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Capítulo 103: Secuestro en la nieve, la sombra ataca.

La mansión en las afueras de Moscú se sentía más viva que nunca en ese día de invierno claro, con la nieve acumulada en el jardín brillando bajo un sol bajo que entraba por los ventanales grandes del salón. El fuego crepitaba en la chimenea, calentando el espacio amplio donde la familia se había reunido para planificar los trajes de la boda de Dimitri y Ana. El evento en la playa de Grecia estaba a dos meses, pero doña María insistía en que “todo tenía que ser perfecto desde ya”.

Sofía estaba sentada en el sofá grande, Nikolai en su moisés al lado gorgoteando con un sonajero, mientras ella revisaba muestras de tela que Ana había traído. Los ojos de ella brillaban con entusiasmo, su acento aún marcado y mezclado saliendo cálido cada vez que opinaba. Alexei jugaba en el suelo con bloques, construyendo una “mansión pequeña” como la nueva casa.

—Este azul marino para Dimitri quedaría genial con la playa de fondo —dijo Sofía, pasando la tela a Ana—. ¿Qué piensas, Ana? Tú eres la novia, manda tú.

Ana, sentada al lado con una sonrisa tímida, tocó la tela.

—Es lindo, pero Dimitri es más de gris oscuro. Dice que el azul lo hace ver “demasiado relajado”. ¿Y para ti, Sofía, qué traje? ¿De dama de honor o algo especial?

Sofía rió, acomodando un mechón oscuro detrás de la oreja.

—Algo cómodo, con esta figura post-parto. Viktor dice que me veo hermosa de cualquier modo, pero yo quiero algo ligero, flowy, para no derretirme en el sol griego.

Viktor, de pie junto a la chimenea con Dimitri, miró a su esposa con esa sonrisa que siempre la hacía sentir deseada.

—Te veo hermosa en todo, mi reina. Pero sí, algo flowy para que bailes tus canciones con doña María sin problema.

Dimitri soltó una carcajada, golpeando el hombro de Viktor.

—Jefe, si bailas cumbia en mi boda, grabo vídeo. Pero serio, los trajes de hombres los compramos en la ciudad. Mañana vamos, ¿no? Yo de gris, tú de padrino de lo que quieras.

Doña María entró desde la cocina con bandeja de café y galletas.

—¡Mis novios! ¡Traje gris para Dimitri, pero con corbata roja para pasión! ¡Y Sofía, hija, tú de dama con algo tradicional, como falda con volados!

Ana rió, tomando una galleta.

—Suena divertido. Pero playa es playa, nada pesado.

Alexei se acercó gateando, curioso por las telas.

— ¡Azul para mí! —dijo, tocando la muestra.

Sofía lo sentó en su regazo.

—Azul para ti, mi amor. Vas a ser el arras más guapo.

Nikolai gorgoteó desde el moisés, como uniéndose.

Viktor miró el reloj.

—Listo, decidimos. Mañana a la ciudad por trajes. Dimitri, enciende el carro, que llevamos las muestras para comparar.

Dimitri asintió, poniéndose la chaqueta.

—Voy. Cinco minutos y salimos.

Salió por la puerta trasera hacia el garaje, el frío de invierno golpeándolo al abrir. La nieve crujió bajo sus botas, el jardín silencioso salvo por el viento leve entre los árboles del bosque al fondo.

Llegó al Maybach, abrió la puerta del conductor, encendió el motor.

De repente, una sombra se movió detrás.

Un hombre alto, imponente como un oso en traje negro largo, sombrero de pelaje ruso que ocultaba su cara salvo ojos verdes brillando en la penumbra, surgió de los arbustos nevados.

Agarró a Dimitri por la espalda con brazo fuerte, mano tapando su boca.

Dimitri forcejeó, codazo atrás, pero tres hombres más salieron de la oscuridad, abrigos oscuros, rostros cubiertos, y ojos fríos.

Lo tiraron al suelo nevado, Dimitri gritando ahogado.

—¡Ey, Ey! ¿Qué carajos está pasando!? ¡Suéltenme! ¡Viktor! ¡Sofía!

Un golpe seco en la cabeza con culata de pistola, Dimitri se tambaleó, visión borrosa, pero siguió luchando, patada a uno que lo hizo gruñir.

Aquellos gritos retumbaron, saliendo a la mansión.

Dentro, Sofía frunció el ceño.

—Oí algo... ¿gritos?

Viktor se levantó rápido, instinto mafioso despertando después de tanto tiempo dormido y sedado por el monasterio.

