En segundos, todos entraron en silencio a la habitación. Laura y Carlos iban al frente; la cuidadora, que antes estaba junto a la cama, se hizo a un lado.
Habían elevado un poco el respaldo y Martina reposaba semincorporada. Su cabello, ya largo, estaba dividido en dos y caía sobre el pecho en dos trenzas espiga, sueltas.
Al ver a sus padres, abrió la boca:
—Papá… mamá…
Seguía muy débil; la voz apenas se escuchaba. En cuanto habló, los ojos se le llenaron de lágrimas y el llanto la desarmó.
—Martina. —Laura le tomó la mano, también con la voz rota, y madre e hija se echaron a llorar.
—Está bien, ya no llores —dijo Carlos, con los ojos enrojecidos y temiendo que a su esposa y a su hija les hiciera mal tanto llanto—. Que Martina haya despertado es una buena noticia; no se la pasen llorando. —Y en voz baja le recordó a su esposa—: Sé que estás feliz, pero piensa en ella: todavía está muy frágil. ¿Cómo va a aguantar un llanto así? El doctor dijo que no debía alterarse.
—¡Tienes razón!
Con