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Capítulo 134: El camino de regreso.

El todoterreno gris de Carl se detuvo frente a la mansión exactamente a las seis. El sol ya se había escondido detrás de los pinos y la nieve empezaba a brillar bajo las luces exteriores. Carl bajó la ventanilla solo lo suficiente para que Misha lo viera desde la puerta principal. Alexei estaba a su lado, todavía con los crayones en la mano, despidiéndose con una palmada en el hombro y un “¡nos vemos mañana, dragón azul!”.

Misha sonrió, pequeño pero real, y corrió hacia el auto con la mochila rebotando.

Sofía y Viktor observaban desde el porche. No hubo saludo entre los adultos. Solo una mirada larga, neutra, que no prometía nada ni amenazaba. Carl esperó a que Misha subiera al asiento trasero, cerrara la puerta y se pusiera el cinturón. Luego arrancó despacio, sin mirar atrás.

Dentro del auto, el silencio duró solo unos segundos, Misha se acomodó, todavía con el dibujo del dragón rojo y azul en la mano, y miró a su papá por el retrovisor.

—Papi… ¿por qué no entraste a saludar a Alexei? Es mi amigo.

Carl apretó el volante un poco más fuerte.

Sus nudillos se pusieron blancos por la tensión.

—No hace falta, hijo, te recogí, eso es suficiente, es lo que importa.

Misha frunció el ceño, confundido.

—Pero… él es bueno. Me dejó jugar con él aunque antes lo empujé. Y el señor y la señora Ivanov me dieron arepas y jugo. No son malos.

Carl exhaló por la nariz, el pecho se infla y desinfla en el proceso, mirando la carretera nevada.

—No sabes todo, Misha. Hay cosas que los niños no entienden todavía.

Misha se inclinó hacia adelante, apoyando los brazos en el respaldo del asiento del copiloto.

—¿Qué cosas? Dime. Quiero saber por qué no te gusta Alexei.

Carl tardó en responder, en su cabeza pasaban imágenes viejas, rumores, nombres susurrados en reuniones cerradas, el apellido Ivanov asociado a todo lo que él había aprendido a temer y a respetar desde joven. Mafia. Poder sucio. Sangre que no se lava con dinero limpio.

Y ahora su hijo, su pequeño Misha, jugaba con el hijo de ese hombre, dibujaba dragones con él, reía con él.

—No es que no me guste Alexei,— dijo al fin, voz baja y tensa. —Es que… su familia viene de un lugar que no es bueno. Cosas peligrosas. Cosas que no quiero que tú toques.

Misha se quedó callado un momento, procesando lo que un niño de su edad apenas puede comprender.

—Pero Alexei no es malo. Es mi amigo. Y su hermanito Nikolai es chiquito y se ríe cuando le hago cosquillas, y la señora Sofía, o sea, su mamá Ivanov me abrazó cuando me fui. No parecen peligrosos.

Carl sintió un pinchazo en el pecho. No sabía si era rabia, culpa o algo que se parecía peligrosamente a duda.

—Los niños no ven lo que hay detrás, Misha. Yo sí. Y por ahora… no estoy seguro de que quiera que sigas siendo tan amigo de él. Misha se hundió en el asiento, mirando el dibujo arrugado en sus manos.

—Pero… si no puedo ser su amigo… ¿entonces con quién juego?

Carl no respondió, la verdad es que no tenía palabras, no tenía respuestas para la preocupación de su hijo con aquella buena amistad que había florecido.

En ese momento, el teléfono que estaba apoyado en la consola central vibró. Número desconocido.

El mismo que había aparecido un par de veces antes. Carl lo miró de reojo, pero no contestó.

Dejó que sonara hasta que se cortó.

Misha miró el teléfono, luego a su papá.

—¿Quién es?

—Nadie importante,— mintió Carl con voz tranquila.

Pero en su cabeza, la duda ya había empezado a crecer, una duda pequeña, silenciosa, como una semilla que nadie ve hasta que se rompe la tierra.

Mientras tanto, en la mansión, Viktor cerró la puerta principal y abrazó a Sofía por la cintura.

—El pequeño Misha se fue con una sonrisa— murmuró ella contra su pecho en una suave sonrisa y una caricia que hizo erizarlo.

Viktor se inclinó besando su cabello, oliendo su aroma a champú.

—Y nuestro Alexei también. Eso es lo que cuenta, reina mía.

Sofía levantó la vista, traviesa.

—¿Y tú? ¿Ya estás pensando en cómo convencer a Carl de que no somos los malos?

Viktor rio bajito, apretándola más, su mano acariciando esos rollitos en su zona lumbar que le recuerda los mejores momentos.

—No necesito convencerlo. Nuestro hijo ya lo está haciendo. Un dragón a la vez.

Y mientras la noche caía sobre la mansión, con los niños durmiendo arriba y la pequeña Sofía soñando en su cuna, Viktor y Sofía se miraron con esa complicidad que no necesitaba palabras.

El futuro no se construía con amenazas, ni con dinero y tampoco con miedo, se construían con niños eligiendo ser amigos, construyendo una amistad desde raíz, sin arrancarlas con maldad.

El todoterreno gris entró por el portón automático de la mansión Kuzmin, una construcción imponente de piedra gris y vidrio oscuro que parecía más un hotel de lujo que un hogar. Las luces exteriores se encendieron automáticamente, iluminando el jardín perfectamente podado y la fuente que gorgoteaba con agua iluminada de azul. Carl aparcó en el garaje subterráneo sin decir palabra. Misha bajó en silencio, todavía con el dibujo del dragón rojo y azul apretado contra el pecho como un tesoro.

