Mundo ficciónIniciar sesiónEl sol de Roma se coló por las cortinas blancas como un ladrón travieso, pintando rayas doradas sobre la cama revuelta. Sofía fue la primera en abrir los ojos. Estaba desnuda bajo las sábanas de lino, con el cuerpo todavía caliente y marcado por besos y dedos que habían pasado la noche entera reclamándola. Viktor dormía a su lado, boca abajo, el brazo pesado sobre su cintura apretando los rollitos como si incluso en sueños no quisiera soltarla. Ella sonrió, mordiéndose el labio al recordar cada gemido, cada embestida lenta y profunda que la había hecho temblar hasta el amanecer.
Se inclinó y le besó el hombro, justo donde había dejado una marca roja la noche anterior. Viktor gruñó bajito, sin abrir los ojos. —Mmm… ¿ya despierta, reina mía? ¿O es que quieres que te vuelva a castigar antes del desayuno? Ella se rio contra su piel, deslizando la mano por su espalda hasta llegar a las nalgas y apretar con picardía juguetona. —Es que mi rey mafioso ronca tan lindo cuando está satisfecho… pero sí, un poquito más de castigo no me vendría mal. Viktor abrió los ojos de golpe, esa mirada gris que siempre la ponía caliente en segundos. La volteó con facilidad, quedando encima de ella, atrapándola bajo su cuerpo grande y caliente. Sofía chilla de alegría, no se esperaba que fuera a despertarse tan rápido, pero igual, no viéndolo venir era mucho más emocionante, y Viktor, ay... a Viktor le encanta verla así. —Entonces no te quejes después si no puedes caminar hasta el avión, traviesa. La besó con hambre matutina, lento al principio, saboreando, luego más fuerte, más urgente. Sofía enredó las piernas alrededor de su cintura, gimiendo bajito cuando sintió lo duro que ya estaba contra ella. —Viktor… Dios, Viktor... siempre me sorprendes. Él sonrió malicioso contra su boca. —Di mi nombre así otra vez y te doy todo lo que pides. —Viktor… mi rey… tómane despacio… quiero sentirte todo el viaje de regreso. No necesitó más. Se hundió en ella con una lentitud tortuosa, centímetro a centímetro, hasta llenarla por completo. Se movieron juntos, sin prisa, como si el mundo pudiera esperar. Cada embestida era un recordatorio de la noche anterior, de los votos renovados bajo la luna, de cómo sus cuerpos se conocían mejor que nadie. Cuando llegaron al borde, él aceleró solo lo justo para empujarla al límite, y ella se arqueó bajo él, temblando, su nombre escapando en un susurro roto. Después se quedaron abrazados, sudorosos y satisfechos, con el sol ya alto en el cielo. —Te amo, Sofía,— murmuró él contra su cabello. —Y yo a ti, Viktor… siempre. Abajo, la villa ya bullía de vida. Doña María preparaba el desayuno de despedida, café fuerte, frutas frescas, pan con aceite y tomate, y esa natilla que todos adoraban. Ana y Dimitri aparecieron en la terraza, todavía con esa mirada de recién casados que no se quita ni con agua fría. Ana llevaba el anillo nuevo brillando en el dedo y una sonrisa que no cabía en su cara. Dimitri la tenía abrazada por la cintura, besándole la sien cada dos segundos. —Buenos días, tortolitos— dijo Sofía al bajar, con el cabello revuelto y la bata apenas cerrada. Ana se rio apenas vio y respiró el ambiente de los Ivanov. —¿Y ustedes? ¿Durmieron algo o siguieron celebrando?