Cassandra.
Sin respuesta.
No podía verle bien la cara en la oscuridad, pero estaba segura de que era él.
Me crucé de brazos sobre el pecho. —¿Cómo has entrado? —pregunté.
Silencio.
Ni siquiera se inmutó. Si no fuera por la luz que entraba por las ventanas, habría pensado que estaba hablando con un fantasma, pero no era así.
Marco estaba sentado en ese sillón de cuero, con las piernas cruzadas y los ojos fijos únicamente en mí. Me hacía sentir muy incómoda.
Exhalé suavemente. —¿Así que ahora no