En segundos, todos entraron en silencio a la habitación. Laura y Carlos iban al frente; la cuidadora, que antes estaba junto a la cama, se hizo a un lado.
Habían elevado un poco el respaldo y Martina reposaba semincorporada. Su cabello, ya largo, estaba dividido en dos y caía sobre el pecho en dos trenzas espiga, sueltas.
Al ver a sus padres, abrió la boca:
—Papá… mamá…
Seguía muy débil; la voz apenas se escuchaba. En cuanto habló, los ojos se le llenaron de lágrimas y el llanto la desarmó.
—Mar