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Capítulo 122: El día que el mar fue testigo.

El amanecer en Ostia llegó con una luz rosa y dorada que se derramaba sobre el mar como miel tibia. La villa despertó temprano, con el aroma a café fuerte y a pan recién horneado flotando por los pasillos. Doña María ya estaba en la cocina dirigiendo a dos ayudantes locales que habían contratado para el día, las bandejas de frutas frescas, croissants rellenos de crema, jugo de naranja recién exprimido y esa natilla tradicional que nadie podía resistir. Alexei corría por la terraza con su trajecito blanco de pequeño paje, gritando que quería “ser el que tira flores” aunque nadie le hubiera dicho que iba a hacerlo. Nikolai, en brazos de una niñera temporal, gorgoteaba feliz mientras mordía un sonajero de madera.

Ana se despertó antes que nadie. Se sentó en la cama, con las sábanas blancas revueltas alrededor de las piernas, y miró por la ventana hacia la playa donde todo iba a pasar. El corazón le latía tan fuerte que pensó que Dimitri podría oírlo desde su habitación. Se tocó el vientre plano, sonrió para sí misma y susurró...

—Hoy, mi amor… hoy por fin.

Sofía entró sin llamar, con una bandeja pequeña en las manos, café, una rosa blanca recién cortada del jardín y una sonrisa que iluminaba más que el sol.

—Buenos días, novia. ¿Lista para volverte la mujer más feliz del planeta?

Ana tomó el café con manos temblorosas.

—Lista… y aterrorizada. ¿Y si tropiezo con la arena? ¿Y si el viento me vuela el velo? ¿Y si…?

Sofía se sentó a su lado, le quitó la taza y le tomó las manos.

—Y si Dimitri te ve caminar hacia él y se le olvida el mundo entero. Eso es lo que va a pasar. Confía en mí, Ana… yo conozco esa mirada. La misma que pone Viktor cuando me ve con un vestido que sabe que va a arrancarme después.

Las dos rieron bajito, nerviosas. Doña María entró después, con los ojos ya húmedos.

—Mi niña… ven. Es hora de vestirte.

El ritual fue lento, sagrado. Primero el baño con sales de lavanda. Luego el maquillaje suave, sombras en tonos arena, pestañas largas, labios rosados que parecían pétalos. El cabello recogido en ondas sueltas con flores blancas entretejidas. Y al final, el vestido.

Cuando Ana se puso el encaje floral y la seda marfil cayó sobre su cuerpo, el silencio fue absoluto. Sofía se llevó la mano a la boca. Doña María soltó un sollozo ahogado.

—Estás… estás para que el cielo se detenga, mi amor.

Ana se miró al espejo. La abertura lateral dejaba ver la pierna con cada paso, el encaje transparente en los brazos parecía alas, y el escote barco mostraba justo la clavícula que Dimitri siempre besaba cuando se despertaban juntos. Se sintió poderosa. Se sintió suya.

Abajo, en la playa, Dimitri esperaba bajo el arco de flores. Vestido de lino blanco, camisa abierta en los primeros botones, el cabello peinado hacia atrás y los ojos fijos en el camino que bajaba desde la villa. Viktor estaba a su lado como padrino, con traje oscuro pero sin corbata, porque “en Roma hace calor y no quiero morir asfixiado”. Alexei sostenía una canastita de pétalos con cara de concentración extrema.

Cuando la música empezó un violín suave mezclado con el rumor del mar, todos giraron.

Ana apareció en lo alto de la escalera de piedra que bajaba a la playa. El viento jugó con su velo, haciendo que flotara como una nube. Dio el primer paso. Luego otro. Y otro.

Dimitri dejó de respirar.

Sus ojos se clavaron en ella y no se movieron. Cuando Ana llegó al final de las escaleras y empezó a caminar por la arena, con la falda ondeando y la abertura mostrando la piel bronceada de su pierna, él sintió que el mundo se detenía. Las olas parecieron callarse. El sol se escondió detrás de una nube para dejarla brillar sola.

Viktor le dio un codazo suave.

—Respira, hermano. Todavía falta decir sí.

Dimitri tragó saliva con fuerza.

—No sé si voy a poder hablar.

Ana llegó frente a él. Se miraron. Lágrimas en los ojos de ambos. El oficiante empezó, pero ellos apenas oían. Solo se veían el uno al otro.

