—Sí… —respondió ella, aún asustada.
Mientras tanto, Mónica no dejaba de gritar descontroladamente:
—¡Señorita Soler, cálmese!
—¡Rápido, necesitamos un sedante!
—¡De acuerdo!
El doctor y la enfermera hicieron todo lo posible para sujetarla, pero ni entre los dos lograban contenerla.
—¡Señorita Soler, por favor, deje de moverse! ¡Va a lastimarse más!
—¡Fue ella…! —Mónica gritaba, señalando a Luciana—. ¡Fue ella quien me hizo esto! ¡Aaaah…!
El médico miró a Luciana con el ceño fruncido:
—¿Qué pasó