— dijo con picardía en su sonrisa juguetona. Viktor bajó detrás de ella, con una sonrisa perezosa. —Celebramos… a nuestra manera. Doña María les sirvió café a todos. —Ya, ya… coman antes de que se enfríe. El avión sale en tres horas y no quiero que se vayan con hambre. Alexei entró corriendo, todavía con el pijamita de la playa. —¡Mami! ¡Papi! ¿Podemos volver a la playa hoy? Sofía lo levantó en brazos. —Pronto, campeón. Pero ahora volvemos a casa. A la mansión. Con nieve y bosque y mucho espacio para correr. El viaje de regreso fue tranquilo. En el avión privado, todos durmieron un rato. Viktor con Sofía acurrucada contra su pecho, Dimitri y Ana tomados de la mano, Doña María con Nikolai en brazos y Alexei soñando con aventuras. Cuando aterrizaron en Moscú, la nieve los recibió como una vieja amiga. El convoy los llevó directo a la mansión. Al entrar, el olor a madera y a hogar los envolvió. Viktor cerró la puerta principal detrás de ellos y miró a su familia. —Bienvenidos a casa una vez más. Irina y Olga quienes nadie se ha olvidado, estuvieron cuidando siempre la mansión, las mejores aliadas de Sofía, y ahora también parte de la familia desde que se habían mudado aquí, ambas saludaron a todos, dando la bienvenida al familiar aroma a hogar y frutas recién cortadas para quienes quisiera. Sofía se pegó a su espalda de su adorado como una garrapata regordeta pero cariñosa. —Y ahora… ahora empieza lo bueno de verdad. Esa noche, cuando todos se durmieron, Viktor llevó a Sofía a la habitación principal. Cerró la puerta, la empujó contra ella y la besó con esa hambre que nunca se apagaba. —¿Lista para la ronda número...? ya ni me acuerdo. Ella sonrió, y se rió con traviesura, quitándole la camisa con dedos rápidos. —Contigo… siempre estoy lista. Y así, en la mansión que por fin era hogar, la familia se asentó. Las noches se llenaron de risas, de besos robados, de planes futuros. Ana y Dimitri empezaron a hablar de niños. Doña María planeaba un jardín más lleno de sus plantas y plantas de otros lugares. Alexei soñaba con aventuras en el bosque. Nikolai gateaba cada vez más rápido. Y Viktor y Sofía… ellos seguían ardiendo. Cada noche. Cada mañana. Cada vez que se miraban. Porque el amor, cuando es así de verdadero, no necesita finales felices. Solo necesita seguir. Y ellos… ellos iban a seguir. Por mucho, mucho tiempo. El mediodía llegó con un sol pálido que apenas calentaba la nieve de la mansión. Dimitri y Ana habían decidido no esperar más para un viaje pendiente, ir a visitar a la familia de Dimitri en un pueblo pequeño a tres horas de Moscú, donde su madre mayor y sus dos hermanas aún vivían en la casa de madera que él había comprado para ellas años atrás. Ana quería conocerlas de verdad, no como una novia perdida, sino como la esposa que ahora era. Dimitri quería mostrarle el lugar donde creció, las fotos viejas en las paredes, el olor a madera quemada en la chimenea. Antes de partir, Dimitri abrazó fuerte a Viktor en la puerta principal. —Gracias, hermano. Por todo. Sin ti, nada de esto habría pasado. Viktor le dio una palmada en la espalda, fuerte pero cariñosa. —Ve y disfruta, Dimitri. Dile a tu madre que la próxima vez viene ella aquí. Y tráeme fotos de Ana sonrojada cuando le cuenten tus travesuras de niño. Ana se despidió de Sofía con un abrazo largo y fuerte, con sus ojos brillando. —Gracias por ser mi hermana en todo esto, Sofía. No sé qué habría hecho sin ti. Sofía le besó la mejilla. —Ahora eres familia de verdad, Ana. Ve, enamora a tu suegra, y cuando vuelvas… me cuentas todos los detalles calientes que Dimitri te haga en ese pueblo. Las dos rieron bajito, llenas de complicidad como amigas de toda la vida. El todoterreno negro se alejó por el camino nevado, dejando una estela blanca detrás. La mansión volvió a quedarse en silencio, pero un silencio cálido, de hogar. Doña María se quedó en la cocina preparando chocolate caliente para todos, con esa receta del Huila que olía a canela y a infancia. Viktor y Sofía se sentaron en el sofá grande del salón, con Nikolai gateando entre ellos y