—¡Cállate! —La mirada de la mujer era de puro odio—. ¿Crees que voy a creer tus mentiras?
—¿Qué haces? —Adrián trató de apartarla—. ¡Estás loca, suéltala!
—¿Te duele verla sufrir? —se burló ella—. No la suelto. Apenas empiezo: hoy mismo la voy a matar.
—¡Matarla, y que luego te mueras de remordimiento! —soltó una carcajada histérica—. ¿No sería hermoso? Morir los dos, pareja de fugitivos rumbo al infierno… ¡Ja, ja, ja!
—¡Estás completamente desquiciada! —Adrián le tapó la boca y la arrastró haci