Pablo condujo alrededor del pueblo varias veces, pero después de veinte minutos concluyó que se esforzaba en vano: Aikaterina no aparecía por ningún lado. Estacionó cerca a la playa, descendió de su vehículo pensando en echar una mirada en los alrededores y no dudó en abordar al teniente Williams al verlo caminando tranquilamente por el camellón.
–Teniente Williams, ¡es un lindo día!
–¡Pablo!…, así es, pero no creo que se puedan comparar con los de tu país –respondió el teniente sin d