—En el hospital hay auxiliares que pueden ayudar —frunció el ceño Martina.
—¿Y cuando vuelvan a casa? —replicó Salvador—. Conseguir un cuidador de confianza no era cosa de llamar y ya. Y en el caso de don Carlos solo hacía falta una mano para entrar y salir; contratar a alguien de planta no tenía sentido.
Martina también se quedó en aprietos.
Se abrió la puerta de la habitación. Laura salió, miró a los dos:
—¿De qué hablan?
Luego, algo apenada con Salvador:
—Salva, tu… digo, don Carlos quiere ir