—¡Luciana! —Mónica estalló en furia, el rostro alternando entre el rojo y el pálido—. ¡Al menos eres una futura doctora! ¿Cómo puedes decir palabras tan sucias?
Luciana puso los ojos en blanco hacia el techo.
—¿Mis palabras son sucias? Es porque sus actos son todavía más repugnantes, mi «querida hermana». ¿Es que no entiendes la relación causa-efecto? Pobrecita, ¡un caso desesperante de analfabetismo!
—Tú… tú… —Mónica temblaba de ira, incapaz de pronunciar nada coherente.
—¿Te enojaste? —Luciana