—Dimitri...

Corrió a la puerta trasera, abrió de golpe, vio la escena, Dimitri forcejeando con cuatro hombres, cabeza sangrando, arrastrado al Maybach.

—¡Dimitri! ¡Suéltenlo!

Viktor corrió rápidamente buscando cualquier arma, pero ninguna estaba cerca, la nieve crujiendo bajo sus sandalias, sin ningún arma pero con los puños cerrados listo, y se abalanzó golpeando a uno en la cara que cayó en la nieve.

Pero otro lo empujó, pistola apuntando.

—¡Atrás, Volkov! ¡Esto no es por ti!— eso hizo retroceder a Viktor de repente por instinto, él solo se quedó respirando como un animal salvaje enjaulado.

Sofía salió detrás corriendo lo que podía levantado el vestido para no tropezar con los pies, tenía los abiertos de par en par por el horror, seguido de doña María y Ana.

Ana gritó, corriendo hacia Dimitri.

—¡Dimitri! ¡No!

Cayó en la nieve tropezando sin querer, sus ojos se llenaron de lágrimas de inmediato, y sus manos comenzaron a temblar.

Doña María dejó caer el plato de ensalada que llevaba, shards en la nieve sin poder creerlo, y no pudo evitar poner las manos en la boca para cubrirse por el impacto.

—¡Dios mío! ¡Mi Dimitri!

Los hombres metieron a Dimitri al carro, golpe final en la cabeza lo dejó inconsciente, cuerpo inerte en el asiento trasero.

Arrancaron rápido con el motor apurado, las ruedas hicieron que la nieve volara por todas partes, desapareciendo por el camino.

Viktor corrió detrás lo más que pudo, pero el carro se fue mucho más rápido qué y sólo se quedó ahí viendo como se alejaba más su mejor amigo.

Sofía corrió hacia Ana para ayudarla, la levantó de la nieve, abrazándola con fuerza y acariciando su cabello para de alguna forma intentar calmar el dolor y la angustia de su corazón.

—¡Ana! ¡Tranquila, lo encontraremos!

Ana sollozaba sin más, lágrimas calientes que rodaban por sus mejillas, contrastando con el frío de afuera, sólo podía llorar y decir el nombre de quien se llevaron.

—¡Lo golpearon! ¡Por qué!... ¿Quién... quién habrá hecho todo esto?

Viktor aún de pie, con los puños apretados en sus costados, tanto que las uñas se le clavaron en las palmas, sintiendo impotencia, los ojos con lágrimas parpadeando rápido para no mostrar debilidad, sacó el móvil.

—Llamaré a los viejos colegas. Dimitri siempre me salvó... ahora me toca a mí— su voz casi tembló al hablar, pero logró contenerse.

Doña María recogió el plato roto, manos temblando.

—Mi niño... ¡Quiénes fueron!— Doña María se sintió desconsolada, pues nunca había presenciado un secuestro sobre todo de alguien cercano y querido.

Nikolai lloró desde dentro, Alexei asustado abrazando a Sofía con lágrimas en los ojos al haber visto todo aquello, los ojitos grandes se le llenaron de lágrimas y apretó el vestido de mamá.

Viktor marcó números que tenía tiempo que no llamaba, en cada llamada marcaba y respondía con la voz tensa.

—Necesito ayuda. Dimitri ha sido secuestrado, llamen a todos y encuentren al culpable.

El momento quedó con un amargo sabor de boca sin saber cómo continuar el día, se arruinó el viaje a buscar las telas y todo lo que conlleva el matrimonio en Grecia, Ana sentía el dolor opresivo en el corazón, Sofía intentaba calmarla, Doña María con un pañuelo limpiando sus lágrimas, los niños aún asustados y un Viktor impotente con el corazón latiendo a mil por hora.

Ahora ninguno sabía qué hacer, todos mirándose las caras, pero una cosa es segura, no debieron haberse metido con la familia Volkov, porque Viktor no iba a quedarse de brazos cruzados, y mucho menos iba a quedarse como un tronco en medio de la nieve, no.

Era su turno de actuar, se acaban de meter con la familia equivocada, se acaban de meter con Viktor Volkov, el que alguna vez fue el rey de Nueva York y Moscú a sus pies, el despertar de la mafia en sus ojos grises que revelan ese fuego interior, viendo el camino por el que su hermano de armas se fue, ya estaba maquinando y planificando ideas en su cabeza, porque esto no se queda así.

—Voy por ti. Hermano.

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