—Escucha…
—¡Mónica! —Ricardo, adivinando lo que su hija planeaba decir, intentó frenarla con urgencia.
Mónica miró a su padre con impotencia:
—Papá, a estas alturas no queda otra salida. Tú lo viste, por más que intentaste ser amable con ella, ¿de qué sirvió, si no tiene pizca de conciencia?
No tenía prisa; esperó pacientemente a que Ricardo tomara una decisión.
Él lo pensó largo rato. Finalmente, las ansias de seguir vivo pesaron más.
Ricardo cerró los ojos y asintió.
Mónica sonrió con frialdad