—Eso sí —asintió Alejandro, sin rodeos—. Si te ve, capaz se vuelve a desmayar.
—¡Ale! —Salvador frunció el ceño—. Conmigo lo que quieras, pero no la maldigas.
Alejandro se quedó un segundo en silencio.
—Si te importa tanto, ¿por qué te fuiste? ¿Acaso la familia Hernández no te perdonó ya?
Con todo lo que Salvador había hecho en más de un año, cualquiera veía el cambio.
—Ella… ¿preguntó por mí? —esbozó una mueca amarga.
Alejandro vaciló y negó con la cabeza.
Como lo temía: no.
Salvador bajó la mirada, alzó el vaso y se lo bebió de un trago.
—Hice bien en irme.
—¿Y entonces qué piensas hacer? —preguntó Alejandro—. Si ella no pregunta por ti, ¿no vas a verla? ¿De verdad puedes soltarla?
—No. Al menos ahora no —dijo Salvador, pálido—. Y no sé cuándo podré.
—Tienes que verla —suspiró Alejandro—. Todo lo que hiciste por ella, tu intención… tiene que saberla. Que lo acepte o no, ya será asunto suyo.
Salvador guardó silencio un buen rato. Al final, exhaló largo.
—Hay que esperar. Apenas desper