La puerta principal ya estaba abierta.

La madre de Misha, Elena, con su cabello perfecto y cuevas perfectas esperaba en el vestíbulo con una sonrisa perfecta y esa postura que siempre parecía posar para una foto invisible. Vestía un conjunto de cachemira beige que costaba más que el sueldo mensual de muchos, el cabello rubio recogido en un moño impecable, pendientes de perlas que brillaban bajo la lámpara de cristal.

La mesa del comedor ya estaba servida, vajilla de porcelana fina, cubiertos de plata, velas encendidas, un centro de flores blancas que olía a invernadero caro. Sirvientes discretos se movían por los lados como sombras, uno recogía el abrigo de Carl, otro preparaba las copas de agua con rodajas de limón.

—¡Mi amorcito!— exclamó Elena, abriendo los brazos.

Misha corrió hacia ella y se dejó abrazar. Ella lo besó en la frente, le revolvió el cabello con cuidado para no despeinarlo demasiado y miró a Carl por encima del hombro del niño.

—¿Todo bien, querido?

Carl asintió secamente, quitándose el abrigo.

—Todo en orden.

Elena no preguntó más. Sabía leer el silencio de su esposo como un libro abierto. Se volvió a Misha con esa sonrisa que era mitad cariño genuino, mitad costumbre de aparentar perfección.

—Ven, mi cielo. La cena está lista. Hoy hay salmón ahumado con salsa de eneldo, tu favorito, y de postre mousse de chocolate blanco con frambuesas.

Misha asintió, todavía con el dibujo en la mano.

—Gracias, mami.

La cena fue elegante, casi pomposa. Platos que llegaban en el momento exacto, conversaciones que giraban alrededor de “cómo estuvo la escuela” y “qué dibujaste hoy”. Misha habló poco, pero cuando mostró el dibujo del dragón doble, Elena lo tomó con dedos cuidadosos.

—Qué hermoso, mi vida. ¿Quién te ayudó con el azul?

—Alexei,— respondió Misha sin dudar. —Es mi amigo ahora. El dragón rojo es de él.

Elena recordó a aquel niño del año pasado con quien se había peleado su hijo, recuerda dentro de la oficina de la directora todos los sucesos y conversaciones, saliéndose de órbita en aquel pensamiento antes de volver a la realidad, ella miró a Carl un segundo. Carl no dijo nada, solo cortó su salmón con precisión quirúrgica.

Después de la cena, Misha subió a su habitación.

El cuarto era grande, ordenado, con paredes gris claro y una cama king que parecía demasiado para un niño de cinco años, pero en una pared entera, pegados con cinta adhesiva invisible para no dañar la pintura, estaban todos los dibujos que había hecho con Alexei, dragones rojos y azules, dragones con alas de fuego, dragones volando sobre castillos, dragones durmiendo juntos bajo estrellas.

Misha se sentó en la alfombra frente a la pared, con el dibujo nuevo en las manos. Lo pegó con cuidado en el centro, al lado del primero que Alexei le había dado semanas atrás.

Se quedó mirando los dragones un rato largo.

Todos diferentes, pero siempre juntos, uno rojo y uno azul, uno grande y uno pequeño, uno fuerte y uno que aprendía a serlo, Misha sonríe apenas levemente, una pequeña sonrisa que no llega a nadie pero sí a él mismo, sólo a él.

—Nuestro dragón es inquebrantable,— susurró, como si los dibujos pudieran oírlo. —Como Alexei y yo.

Abajo, Carl se quedó en el despacho con una copa de whisky en la mano. Miró por la ventana hacia la oscuridad del jardín, pensó en la llamada perdida que había ignorado en el auto.

Pensó en el niño de Alexei que ahora dibujaba dragones con su hijo, pensó en Viktor Ivanov, en esa mirada que no amenazaba pero que tampoco cedía.

No había complicidad, no todavía, incluso... se piensa que quizá nunca lo habría, pero por primera vez, Carl sintió algo que no era odio ni miedo, era una extraña duda de que tal vez... sólo tal vez... su hijo estaba mejor con ese niño de acento raro que con el silencio que él mismo había construido alrededor.

Y mientras Misha se dormía mirando su pared de dragones, Carl apagó la luz del despacho y subió las escaleras.

No dijo nada, no necesitaba decirlo todavía, pero en su cabeza una pequeña grieta empezaba a abrirse y por ahí, empezó a entrar luz, luz de dragones rojos y azules, luz de niños que no sabían de rencores viejos. Luz que, quizás, algún día haría que dos hombres que se miraban como rivales… dejaran de hacerlo.

Más tarde al anochecer, el teléfono de Carl se ilumina en la mesita de noche, estaba en silencio pero los ojos de Carl se abren por la luz, él no tenía necesidad de saber quién llamaba, porque ya lo sabía de antemano, ese número desconocido que cada vez le hace poner la piel de gallina por los nervios.

Se da vuelta, mirando a su esposa refinada durmiendo en bata de seda con un gorro para el cabello y un antifaz para los ojos, él siente algo en el pecho, algo que no puede describir, pero que siente una extraña sensación, como un extraño augurio, algo que todavía no estaba dispuesto en admitir en voz alta.

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