Aquella noche estaba destinada a ser interminable. Nadie se movería del pasillo del hospital. Resignados a esperar, Alejandro hizo que trajeran algo de comer para que pudieran mantenerse en pie.
—Luciana, ¿quieres probar un bocado? —le ofreció él con suavidad.
—Un poco más tarde —respondió ella, asintiendo con la cabeza. Luego, con delicadeza, ayudó a Martina a incorporarse—. Marti, ¿me acompañas al baño?
—Claro —aceptó Martina, sosteniéndola con cuidado mientras se alejaban.
De vuelta en el pas