Si “reír para llorar” necesitaba un ejemplo, el señor Guzmán lo encarnó en ese momento.
Luciana, ofendida, guardó silencio todo el camino: ningún tema que Alejandro sacara logró romper el hielo.
Al llegar a la villa Trébol, se bajó sin esperarlo.
Él se rascó la frente—ups, estaba furiosa—y la siguió a paso corto, suplicante:
—Ya, no te enojes, fue mi culpa.
Le tomó la mano.
—Si quieres, pégame tantito para desahogarte.—
Nada. Luciana se zafó y se metió al baño.
Cuando salió, él la esperaba en la