Enmudeció un instante.
Alejandro reaccionó, la soltó enseguida y la acunó.
—Perdón, Alba, fue mi culpa. ¿Puedes perdonarme? —susurró, arrepentido.
Alba lo miró entre sollozos y, tras dudar un segundo, se acurrucó contra su pecho.
—No vuelvas a apretar tan fuerte, ¿sí? —pidió con vocecita suave.
—Está bien, no lo haré —aseguró él.
—Entonces te perdono. Yo todavía te quiero mucho —dijo, acomodándose en su regazo.
—Gracias —murmuró Alejandro, meciéndola con sumo cuidado.
Cuando por fin la niña se q