La operación cerebral era compleja y demoraría un buen rato. Alejandro, consciente de lo mal que se sentía Luciana, sabía que de ningún modo aceptaría apartarse de allí, así que preparó un cuarto con oxígeno para que descansara. Tras dudar un poco, ella cedió, más por el bienestar de su bebé que por ella misma. Eso sí, en cuanto se acostó, cerró los ojos y se negó a mirarlo.
Alejandro no se ofendió; simplemente se quedó junto a ella en silencio.
—Alejandro… —al rato, Sergio apareció y le susurró