Alejandro dudó un segundo y luego decidió cubrirla él mismo con cuidado.
—Listo.
—Gracias… —repitió ella, con la voz temblorosa.
—No te preocupes…
La noche siguió tornándose más y más fría, como si el ambiente reflejara la tensión que ellos sentían por dentro. El tiempo transcurrió de forma lenta y angustiosa; en esa vigilia interminable, Luciana, que dormitaba recostada sobre Martina, de pronto abrió los ojos de golpe, sobresaltada.
—¿Qué pasa? —preguntó Martina, sosteniéndola para evitar que s