Cuando llegó el momento de los votos, Dimitri tomó sus manos temblorosas.

—Ana… después de todo lo que pasamos, después de pensar que te perdía… hoy te juro que no voy a soltar tu mano nunca más. Ni en las buenas, ni en las malas. Ni cuando el mundo se caiga. Eres mi hogar, mi paz, mi todo. Y prometo amarte cada día como si fuera el primero… y el último.

Ana sollozó, sonriendo.

—Dimitri… tú me salvaste cuando ni yo sabía que necesitaba salvarme. Me enseñaste que el amor no es perfecto, pero es fuerte. Y yo te prometo que voy a estar a tu lado en cada tormenta, en cada amanecer. Te amo. Te amo tanto que duele… y quiero que siga doliendo toda la vida.

Los anillos se deslizaron en los dedos. El oficiante sonrió.

—Los declaro marido y mujer.

Dimitri no esperó. La tomó por la cintura, la levantó un poco del suelo y la besó como si el mundo se acabara en ese instante. El beso fue profundo, desesperado, lleno de todo lo que habían guardado. La gente aplaudió, Doña María lloró, Alexei tiró los pétalos por todas partes gritando —¡Ya son papás!— gritó con su inocencia en todo su esplendor.

La fiesta empezó al atardecer. Mesas largas en la playa, luces colgantes, música italiana y colombiana mezcladas. Bailaron hasta que les dolieron los pies. Dimitri y Ana no se separaron ni un segundo, bailando pegados, besándose entre canción y canción.

Viktor tomó a Sofía de la mano y la llevó a un rincón más oscuro de la playa, donde las antorchas apenas llegaban.

—Tu turno, mi reina— murmuró, besándole el cuello. —Ahora renovaremos nosotros, en privado, solos tú y yo, mi amor.

Ella se rio contra su boca.

—Bajo las estrellas, como prometiste.

Se alejaron de la fiesta. El mar los acompañó. Y cuando encontraron un rincón solo para ellos, Viktor la besó como si fuera la primera vez.

—No tengo anillo nuevo… pero tengo esto,— dijo, sacando una cadena fina con un colgante de perla que había comprado en el pueblo. —Para que lleves algo mío siempre.

A Sofía se le cristalizaron los ojos al ver aquel pequeño pero gran detalle, haciéndola verdaderamente feliz.

—Y yo te doy esto— respondió, quitándose el anillo de compromiso que llevaba desde hace años y volviéndolo a poner en su dedo. —Porque cada día vuelvo a decirte sí.

Se besaron bajo la luna, con el mar de testigo. Se hicieron el amor allí mismo, en la arena tibia, lentos, profundos, susurrándose promesas entre gemidos.

Cuando volvieron a la fiesta, nadie preguntó dónde habían estado. Solo sonrieron al verlos llegar despeinados, con arena en la ropa y esa mirada que lo decía todo.

La noche siguió. Bailes, brindis, risas hasta el amanecer. Y cuando el sol salió de nuevo, la familia estaba completa. Herida en el pasado. Pero sanada en el presente, y lista para todos los futuros que vinieran, porque el amor, cuando es de verdad… no se acaba. Solo se renueva, cada día, bajo el mismo mar, bajo las mismas estrellas.

La fiesta no terminó cuando el último invitado se fue. Simplemente se volvió más íntima, más lenta, como si la noche misma quisiera estirarse para darles más tiempo. Las antorchas seguían ardiendo en la playa, el fuego crepitando bajito mientras las olas lamían la orilla. La música se había apagado, reemplazada por el rumor del mar y las risas suaves que aún flotaban desde la terraza.

Viktor y Sofía no volvieron a la villa de inmediato. Se quedaron en ese rincón escondido, con la arena aún tibia bajo sus cuerpos y el colgante de perla brillando entre los pechos de ella cada vez que la luna la tocaba. Él la tenía abrazada por detrás, el pecho contra su espalda, besándole el cuello despacio, como si quisiera saborear cada latido.

—¿Sabes qué es lo que más me gustó de renovar los votos?— murmuró contra su piel, su voz ronca y baja, solo para ella.

Sofía giró la cabeza lo justo para rozar sus labios con los suyos.

