Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa mansión respiraba tranquila esa mañana de mediados de febrero. El sol entraba tímido por las ventanas altas del despacho que Sofía había convertido en su oficina personal. Estaba sentada frente a la laptop, el cabello recogido en un moño desordenado, una taza de café humeante a un lado y los ojos fijos en la pantalla.
Ya no era solo la esposa del capo. Era la que mantenía el imperio en pie mientras Viktor hacía las vueltas que solo él podía hacer. Revisaba cuentas, aprobaba transferencias, firmaba documentos que mantenían las operaciones limpias en la superficie… y, cada vez más, dirigía donaciones grandes a fundaciones benéficas. Orfanatos tanto en Rusia como en su país natal. Programas de educación en barrios pobres de Moscú también. Clínicas para niños con enfermedades raras. Cada vez que veía el saldo salir, sentía un alivio extraño, como si estuviera limpiando la sangre vieja con algo nuevo. —Reina mía… ¿ya estás salvando el mundo otra vez?— dijo Viktor desde la puerta, apoyado en el marco con esa sonrisa lenta que siempre la ponía caliente. Sofía levantó la vista y le guiñó un ojo. —Alguien tiene que compensar las cosas feas que hiciste en el pasado, mi rey. Además… me gusta ver cómo el dinero que antes mataba ahora salva. Viktor se acercó por detrás, le besó la nuca despacio y le susurrándole al oído. —Me pones cachondo cuando hablas de redimirme, traviesa. ¿Sabes cuánto te deseo ahora mismo sobre este escritorio? Sofía se mordió el labio, sintiendo el calor subir por el cuello. —Compórtate, Viktor Ivanov… que mamá está abajo con Nikolai, Irina y Olga están aseando cerca. Él se rio bajito, mordisqueándole el lóbulo. —Por eso mismo. El peligro me pone más duro, más tenso donde más te gusta, mi reina. Pero se apartó, porque sabía que ella tenía trabajo, le dio un beso en la sien y salió para dejarla concentrarse. Abajo, Doña María tenía a Nikolai en brazos, cantándole bajito una canción de cuna mientras lo mecía en la cocina. El bebé la miraba con esos ojos enormes y tranquilos, agarrando su dedo como si fuera lo más importante del mundo. —Mi chiquito… tú sí que sabes cómo robar corazones sin hacer ruido— le susurró ella, besándole la cabecita. Irina y Olga limpiaban el salón con movimientos coordinados. Irina pasaba el trapo por las mesas con esa precisión casi militar que tenía, Olga tarareaba una canción pop mientras quitaba el polvo de los estantes. De vez en cuando se miraban y reían de algo que solo ellas entendían. —¿Viste cómo el señor Viktor miró a la señora Sofía antes de salir?— dijo Olga bajito. Irina sonrió de lado, aquí no pudo retener la discreción profesional. —Como si quisiera comérsela ahí mismo. Esos dos nunca se cansan. —Ni nosotros de verlos— respondió Olga, y las dos soltaron una risa contenida. En la escuela, Alexei estaba en su elemento. Sentado en la segunda fila, levantaba la mano cada vez que la maestra preguntaba algo, hoy tocaba matemáticas básicas, sumas y restas con objetos. La maestra puso diez manzanas de plástico en la mesa. —¿Cuántas sobran si nos comemos cuatro? Alexei levantó la mano al instante. —¡Seis, maestra! ¡Seis manzanas sobran! La maestra sonrió. —Correcto, Alexei. Muy bien. Misha, en la esquina, bufó bajito, pero esta vez no dijo nada. Desde la charla de la rectora y la sanción, se había quedado callado, no lo había tocado más, no lo había empujado, pero sus miradas seguían siendo feas. Alexei no le prestaba atención, participaba al cien por ciento, respondía preguntas, compartía crayones cuando alguien los necesitaba, ayudaba a su compañero de mesa a pegar las letras en el cuaderno. La maestra lo miraba con orgullo. Ese niño era un motor, inteligente, participativo, con una energía que contagiaba al salón. Cuando sonó el timbre del recreo, Alexei salió corriendo al patio con su pelota roja. Los mismos dos niños de siempre lo esperaban. —¡Alexei! ¡Juguemos a portería! Él sonrió grande. —¡Vamos! Y mientras jugaban a la pelota pateando con fuerza, pensó en Nikolai, en cómo le iba a contar todo cuando volviera a casa. Pensó en mamá escribiendo en la laptop, en papá haciendo vueltas misteriosas, en abuelita cantando en la cocina. Y se sintió grande. No porque ya no tuviera miedo. Sino porque sabía que, aunque el mundo a veces fuera feo, él tenía un lugar donde volver. Un lugar donde lo querían con acento raro y todo. En la mansión, Sofía cerró la laptop por un momento. Miró por la ventana hacia el bosque nevado y sonrió. —Sofía… estás haciendo mucho bien,— murmuró Viktor, apareciendo detrás de ella otra vez. Ella se giró y se pegó a su pecho. —Y tú me ayudas a que sea posible, mi rey. Sin ti… nada de esto sería real. Viktor la besó despacio, profundo. —Sin ti… yo seguiría siendo solo un hombre con un imperio vacío. Se besaron hasta que el deseo volvió a encenderse. —Esta noche… cuando todos se vayan a dormir… te recuerdo por qué sigo siendo tuyo,— susurró él contra su boca. Sofía sonrió con travesura. —Te espero, Viktor Ivanov. Y trae tu mejor castigo… porque hoy me siento muy buena energía y... ganas. Él se rió, con un sonido que vibró en su garganta haciendo dar escalofrío a Sofía, apretándola contra él. —Prepárate, mi Sofía traviesa. Porque esta noche no vas a dormir. Y mientras la mansión seguía su ritmo, Doña María cantando, Irina y Olga riendo bajito, Nikolai durmiendo tranquilo en su cuna, Alexei brillando en su escuela, Viktor y Sofía se miraron con esa promesa silenciosa que siempre los unía. El imperio seguía vivo. Las donaciones seguían saliendo. Los niños seguían creciendo. Y ellos… ellos seguían ardiendo.