Alexei construyendo una fortaleza de cojines en el suelo. Irina y Olga entraron con bandejas de galletas recién horneadas. Las dos mujeres habían estado con Sofía desde los días más duros en Moscú, Irina, la más seria y callada, siempre con un paño en la mano y una mirada que lo veía todo; Olga, la más joven y risueña, que siempre tenía una canción en los labios y una broma lista. Sofía nunca las había tratado como sirvientas. Eran amigas. Confidentes. Las que la habían visto llorar en la cocina a las tres de la mañana, las que le habían traído té cuando Viktor estaba en una de sus misiones peligrosas. —Siéntense, chicas— dijo Sofía, palmeando el sofá. —Hoy no hay trabajo. Solo nosotras. Irina se sentó con timidez, Olga se dejó caer con una risa. —¿Y ahora qué, señora Sofía? ¿Nos va a contar cómo fue esa luna de miel improvisada en la playa? Sofía se sonrojó, pero miró a Viktor con picardía. —Digamos que el mar vio cosas que no cuenta nadie. Viktor soltó una carcajada grave, atrayéndola más contra su pecho. —Mi reina no se cansa de provocarme, ¿verdad? Doña María entró con una bandeja enorme, chocolate humeante, galletas, trozos de bizcocho de naranja que Olga había ayudado a hacer. —¡Aquí está el remedio para el frío ruso!— anunció, repartiendo tazas. Se sentaron todos en círculo, Doña María en su sillón favorito, Irina y Olga en el sofá más pequeño, Viktor con Sofía en su regazo, Nikolai jugando con un sonajero y Alexei contando historias exageradas sobre —la boda más grande del mundo. La tarde pasó lenta, dulce. Hablaron de todo, de cómo había cambiado la vida desde que Dimitri volvió, de los planes para Navidad en la mansión, de si Alexei y Nikolai iban a tener un hermanito pronto (Sofía se sonrojó y Viktor sonrió malicioso sin decir nada). Olga contó chismes del pueblo, Irina confesó que siempre había querido aprender a bailar salsa como Doña María, y la abuela se levantó de inmediato a poner música en el viejo reproductor. —¡Venga, Irina! ¡Olga! ¡Vamos a enseñarles cómo se mueve una mujer con sabor! La sala se llenó de risas y pasos torpes. Doña María bailaba con gracia, Irina intentaba seguir el ritmo con cara de concentración, Olga giraba como loca. Sofía se levantó y tomó a Viktor de la mano. —Ven, mi rey. Muéstrales cómo baila un ruso cuando está enamorado. Viktor la atrajo y la hizo girar despacio, pegada a él, sus cuerpos moviéndose al ritmo de la canción como si hubieran nacido para eso. Sus manos bajaron por la cintura de ella, posesivas, y le susurró al oído. —Esta noche, cuando todos duerman… te voy a bailar así, pero sin ropa. Y sin música. Solo tú y yo. Sofía se estremeció, pegándose más. —Prométemelo, Viktor. —Te lo prometo, Sofía traviesa. Y no vas a dormir hasta que grites mi nombre tres veces. La tarde se volvió noche. Las luces se apagaron una a una. Irina y Olga se retiraron a sus habitaciones con sonrisas cansadas y felices. Doña María se llevó a los niños, besando sus cabecitas antes de cerrar la puerta. Viktor y Sofía se quedaron solos en el salón, con el fuego crepitando en la chimenea y el silencio de la mansión envolviéndolos. Él la levantó en brazos sin esfuerzo, la llevó escaleras arriba y cerró la puerta de su habitación con el hombro. —Tu castigo por provocarme todo el día empieza ahora, reina mía. Sofía rio contra su boca, ya quitándole la camisa. —Entonces castígame, mi rey… y no pares hasta que amanezca. Y así, en la mansión que por fin era hogar, la vida siguió su curso, llena de amor, risas, familia… y un deseo que nunca se apagaba. Porque cuando el amor es así, no necesita finales. Solo necesita noches como esa. Y ellos tenían muchas más por delante.