—Dime, mi rey…

—Que no hubo nadie más. Solo tú, yo y el mar. Sin testigos, sin promesas formales. Solo nosotros… diciéndonos lo que ya sabemos desde hace tiempo.

Ella sonrió, traviesa, y se giró por completo hasta quedar sentada a horcajadas sobre él, las piernas abiertas a ambos lados de sus caderas. La arena se pegó a sus muslos desnudos, pero no le importó.

—Entonces hagámoslo oficial de nuevo— susurró, inclinándose hasta que sus pechos rozaron el torso de él. —Dime que me amas… y demuéstramelo otra vez.

Viktor gruñó bajito, sus manos grandes subiendo por sus caderas, apretándola contra su erección que ya volvía a endurecerse.

—Te amo, Sofía… te amo tanto que a veces duele. Y te lo voy a demostrar hasta que no puedas caminar derecho mañana.

La levantó un poco, solo lo suficiente para alinearse con ella, y la bajó despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo lo envolvía, caliente y húmeda. Sofía soltó un gemido largo, echando la cabeza hacia atrás, dejando que la luna le iluminara el cuello y los pechos.

Se movieron así, lentos al principio, como si tuvieran toda la eternidad. Cada embestida era una promesa renovada. Cada gemido, un voto. Viktor la sujetaba por la nuca, besándola profundo mientras sus caderas subían y bajaban en un ritmo que se volvía más urgente, más desesperado.

—Di mi nombre de nuevo, Sofía… dilo mientras estoy dentro de ti— gruñó, mordiéndole el labio inferior.

—Viktor… Viktor… ¡Viktor!

El placer los alcanzó casi al mismo tiempo. Sofía tembló encima de él, clavando las uñas en sus hombros, su nombre escapando de sus labios en un grito ahogado que el mar se llevó. Él se derramó dentro de ella con un rugido bajo, abrazándola fuerte contra su pecho como si nunca quisiera soltarla.

Se quedaron así un rato largo, jadeando, sudorosos, con la arena pegada a la piel y el corazón latiendo al mismo ritmo. Viktor le besó la frente, luego los ojos cerrados, luego la boca hinchada.

—Cada vez que te tengo así… siento que empiezo de nuevo,— murmuró. —Como si cada vez que te hago mía, me haces más tuyo.

Sofía sonrió contra su cuello, trazando círculos perezosos en su pecho con el dedo.

—Y cada vez que me tomas… me recuerdas por qué sigo diciendo sí. Una y otra vez.

Se levantaron despacio, recogiendo la ropa desparramada por la arena. Caminaron de regreso a la villa tomados de la mano, descalzos, con la sal y la arena pegadas al cuerpo como una segunda piel. Cuando llegaron a la terraza, la fiesta ya había terminado del todo. Solo quedaban las antorchas muriendo y el eco lejano de las olas.

Subieron a su habitación en silencio. Viktor cerró la puerta, la llevó al baño y abrió la ducha. El agua caliente cayó sobre ellos, lavando la arena, el sudor, el mar. Se enjabonaron mutuamente con lentitud, besándose bajo el chorro, las manos resbalando por la piel limpia. No volvieron a hacer el amor esa noche… solo se abrazaron bajo el agua, dejando que el calor los envolviera.

Cuando se metieron en la cama, Sofía se acurrucó contra su pecho, escuchando los latidos de su corazón.

—Mañana volvemos a Moscú— susurró. —Pero esto… esto se queda con nosotros.

Viktor le besó la coronilla.

—Esto siempre se queda con nosotros, reina mía. Donde sea que vayamos. Pase lo que pase.

Ella levantó la cabeza, lo miró a los ojos.

—¿Y si un día tenemos otra boda? ¿Otra luna llena, otra playa?

Él sonrió, esa sonrisa maliciosa que siempre la ponía caliente.

—Entonces te vuelvo a poner un anillo… y te vuelvo a f*llar hasta que el sol salga. Y así cada año. Hasta que seamos viejos y nos duela la espalda… pero igual te desee como el primer día.

Sofía rio bajito, besándolo suave y lentamente.

—Trato hecho, Viktor Ivanov.

Se durmieron así, entrelazados, con el mar susurrando afuera y el futuro abriéndose como un camino infinito. Porque el amor, cuando es de verdad, no termina en una boda. Solo empieza. Y ellos… ellos apenas estaban comenzando.

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