Salvador no había descansado en toda la noche. A primera hora ya estaba de pie.
La empleada había puesto café. Alejandro lo bebía con una parsimonia irritante; a Salvador le habría gustado que fuera vino.
—Estate quieto —dijo Alejandro, con los ojos adoloridos—. Deja de pasearte frente a mí, me cansas la vista. ¿Qué te preocupa? Luciana es médica; seguro la cuida mejor que tú.
Salvador soltó una risa incrédula.
—¿De veras crees que eso es lo que me preocupa?
—¿Entonces qué? ¿Que Luciana hable pe