—Eso sí —asintió Alejandro, sin rodeos—. Si te ve, capaz se vuelve a desmayar.
—¡Ale! —Salvador frunció el ceño—. Conmigo lo que quieras, pero no la maldigas.
Alejandro se quedó un segundo en silencio.
—Si te importa tanto, ¿por qué te fuiste? ¿Acaso la familia Hernández no te perdonó ya?
Con todo lo que Salvador había hecho en más de un año, cualquiera veía el cambio.
—Ella… ¿preguntó por mí? —esbozó una mueca amarga.
Alejandro vaciló y negó con la cabeza.
Como lo temía: no.
Salvador bajó la mi