Luciana rompió a llorar.
En la mente de Alejandro, ella siempre había sido extremadamente fuerte, casi nunca lloraba, sobre todo por temas del corazón. La única persona que solía sacarle lágrimas era Pedro. Pero esta vez, estaba llorando por él, por su culpa.
Azorado y con torpeza, Alejandro intentó calmarla:
—Luciana, yo… lo siento…
Levantó la mano, con la intención de secarle las lágrimas, pero ella se apartó. Giró el rostro para evitarlo.
—Por favor, sal de aquí. No quiero verte ahora. Déjame