—No es lata, Luciana. ¡Me encanta! —bromeó con una carcajada baja—. Dame chance de sentirme caballeroso.
Revisó el reloj; el mediodía se acercaba.
—Salgo ya. ¿Te busco en el hospital o en el hotel?
—En el hotel. Y maneja con calma; te sobra tiempo.
—Sí, doctora —respondió en tono juguetón.
Cortó con una sonrisa que no podía quitarse. ¿Eso fue… preocupación? Cierto o no, el comentario le alegró la mañana. Guardó el móvil, tomó las llaves y llamó a su asistente:
—¡Sergio!
—Aquí, Alejandro.
—Voy a