Ella abrió los párpados con dificultad, respirando entrecortado. El desconcierto dio paso a un torrente de preguntas silenciosas: “¿Qué haces aquí?”
—No me fui —respondió él, leyendo su expresión—. Subí a saludar a alguien y justo bajaba.
Aquella explicación podía o no ser cierta, pero Luciana no tenía tiempo de indagar. Los ojos se le llenaron de lágrimas; el susto se mezcló con un amargo sentimiento de indefensión.
Antes de soltarla, Alejandro oyó voces y pasos apresurados que rebotaban en las