Mundo ficciónIniciar sesiónLa escuela quedó cerrada indefinidamente.
Las cintas amarillas de la policía rodeaban el patio como una cicatriz fresca, los peritos recogían casquillos, huellas, fragmentos de vidrio roto de una ventana que alguien había forzado. Heridos leves, algunos niños con raspaduras de la carrera, una maestra con el brazo torcido al empujar a un grupo hacia la salida de emergencia, un conserje que había intentado detener a uno de los encapuchados y terminó con un golpe en la cabeza. Nada mortal. Pero el miedo sí era mortal. Quedaba en los ojos de los niños que ya no querían volver, en las madres que recogían a sus hijos con lágrimas contenidas, en los padres que miraban la escuela como si fuera un campo minado. En la mansión, el silencio era peor que el ruido del atentado. Alexei no hablaba. Se sentó en el sofá grande del salón, con las piernas recogidas contra el pecho y la mirada perdida en la chimenea apagada. La comida que Doña María le puso delante, su plato favorito, arroz con pollo, arepa caliente y jugo de mora se quedó intacta. Ni siquiera tocó la galleta que Irina le acercó con una sonrisa suave. —Mi amorcito… solo una mordidita, ¿sí? Para que no te pongas débil— suplicó su abuela, sentándose a su lado y acariciándole el cabello. Alexei negó con la cabeza, los ojos rojos pero sin lágrimas. —No tengo hambre, abuela. Ana se arrodilló frente a él, tomándole las manitas frías. —Mi campeón… Misha va a volver. Lo van a encontrar. Y cuando vuelva, vas a necesitar fuerza para jugar con él otra vez. Come algo, por favor. Irina y Olga se quedaron en la puerta del salón, con las manos apretadas, sin saber qué hacer. Olga tenía los ojos húmedos, Irina, la más seria, se mordía el interior de la mejilla. Sofía entró desde la cocina, con una taza de chocolate caliente que había preparado ella misma. Se sentó al otro lado de Alexei y le pasó la taza. —Prueba esto, mi vida. Solo un sorbito. Por mami. Alexei miró la taza, luego a Sofía, casi que dudó, pero tomó un sorbo pequeño, solo por ella, sin embargo no sonrió y tampoco dijo nada. Viktor lo vio todo desde el umbral. El pecho le dolía como si le hubieran clavado algo. Ver a su hijo mayor, el que siempre corría, siempre reía, siempre levantaba la mano primero convertido en un bulto pequeño y triste… era peor que cualquier bala que hubiera recibido en el pasado. No podía quedarse quieto. Salió al porche trasero sin decir palabra, así que sacó un cigarrillo del bolsillo de la chaqueta, no fumaba por costumbre desde lo del monasterio, pero esa noche necesitaba algo que le quemara los pulmones para no quemarse por dentro. Encendió el encendedor con dedos que temblaban apenas. Dio una calada profunda, el humo saliendo blanco contra la noche fría. Dimitri salió detrás de él un minuto después. No dijo nada al principio. Se apoyó en la baranda, mirando el bosque nevado. —Se siente como antes, ¿verdad?— murmuró al fin. Viktor soltó el humo despacio. —Peor. Antes era yo el que se llevaba los golpes. Ahora es mi hijo el que se queda atrás llorando por su amigo. Dimitri asintió, las manos en los bolsillos. —Alexei no es débil, Viktor. Está triste porque quiere a Misha. Porque ya lo eligió como hermano. Y eso… eso es lo que tú le enseñaste. Elegir a la gente. No dejarla atrás. Viktor dio otra calada, el cigarrillo temblando entre sus dedos. —No sé cómo solucionarlo. La policía dice que están investigando, pero no tienen pistas. Carl no contesta mis llamadas. Y yo… yo no puedo moverme sin que parezca que estoy declarando guerra. No con Alexei en casa. No con la pequeña Sofía recién llegada. Dimitri se acercó un paso, poniéndole una mano en el hombro. —Tal vez no necesites moverte solo. Tal vez… solo tal vez… deberías llamarle una vez más a Carl. No como el capo. Como el padre. Dile que tu hijo está destrozado porque se llevaron al suyo. Dile que Alexei no come, no habla, solo mira la puerta esperando que su amigo vuelva. Dile que los niños no entienden de rencores viejos. Y que si no se unen ahora… los dos van a perder. Viktor miró el cigarrillo, lo apagó contra la baranda y lo tiró a la nieve. —¿Y si no contesta? Dimitri sonrió apenas, triste pero firme. —Entonces lo intentas otra vez. Y otra. Porque eso es lo que hacemos con la familia. No dejamos de intentarlo. Aunque duelan los golpes. Viktor respiró hondo, el frío llenándole los pulmones. —Voy a llamarlo. Esta noche. Dimitri le dio una palmada en la espalda. —Eso es mi hermano. Y cuando vuelva Misha… vamos a enseñarles a esos dos dragones que nada los separa. Ni hombres de negro. Ni padres que no se hablan. Nada. Viktor asintió, los ojos fijos en la oscuridad del bosque. —Gracias, Dimitri. —No me agradezcas. Solo tráelo de vuelta. Por Alexei. Por Misha. Por todos nosotros. Y mientras Viktor sacaba el teléfono del bolsillo, con el dedo temblando sobre el nombre de Carl Kuzmin, la mansión seguía respirando detrás de ellos. Con un niño que no comía. Con