme. —Pero encontraremos una solución. Si la policía no colabora… entonces usaré mis métodos. Las armas. Lo que sea. Traeremos a tu hijo de vuelta. Carl lo miró, la cara contraída por el dolor y la culpa. Sacudió la cabeza despacio, apartando la mano de Viktor con gentileza pero firme. —No… no quiero meter a mi familia en problemas con la mafia, Ivanov. Tú sabes cómo es esto. Si es extorsión… pagaré. Si es venganza por mis negocios… lo resolveré yo. Primero debo descubrir quién y por qué. Esa llamada que ignoré… tal vez era una advertencia. No quiero que mi hijo termine como… como tú has vivido. Viktor no se ofendió. Asintió, se levantó y miró hacia donde la policía ya acordonaba el área, tomando declaraciones. —Entiendo. Pero si necesitas ayuda… sabes dónde estoy. Por Misha. Por Alexei. Carl se levantó tambaleante, limpiándose la nieve de las rodillas. No dijo nada más. Solo miró hacia la calle vacía donde la van había desaparecido, y caminó hacia los policías con los hombros encorvados. Sofía abrazó a Alexei más fuerte, besándole la mejilla magullada. —Vamos a casa, mi amor. Vamos a casa donde estás seguro. Dimitri se acercó, poniéndole una mano en el hombro a Viktor. —Esto no es coincidencia, hermano. ¿Crees que es por Carl o por… nosotros? Viktor miró la nieve manchada de pisadas, el corazón latiéndole con esa rabia vieja que nunca se iba del todo. —No lo sé. Pero lo vamos a descubrir. Por Misha. Porque Alexei ya lo quiere como a un hermano… y nosotros no dejamos a los hermanos atrás. Se fueron hacia el auto, con Alexei sollozando bajito contra el pecho de Sofía, Nikolai en brazos de Dimitri ajeno a todo. Y mientras la nieve empezaba a caer otra vez, cubriendo las huellas del caos, Viktor pensó que el pasado siempre volvía. Pero esta vez… esta vez iba a enfrentarlo sin perder a nadie, no a Misha, no a su familia, ni tampoco a sí mismo.