una familia que esperaba. Con un padre que, por primera vez en mucho tiempo, iba a pedir ayuda, no por poder, ni por miedo, sino por amor. Y eso… eso era lo único que podía romper el silencio que dolía más que cualquier bala. La mansión Kuzmin estaba demasiado quieta esa noche. El comedor seguía con los platos intactos, las velas consumidas hasta la mitad, el aroma del salmón enfriándose en la porcelana fina. Los sirvientes se habían retirado en silencio, como si el peso del aire les dijera que no había nada que limpiar esa noche. Carl se quedó en el despacho, con la luz solo de la lámpara de escritorio. La copa de whisky seguía llena, intacta. El teléfono descansaba sobre la madera oscura, pantalla apagada, pero él lo miraba como si pudiera obligarlo a sonar. En el salón principal, Elena estaba sentada cerca del ventanal que daba al jardín. Llevaba una bata de seda negra que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, pantuflas de terciopelo, un abrigo largo de cachemira abierto sobre los hombros y un pañuelo blanco arrugado en las manos. Ella no lloraba en voz alta, solo dejaba que las lágrimas se acumularan, rodaran lentas por las mejillas y cayeran al regazo sin ruido. Sus ojos estaban fijos en el jardín iluminado por focos tenues, el camino de grava, los setos podados, la fuente apagada. Esperaba. Esperaba ver a Misha aparecer corriendo por ahí, con la mochila rebotando y la sonrisa que le iluminaba la cara cuando llegaba a casa. —Va a volver…— susurró para sí misma, la voz quebrada. —Mi niño va a volver… Carl la vio desde la puerta entreabierta del despacho. Verla así... tan frágil, tan rota bajo toda esa elegancia que siempre había usado como armadura, fue lo que finalmente lo quebró. El pecho se le apretó hasta doler. La culpa, la rabia, el miedo… todo se mezcló en un nudo que le robó el aire. Entonces el teléfono vibró, el número conocido de Viktor Ivanov. Carl miró la pantalla un segundo eterno. Luego, sin decir nada, contestó. Puso el altavoz y lo dejó sobre el escritorio. Viktor no esperó saludo. —Carl… sé que no quieres hablar conmigo. Sé que me ves como un problema. Pero escúchame: puedo encargarme. Dimitri y yo. Tenemos gente, contactos, formas de movernos que la policía no tiene. Dime dónde quieres que nos encontremos. Un punto neutral. Llego en menos de una hora si es necesario. Pero tienes que decirme sí ahora. Cada minuto cuenta. Silencio al otro lado. Carl miró hacia el salón, hacia Elena que seguía mirando el jardín vacío, con el pañuelo apretado contra la boca para no soltar un sollozo... y algo se rompió dentro de él, no era rendición o confianza plena, sino que empezaba a sentir esa desesperación, esa falta de risa pequeña, molestias y hablando de dragones todo el tiempo... era desesperación por amor a su hijo, y la imagen de Elena esperando en vano. —Un almacén abandonado en las afueras de Pushkino— dijo al fin, la voz ronca y baja. —Kilómetro 32 de la carretera A-107. Hay un cartel viejo de una fábrica de ladrillos. Estaré ahí en cuarenta minutos. Viktor no mostró sorpresa. Solo respondió. —Vamos en camino. Quédate en línea si puedes. Te mantengo informado. La llamada no se cortó, Carl se levantó despacio, apagó la lámpara y salió al salón, Elena no se movió de su sitio, solo levantó la vista llorosa y congestionada cuando sintió su presencia. Carl se arrodilló frente a ella, le tomó las manos heladas y las besó. —Voy por él, Elena. Viktor Ivanov va a ayudarme. No me preguntes cómo… solo créeme que voy a traerlo de vuelta. Elena lo miró con los ojos llenos de lágrimas, pero por primera vez esa noche había un brillo de esperanza. —Tráelo, Carl… tráeme a mi niño. Carl se levantó, le besó la frente y salió sin abrigo, sin mirar atrás. En la mansión Ivanov, Viktor ya estaba en el garaje con Dimitri a su lado. Armas discretas, chalecos antibalas bajo las chaquetas, dos hombres de confianza en otro vehículo. Sofía los vio salir desde la puerta principal, con Alexei dormido en sus brazos después de tanto llorar. —Tráiganlo de vuelta,— susurró. Viktor se giró, la besó en la boca con un desespero que no se podía medir, y Sofía lo entendió, se derritió en sus labios, su lengua, sus dientes. —Lo traeremos, reina mía. Por Alexei. Por Misha. Por todos. Y mientras los autos se perdían en la noche nevada, la mansión se quedó esperando. Con una madre que no dejaba de mirar el jardín. Con un padre que por fin había contestado la llamada, con un niño que soñaba con dragones azules y rojos volando juntos otra vez. Y en algún lugar, entre la oscuridad y la nieve, dos hombres que se odiaban empezaban, aunque fuera por una noche a caminar en la misma dirección, no tenía nada que ver con la amistad o perdón, lo hacían por sus hijos, por el bien de ellos, por el bien de su amor, aunque ellos sean tan brutos a veces, ellos aman a su manera, y eso ya era suficiente, así que, ya era hora de participar juntos en plan de rescate; ir por Misha.






